martes, 6 de noviembre de 2018

GRAVADOS

1.254 metros se pueden escribir en línea recta con un boli Bic. Nos separaba una distancia parecida. Pensé que si escribía con ese boli una historia que nos contara, la línea recta iba a adquirir unos contornos sinuosos en forma de palabras, y eso nos acercaría. ¿Cuántas palabras se pueden escribir con 1.254 metros de tinta? Depende. Del tamaño de la letra y de lo redondeado de la caligrafía. Carlota sería capaz de escribir la historia interminable. Lo importante no era hacer suceder unas palabras a continuación de otras, sino combinarlas de tal manera que pudieran generar el sentido y la hondura de nosotros. Tocar las teclas adecuadas para construir la melodía. En un piano es más fácil, porque no hay tantas teclas, pero elegir de entre todas las palabras del diccionario ya es más jodido. 800 palabras entran en un folio. Quizá en cinco de ellos fuera capaz de hacerlo. Lo que no quería era que la historia quedara a medias, que me quedara sin tinta. Quería completarla para que fuera redonda. Tenía claro que debía ser escrita con aquel bolígrafo, o mejor dicho, con aquella mina de bolígrafo, que era una mina de punta fina. 



El último día que vi a Carlota fue el día del fallecimiento de su tía. Me llamaron para firmar el certificado de defunción. Era una muerte esperada. La vi en foto, como las otras veces, y yo sabía que no habría más, así que me gravé a fuego en la mente su cara, sus pómulos, su ligero estrabismo, sus cejas finas, la raya perfecta de los ojos, sus dientes imperfectos. Su rostro luchaba contra los retoques en aquella foto individual de la orla. La foto era muy representativa; no porque saliera bien sino porque a diferencia de otros casos sus facciones se rebelaban, tratando de abrirse paso e imponerse a la lógica del marketing. Quise firmar el certificado con un boli de punta fina, con un trazo ligero, en homenaje, y también porque los de la funeraria te echan la peta cuando te sales del cuadrito jj. 

Desarmé el boli y guardé la mina en el bolsillo para poder contar nuestra historia con ella. De esa manera se podría trazar una línea recta desde su tía hacia atrás, hacia los tiempos de la universidad. Arranqué un trozo de hoja de un parte de atención continuada, lo ensalivé adecuadamente haciendo una bolita y lo ensarté en el boli sin mina dentro. Disparé hacia la foto consiguiendo hacer un blanco perfecto. Fue mi manera de despedirme.

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La semana anterior había estado en casa de la tía, como tantas veces que me ponían un domicilio. Ya estaba muy mal. Tan mal que llevaba algunas esperanzas de ver a Carlota en la casa. Pero no. Pregunté y me dijeron que había venido hacía dos días y que se había llevado lo que yo había dejado para ella con el nombre de Carlos, su compa de clase. Pregunté si dijo algo o si dijo que me conocía o se acordaba de mí. Dieron una respuesta vaga que no me aclaró, pero chequeé la foto y efectivamente lo había recogido.   


Hacía un mes que la tía había comenzado con unos episodios muy chungos de desconexión con el medio; los ojos en blanco, volteados, y la respiración apnéustica. El primer día que le dio aquello fue el que le dejé los bolis gravados y la chuleta. Le metí la chuleta entre la foto de la orla y el cartón, y sobresaliendo quedó allí prendida. Y los bolis Bic gravados a los pies de la foto. Como un pie de foto.

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La primera vez que entré en la casa ya la vi. Tengo la costumbre de mirar las fotos en los domicilios de los pacientes si la atención clínica me lo permite, con disimulo, sin ser visto. Me encanta hacerlo. A veces estoy interrogando al paciente o a la familia y mirando como al horizonte, con pose de interesado por el relato, pero realmente estoy mirando las fotos. Es como cuando te agrega alguien al Facebook que le tienes mucha curiosidad y en cuanto puedes le miras las fotos; esa sensación tan chula. La gente tiene casualidades por la calle, reencontrándose con personas que hace tiempo que no ve. Yo las tengo en las casas de los pacientes, reencontrándome y estableciendo relaciones familiares o personales mediante las fotos. En este tiempo he reconocido hijas políticas (políticas no de parentela, sino que se dedican a la política jj) o compañeros de trabajo en los álbumes de fotos accesibles para el público de dentro de las casas. Los domicilios de los pacientes son el Facebook de la vida real.

Allí estaba, inconfundible, en la foto de la orla, ella sola. Hacía muchos años que no la veía ni sabía nada de ella pero no me costó nada reconocerla. Le pregunté a la paciente si era la madre de Carlota. Me dijo que la tía. 

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Fuimos compañeros en la facultad. Carlota era la primera de la lista en el orden alfabético de la clase. Yo el último. Teníamos todos los estigmas que los apellidos nos habían dado. Eso sí que era una herencia y un determinante social jj. Carlota era graciosa, espontánea, participativa, siempre la sacaban a ella por ser la primera de la lista, con las empollonas, desde la egebé. Yo era el último, huidizo, me gustaba pasar desapercibido, en los últimos pupitres, con los repetidores. Vivíamos en la misma aula pero cada uno teníamos perspectivas distintas y casi antagónicas de las clases y la Medicina, y por tanto de la realidad. Con el paso de los años se comenzaron a poner de moda las luchas contra las inequidades y los profesores empezaron a sortear una letra para iniciar desde ahí los llamamientos o los grupos. En estos casos Carlota y yo compartíamos grupos o asientos contiguos. Decíamos por eso que la suerte y el azar del sorteo nos había unido. 

Carlota era muy inteligente. También le gustaba mucho la fiesta y el bebercio. No estudiaba mucho y obtenía grandes resultados. Pero lo que más le gustaba era transgredir. Las normas, las convenciones, lo que nos enseñaban como cierto, todo. 

Le pedía los apuntes y me daba cuenta de que ponía muchas faltas de ortografía. Un día se lo hice notar y me dijo que eran adrede, porque decía que escribía como le daba la gana. Por ejemplo siempre escribía con la k en vez de la q, como un homenaje a Jose Ángel Mañas. A mí que hiciera eso, que me entusiasmaba el escritor por aquel entonces, me fascinaba. O recuerdo algunas palabras de la época, por ejemplo prurito, lo pronunciaba como una especie de pdudito, se inventaba la fonética; me la decía y se descojonaba ella sola. O “grabar o grabados”, siempre lo escribía con v y yo no sabía por qué. Con el tiempo he pensado que de aquellas chorradas me vino la afición por los juegos de palabras

Cuando nos sentábamos juntos me pasaba notitas diciéndome tonterías o haciendo dibujitos chorras. A mí que siguiera haciendo eso en los tiempos de la facultad me enternecía. Depurando esa técnica comenzó a escribir letras minúsculas en papeles minúsculos, y cuando llegó a la perfección las comenzó a sacar como chuletas en los exámenes. Realmente no le hacían falta, porque ella se lo sabía todo, pero las hacía y las utilizaba porque le gustaba el riesgo, y quería demostrarse a sí misma que era capaz de usarlas sin que la pillaran. 

Me decía que lo más importante en la vida era el pulso. Y que por eso ella quería ser cirujana cardíaca. Yo me preguntaba si la importancia a la que se refería era la del pulso cardíaco (del paciente) o el del cirujano.

En cuarto curso se me atravesó la cardiología. No podía con ella. La presión venosa, el ciclo cardíaco, las valvulopatías y sus soplos pff… no me enteraba de nada. Así que confié el aprobado a que Carlota me pudiera soplar en el examen. Le pedí una chuleta de soplos que niqueló. La saqué en el examen y me trincaron. Me dio un vuelco el corazón cuando sentí una mano en mi hombro mientras miraba la chuleta en el regazo. Nunca me había temblado el pulso como en aquel momento. Me mandaron a septiembre y tuve que soportar la vergüenza del señalamiento. Me obsesioné en el verano con aquella asignatura y convertí el aprobarla en una redención interior y exterior de mis penas. Estudié tanto que me terminaron poniendo una Matrícula de Honor, la única que saqué en toda la carrera. 

Cuando pasó todo aquello comenzamos con los bolis Bic. Carlota decía que si quería ser una buena cirujana debía comenzar a manejar con destreza el bisturí, y que como en prácticas no nos dejaban hacer casi nada, comenzó a hacer chuletas en los bolis con la punta del compás, como una manera de excelencia manual. Cuando me pasaba bolis decía que era porque éramos compas. Cuando comenzamos con las patologías y las especialidades propiamente dichas, a partir de tercero, se hacía un boli para cada enfermedad. Tenía diseñado un sistema implacable de intercambio de bolis y de sustitución inmediata cuando percibía peligro. 

En ocasiones los hacía especiales para mí y en otras me los pasaba en el momento, tirándolos al suelo como que se le había caído, y yo lo recogía. Me ayudaba mucho en los casos clínicos porque me tiraba el boli de la enfermedad de la que trataba el caso y que había que diagnosticar, y eso era justamente lo jodido de hacer. Me tiró la ELA en Neuro y aprobé, que no lograba descifrar yo solo del enunciado. Me salvó la vida. Los bolis Bic salvaban vidas, decíamos entonces, de coña y en serio, porque una vez utilizó uno para hacerle una traqueotomía a una persona mayor que se desplomó en un restaurante por atragantarse con un trozo de chuleta. Siempre presumía de que ella llevaba bolis Bic porque no le gustaba llevarlos de publicidad de fármacos pero yo sabía que no era sólo por eso jj. 

Se ponía uno para hacerse un moño y me explicaba cosas. Por ejemplo que el pequeño agujero que tiene “el cuerpo” del boli a la mitad del cristal es para que se equiparen las presiones interior y exterior y evitar así los derramamientos de tinta. Decía que ese juego de presiones le recordaba al que soportaba el foramen oval a su través. O también que los bolis no los llenaban hasta arriba de tinta porque el calor las manos, a la temperatura de 37ºC del cuerpo humano, haría expandir un componente de la tinta, con lo que ésta se derramaría. Me decía que cuando no tuviéramos termómetros colocaríamos un boli Bic entre las manos del paciente y con la variación del nivel de tinta podríamos obtener una medida cualitativa de la temperatura corporal, con lo que dejaríamos flipado al personal. 

Otras veces, cuando nos dejaba el profe solos en el aula haciendo alguna práctica, jugábamos a dispararnos con el boli que usábamos de cerbatana. Diseñaba punzones con una aguja y el boli, quemando para sellar la punta, y les proponía utilidades quirúrgicas que yo veía un poco imaginativas e improbables. 

Me dijo que quemáramos la punta del compás o la aguja del punzón y que nos tatuáramos la C de Carlos y Carlota. Yo no accedí porque ella quería tatuarse la C de Carlota y que yo hiciera lo mismo con la C de Carlos, cuando yo lo que quería era tatuarme la C de Carlota y que ella se tatuara la C de Carlos. Creo que ella terminó haciéndolo y que se la lió parda en el tobillo. 

Quinto terminaba y en sexto muchos compañeros comenzaban ya a preparar el MIR. Carlota lo tenía claro. Yo había decidido que también. Quería ser cardiólogo. Lo de la chuleta me había convertido en un chuleta que estaba dispuesto a desafiar las leyes de la naturaleza. Por otro lado quería convertirme en un trasunto o en un contrapeso de Carlota, quien sabe qué cosa de las dos, porque a nadie le queda claro aún si un cardiólogo es el agonista o el antagonista del cirujano cardiovascular. 

En octubre debíamos comenzar de nuevo el curso pero Carlota se esfumó. No volví a saber nada de ella, ni nadie de sus amigos o amigas de la clase tampoco. Con el paso de los meses me resigné a ese hecho y fui olvidando. 

Durante ese año y la preparación para el examen MIR dejé de pensar en Carlota e hice nuevas amistades que me asomaron a nuevas realidades. Abandoné las inquietudes cardiovasculares y me comencé a interesar por la figura del médico de familia. 

Algunos años después de haber terminado la residencia en Medicina Familiar y Comunitaria, aquellos episodios de la facultad volvieron a mi cabeza para entremezclarse con mi momento vital de entonces. Hice la tesis doctoral sobre Favaloro, un médico de familia que terminó siendo cirujano cardiovascular y que se peleó con los cardiólogos. También diseñaba instrumental quirúrgico y aquel loco de la pradera de alguna manera me recordaba a Carlota.

Cuando comencé a ejercer como médico de familia sentía en mis carnes la inexperiencia, con lo que diseñé un sistema en el que concurría a atención del paciente con un ejército de bolígrafos Bic gravados en cada uno de los bolsillos de la ropa que llevara. Establecía un diagnóstico de presunción y sacaba el bolígrafo de esa enfermedad con el que comenzaba a redactar el informe. Mientras escribía lo iba girando poco a poco para ir leyendo en el vidrio los síntomas que debía buscar, las maniobras exploratorias que no podía olvidar y los tratamientos que debía proponer. 


Hasta muchos años después no la volví a ver, en la fotografía de la orla en casa de su tía, que vivía en una ciudad cercana a donde estudiamos y donde ahora trabajo; yo conocía que su familia era de allí. Le dije a la tía que su sobrina era compañera mía de la facultad y le pregunté que dónde estaba y que qué había sido de su vida. Me dijo que trabajaba en un taller de gravados de la ciudad. – Hace muy buenas inscripciones, las mejores, a mí me hizo este anillo – me explicó su tía, y me lo extendió para que lo viera -. Bamboleaba la mano y me decía: - Carlota tiene muy buen pulso, no como yo - ella tenía Parkinson -. Incliné el anillo y observé que en su interior se podía leer gravado en la plata su nombre y su fecha de nacimiento. Le pregunté que si no trabajaba de médica y miró hacia la ventana con la mirada perdida guardando silencio.  

Le escribí a Carlota esta historia, la historia desde que nos conocimos en bolis Bic, gravada a punta de compás. Me ocupó 200 bolis, como 200 caras de folio se pueden escribir con un boli Bic, 16.000 palabras, 1.254 metros en línea recta. Se la dejé al lado de la foto y entre la foto y el cartonaje del marco le metí la chuleta que me hizo y con la que me pillaron copiando en Cardio, que aún conservaba. 

Me extrañó y me intrigó que ella hubiera terminado finalmente la carrera. Fui a la tienda de fotografía donde hacían las orlas de Medicina y pedí comprobar las de los años posteriores, sin encontrar a Carlota entre las egresadas. 

Un día le volví a preguntar por Carlota a la tía y me confirmó que ella había hecho toda la carrera donde estudiamos juntos. Lo puse en duda y me dijo que estaba en la orla, que tenía la foto con todos los demás alumnos en el salón. Me dejaron pasar y efectivamente la vi. La cotejé con la mía y ella no aparecía en la que yo tenía. Se había colocado en la orla impostadamente. Superponiendo su foto a la mía.

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