martes, 13 de noviembre de 2018

TRAQUEOTOVIDA


Estaba hasta arriba el restaurante y de repente un hombre cayó a plomo de la silla.

Yo también estaba hasta arriba porque me estaba comiendo un chuletón impresionante.

Su acompañante en la mesa vociferaba que se había comido un trozo muy grande de carne de chuletón y que se había atragantado con él.

Me abrí paso entre la multitud, en un atenuante justificado de las leyes de la antimedecina heroica.

Le vi con tan bajo nivel de conciencia que pasé de azotarle interescapularmente y fui directo al Heimlich.

Está bien cuando lo ves en el Youtube pero me dispuse a intentar levantar a ese pistolo de 100 kilos del suelo y no lo hice ni dos palmos.

El hombre comenzaba a ponerse violáceo y comprendí que había que tomar medidas drásticas.

Pensé en hacerle una traqueotomía de urgencia, a la desesperada.

Quise tener un bisturí. Lo más parecido era un cuchillo. Pedí que me trajeran el cuchillo de sierra de mi mesa, que ponían cuando te comías un chuletón, con el que cortaba un gran trozo de carne segundos antes. Pensé que ese trozo que me iba a meter en la boca era tan grande como el que le había atragantado a aquel hombre.

Le metí un tajo a la altura de la nuez y comenzó a brotar la sangre de entre los tejidos musculares como brotaba la sangre de entre el chuletón que me estaba comiendo.

Intenté abrirme paso hacia la tráquea con los dedos pero se me escurrían entre toda aquella sangre.

Quise tener un separador para despejar un poco el campo quirúrgico. Lo más parecido era un tenedor. Así que pedí que me trajeran el tenedor de dientes largos de mi mesa, que ponían cuando te comías un chuletón. Traccioné un poco de uno de los bordes de la incisión esperando que se abriera paso aquel tubito blanco anillado, oro blanco en ese momento, tan parecido a los tubos flexibles que había visto muchas veces en la ferretería. 


Rebusqué un poco en medio de la sangre, que todo lo anegaba ya. Aquel hombre se había puesto morado con aquel chuletón tan grande. Reparé en que probablemente me encontraba en un plano aún muy superficial, así que pinché con el tenedor sin complejos y rebané un buen trozo de carne con el cuchillo, como segundos antes había hecho con mi chuletón y aquel hombre había hecho con el suyo. Decidí que si aquel trozo le iba a matar éste que tenía yo trinchado en el tenedor le iba a salvar.

Quise tener un empapador. Lo más parecido era una servilleta. Me di cuenta de que el comensal portaba todavía la suya en el regazo, que inmediatamente arrebaté. Secando el campo, el rojo de la sangre pasó al blanco de la servilleta y de esta manera, el blanco de la tráquea pudo liberarse del rojo de la sangre y comparecer ante los ojos del respetable, que exclamó al unísono un Ohhhh!!

Incidí entonces suavemente con la punta del cuchillo entre dos anillos traqueales al azar, satisfecho y reafirmado en el hecho de haber olvidado cuáles debían ser. No se me iban a caer los anillos ahora por no saberlo.

Quise entonces tener un tubo de traqueo. Lo más parecido era un boli Bic. Arrepañé uno de una mesa de al lado, que había prestado el camarero para firmar un pago con tarjeta. Le quité la mina y me la metí en el bolsillo, seguro de no tener que utilizarla porque confiaba en ser invitado por la casa o por el comensal en último término, después de aquella proeza. En el caso de fallar la utilizaría para firmar el certificado de defunción y consecuentemente, claro, la cuenta.

Lo ensarté dentro de la tráquea confiando en restablecer el flujo de aire a su través. Me bailaba un poco así que decidí estabilizarlo.

Quise tener entonces una seda. Así que pedí una seda dental a la concurrencia. Uno tuvo la ocurrencia de haberla traído para después de la comida, así que aquello iba como la seda. Necesitaría entonces una aguja para atarla a la seda y conseguir pasarla a través de los bordes de la herida. Yo lo veía viable porque aquella me parecía una carne de aguja. Dejé todo atado y bien atado.

En aquel justo instante irrumpieron los facultativos con sus parkas fosforitas de superhéroes. UMEnos mal que habéis venido.

Yo me reincorporé a mi sitio en mi mesa, como si nada. Me senté y miré para abajo. Tenía el regazo perdido de sangre, que cubrí con una servilleta blanca que hizo las veces de empapador. Miré hacia el plato y comprobé las exageradas dimensiones del trozo de carne que tenía planeado meterme en la boca. Rescaté el instrumental quirúrgico del campo, que devolví a su condición de cubiertos. Pinché aquel trozo de carne de chuletón con el tenedor sin ningún tipo de escrúpulo y le di un corte seco y decidido, como había hecho entre los anillos cartilaginosos. Comenzó a supurar la sangre de entre las nuevas superficies.

Me metí uno de aquellos subtrozos en la boca y lo deglutí sin problemas.

Aquel hombre acababa de salvarme la vida.

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