miércoles, 12 de diciembre de 2018

EL TIROIDES III: EL RADIO-YODO


Tuve una vez una novia de la que nunca volví a saber.

No nos fue bien. Ella era muy nerviosa, siempre andaba de aquí para allá, espídica, fogosa, se pasaba las noches en blanco con mil ideas en la cabeza, me volvía loco.

Yo podía haberme esforzado un poco pero comencé a sentir que me daba mucha pereza. Así las cosas, vi claramente desde un inicio que aquello no iba a prosperar, pero simplemente dejé que muriera, sin adelantar ni atrasar el momento final.

Pasaron años sin vernos y sin saber de ella. Un día, al término de la consulta, la vi sentada en la sala de espera. Me había buscado por internet y me esperaba. La vi sudorosa, recuerdo que se le marcaba la vena cefálica, que le recorría el bíceps. Para que se te marque esa venarra tienes que estar muy delgado, conSUMIDO o cuadrao. Los ojos saltones, como una yonki.

Lo primero que pensé era que me vería más gordo, con menos pelo, y me sentí avergonzado.

Después de intercambiar un par de palabras de cortesía se echó a llorar, me dijo que la ayudara, que estaba enferma y sola y no sabía a quién recurrir. Me extendió unos folios en los que pude ver unos números con unas siglas y unos asteriscos. Estaba hipertiroidea perdida. Cómo pude no haberme dado cuenta en su momento. Lo cierto es que me pasaba con ella las noches y las mañanas y no iba casi nunca a clase durante el segundo curso, cuando se daba el funcionamiento del tiroides en fisiología, lo que de alguna manera me disculpaba.

Le iban a dar un tratamiento con radioiodo y me extendió otros folios en los que pude leer un  montón de precauciones que debía tener. La que más le agobiaba era no poder estar cerca de su hija en unos días.

Yo le dije que no se preocupara, que no era para tanto, que me lo iba a leer en casa y que pasara al día siguiente por la consulta para comentarlo. De camino a casa me leí todo aquello que tampoco es que tuviera tan presente, culpa de ella por otro lado jj. Recuerdo de aquellos años mi actitud inmóvil, aletargada, me costaba pensar, me quedaba como moñeco. Todo eso me duró hasta la endocrinología de quinto, incluida. Reparé entonces en que algo no había quedado bien cerrado y que yo me había hecho finalmente médico de familia porque cuando quise mostrar interés por alguna asignatura en particular, ya habían pasado todas. Yo conocía la medicina a través de los libros, por representación. Del mismo modo conocía el mundo por los libros, por representación de la realidad. Era como si la medicina y el mundo solo existiera en mi cabeza.

Cuando empecé a ver a los pacientes me di cuenta de que también existía fuera de ella y recuerdo que la primera vez que vi a Jolie (Yolanda) también percibí que el mundo era una cosa que sucedía de verdad.


Antes de entrar en mi casa pasé por la de mi vecino, a regar, que estaba de vacaciones y me había dejado las llaves. En un momento de lucidez toqué con los nudillos el tabique que separaba su casa de la mía y lo noté impenetrable. Él estaría fuera siete días más y tuve la brillante idea de ofrecerle su casa a Jolie para que limpiara allí tranquila el radioyodo de su cuerpo.

La idea de compartir espacio durante unos días separados por un tabique impenetrable, a modo de metáfora de lo que había sido nuestra relación, me ilusionaba como nada lo había hecho en meses.

Podría estar sin estar, cosa que era lo que había hecho con ella mientras salíamos, lo que había hecho durante mis años de estudiante y lo creo que había hecho durante toda mi vida.

Aquella semana le endosé la consulta al residente con no se qué excusa para poder pasar las mañanas al lado de Jolie sin que pudiera ser sospechada mi presencia al otro lado. Me levantaba bien temprano y arreaba un buen portazo (desde el umbral, por dentro) para dejarle bien claro que abandonaba el hogar de camino al trabajo. Me recordó eso a cuando le decía a mi madre que estaba en clase y me quedaba durmiendo en casa porque había pasado la noche con Jolie.

Quería poder descifrar en quién se había convertido con el paso de los años. Lo más probable era que hablara mucho por teléfono; cuando uno está incomunicado hace eso. A través de sus conversaciones, o de la mitad de ellas, porque yo solo escucharía su parte, quería reconstruir su persona.

Anduve las primeras horas muy cerca del tabique; en los últimos tiempos notaba que había perdido agudeza auditiva. Aunque tenía las uñas un poco quebradizas pasaba los minutos rasgando el gotelé y mirando el yeso que iba cayendo al suelo; a media mañana me entraba una sensación de hambre irrefrenable que me habría comido hasta aquel conglomerado desprendido.

En vez de su voz rompiendo el silencio lo que pude escuchar fue otra voz, que me resultaba familiar. Comprendí que la voz no (pro)venía de una comunicación telefónica sino de las ondas de radiofrecuencia. No eran las ondas electromagnéticas que emitía el isótopo de yodo RADIOactivo sino las ondas de la frecuencia modulada.

Agarré un antiguo aparato de radio que tenía por casa y fui moviendo la ruletita hasta notar que la voz se acoplaba. Por primera vez en años sentí que estábamos en la misma onda. Así pasábamos la mañana, separados por un gran muro, y gracias, porque yo no quería radiarme, pero a la vez vehiculados y unidos en la persona y en el discurso de Pepa Bueno. Yo me iba preguntando qué pensaría Jolie de lo que iba contando la Pepa. Por influencia de Jolie yo me hice un gran oyente de radio durante la carrera, de la SER, y pasaba las mañanas escuchando a Iñaki Gabilondo. Aquel hombre me educó políticamente, y sustituí con sus enseñanzas las clases magistrales de la facultad, por lo que terminé finalmente siendo un médico medio politólogo. En ocasiones, cuando pasábamos furtivamente juntos la mañana, Jolie ponía a Iñaki y lo escuchábamos en silencio. En aquellos momentos pude sentir la verdadera placidez, ahora me doy cuenta, pero no sé bien si era por ella o por la certidumbre socialdemócrata. Ella me explicaba cosas en relación a lo que decía Iñaki, las desarrollaba. Desde aquel entonces comprendí que la clandestinidad de las mañanas había sido menos tratada por la literatura que por ejemplo la de las noches, muy injustamente.


En las pausas del Hoy por hoy de Pepa Bueno podía notar cómo Jolie iba hacia el baño, con lo que yo me tenía que deslizar a través del tabique, pasando a otra estancia de mi casa para poder seguirla. Comprobaba cómo tiraba dos veces de la cadena siguiendo las precauciones del tratamiento, para desalojar la radioactividad hacia el subsuelo. En otros momentos notaba que las incumplía, como en la ducha, porque orinaba. Yo podía diferenciar perfectamente el sonido del chorro de agua disperso de la alcachofa cayendo sobre la bañera de lo que era un chorro concentrado en un haz tan propio de la micción.  

Uno de los días, de repente, sentí un desacople en la radio. Intenté reconducirlo girando muy ligeramente la ruleta, pensando que se había ido (ella o yo) a una frecuencia próxima. Pero por más que intentaba acertar por aproximación no conseguía de nuevo “la sintonía”.

Al día siguiente, a la misma hora, volvió a suceder. Al tercer día permanecí atento y pude darme cuenta de que aquel desajuste se producía con la desconexión autonómica. Mi aparato radiaba la emisora de Castilla y León, donde nos encontrábamos, y el suyo la Comunidad de Madrid, creo que porque su conexión era digital. Yo, durante esos diez minutos, permanecía con el cuerpo en una Comunidad Autónoma y la mente en otra, como me pasó cuando me tuve que ir a hacer la residencia a Madrid y no volví a ver a Jolie nunca más.

Mi vida en Madrid durante aquellos cuatro años fue una programación en la que durante diez minutos al día, todos los días, religiosamente, realizaba una desconexión autonómica para pensar en Castilla y León y en Jolie. Cuando regresé a Castilla y León sucedía lo contrario; echaba de menos Madrid y diez minutos al día los dedicaba para añorar mis años allí.

Jolie y Gabilondo me estuvieron preparando durante años para comprender y valorar el Estado de las Autonomías y el federalismo, al fin y al cabo. La descentralización no era sino una desconexión autonómica pero a lo bestia.

Fueron pasando los días y una mañana en vez de escuchar a Pepa Bueno estaba Jiménez Losantos, con lo que entendí que mi vecino ya había vuelto de vacaciones.


Pasó Jolie por la consulta a devolver las llaves y a decir que se encontraba mucho mejor. Le habían desaparecido rasgos de su carácter difíciles de llevar, pero achacables todos al hipertiroidismo. Aprovechando la oportunidad de su patología, me revisé los trastornos tiroideos de cabo a rabo, como un modo de redimir aquellas lagunas de la facultad. Con aquellas lecturas se me fue enciendo una bombilla y fui hilvanando unas sospechas, que se confirmaron cuando me hice una analítica en el Centro de Salud. Estaba hipotiroideo perdido.

Jolie me llevaba chupando las hormonas tiroideas todos aquellos años. Comencé a darle a la levotiroxina y en unas cuantas semanas fuimos nivelándonos los dos, como intentaba acoplarme a ella con la ruletita de la radio. Era gracioso comprobar cómo nuestra relación iba a mejor según caminábamos ambos hacia el rango hormonal. El rango horNORMAL. Cuando llegamos al equilibrio de nuestras frecuencias hormonales pudimos dar por concluida por fin aquella etapa que había quedado mal cerrada.

Podíamos habernos hecho novios de nuevo, pero ya no éramos aquellas personas desequilibradas y antagónicas que éramos, y ya no tendría emoción, nos hubiéramos convertido en una pareja normal. Me di cuenta en ese momento de que no habíamos tenido una relación socialdemócrata, sino populista, porque nos habían definido los antagonismos; éramos por contraste con su opuesto.

Paradójicamente, aquella ausencia de presión por volver a estar juntos y aquella ausencia de necesidad nos acercó mucho más, y casi todas las tardes la pasaba a buscar e íbamos al parque con la niña. Se encaprichó con tener un perrito y se lo compramos entre los dos. La niña quería ponerle Taru, pero Jolie quería Gabi, por Gabilondo, que nos unía como proyecto primigenio antes de que ahora lo hiciera el chucho. Como era un nombre demasiado de persona para un perro le puso London, por GabiLONDO.

A veces notaba que me venía un poco arriba y que me comenzaba a gustar Jolie otra vez, pero ya había aprendido de los errores del pasado. Me pinchaba una analítica y era que estaba un poco pasado de tiroxina.

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