miércoles, 10 de octubre de 2018

EL TIROIDES II


Un día viendo el telediario le detecté un bocio a Ana Blanco. Así, a distancia: grado 3. Podía reconstruir a través de la piel la silueta del tiroides como las alas de una mariposa.

Pensé si le escribía un correo electrónico para decírselo o qué hacía. Tú imagínate, que un loco de la pradera te manda un correo que dice que tienes el tiroides grande y que te lo mires a ver. A mí me daba miedo que no fuera nada y tener que soportar esa carga después. Por el contrario, un telediagnóstico de esa envergadura podría cubrirme de gloria. Y tener, nunca mejor dicho, mis cinco minutos de gloria en el telediario. La figura de presentadora del telediario no es cualquier cosa, es una posición de reconocimiento social importante y más en este país desde lo de la reina. ManzANA reineta.

Además, la figura de Ana Blanco siempre me ha parecido intrigante e imPONENTE. Esa mujer que no se inmuta ni por fuera (no envejece) ni por dentro (ha tenido que soportar las más terribles presiones políticas) mientras te da cuenta de las más terribles catástrofes mundiales.

A veces me recordaba a un médico de familia, que desde su silla y esta vez de manera especular, recibe los teleDIARIOS = la consulta. Le cuentan las más variadas penas y sigue ahí impertérrito. Llegan las 11 y se come un plátano entre los pacientes, detrás del biombo, indefenso ante tantos problemas.


Elaboré un plan para contrastar la hipótesis del bocio. A la mañana siguiente comenzaría a evaluar el tiroides de los pacientes que recibía, a ver si podía identificar más tiroides pasados de tamaño o por el contrario era un hallazgo normal y habitual en personas delgadas.

A veces me contaban y contaban y yo me quedaba embelesado, eclipsado por el cuello, con esa nuez subiendo y bajando. Lo mismo me pasaba con las noticias, llegaba tan reventado de la consulta que fijaba mi mirada en la pantalla, me centraba en el punto y me daba lo mismo si subía la prima de riesgo o se estrellaba un avión.

Otras veces el paciente tenía la habilidad de atraparme con su relato y se me escapaba sin haberle cribado. Me pasaba con los cabeceros de las camas de los pacientes, que siempre digo que cuando vaya a un domicilio me fijo, porque quiero establecer unas tipologías, y luego se me pasa el aviso y nunca lo hago.


Un día entró por la puerta una paciente que me pareció que sí que tenía un bocio. Dio la casualidad que de la consulta que me hizo se derivó la petición de una analítica, así que yo le señalé unas hormonas tiroideas.

Cuando vino a por los resultados le dije que de lo que me había consultado andaba bien, pero que tenía un problema en el tiroides que sospeché porque me pareció al verla que tenía un bocio visible. Puso los ojos como platos pero yo dudé si era del exoftalmos. Me recordó este caso a esa historia de un médico que ve a uno en el Corte Inglés que agacha la cabeza para ver algo y se le ve un bulto y va y se acerca y le dice: perdona, soy médico, creo que tienes un cáncer, te lo tienes que mirar; y el tipo va al médico y resulta que es un cáncer y le salva la vida el médico en el Corte Inglés, que es una historia muy clásica que nunca se sabe si es una leyenda urbana, aunque probablemente.

La paciente terminó teniendo un Graves y proponiéndosele terapia con yodo radiactivo. Me vino angustiada porque le habían explicado un montón de precauciones con las que debía contar cuando se lo administraran. Tenía que quedar recluida en la casa, como una especie de arresto domiciliario. Lo que más le preocupaba era que, aunque no estaba científicamente muy claro, le recomendaron que se alejara de las mascotas para no radiarlas. Ella tenía un perro y no tenía a nadie con quién dejarlo. Las residencias para caniches debían costar una pasta. Yo era consciente de que las personas quieren mucho a sus perros, pero nunca había visto llorar a nadie con tanta fuerza. Me dio tanta pena que me ofrecí a quedarme con él en lo que duraba el aislamiento. Pensé en disuadirla de los peligros y ver si creábamos el perro de tres cabezas, como Demikhov, pero iba  a ser demasiado.

A cambio de la custodia iba a pedirle un favor. Yo sabía que quedaría cautiva y tendría mucho tiempo libre, no podía negarse. Es como cuando tienes la concesión de la cafetería del hospital, que tienes a una clientela cautiva; muy mal lo tienes que hacer para perderla. Ella siempre venía con libros que leía en la sala de espera. Cuando le fui a dar la baja le interrogué por su trabajo y me dijo que era periodista. Evidentemente, lo primero que le pregunté fue que si presentaba telediarios. Hubiera podido sustituirla en mi cabeza por Ana Blanco y mi zozobra por fin hubiera desaparecido. Pero no era el caso, trabajaba en la redacción de un periódico digital.

Le pedí si podía echar una ojeada a una cosa que iba a escribir, para darme su opinión. Albergaba la secreta esperanza de que intercediera para que fuera publicado. Realmente iba a ser el relato de un médico que le detecta un bocio a la presentadora del telediario, y que se lo dice. Era el relato que un médico tiene que escribir porque no tiene valor de mandar ese correo electrónico y que se tiene que inventar qué es lo que hubiera pasado si realmente lo hubiera hecho. Pero sucedió que cuando me puse escribirlo no se me ocurría nada verosímil ni significativo, así que me lo replanteé.

Había escrito con Bernardino “El tiroides” y nos había quedado muy bien. En verdad mi interés literario por la glándula nació de mis observaciones televisivas. Decidí que como no era capaz de escribir aquel relato y tanto me frustraba, iba a mandarle aquellos versos. Entre tanto, en esos días, me encariñé del perrito. A mí nunca me habían gustado demasiado los animales, pero nos llevamos bien. A Blanca le hizo mucha gracia la poesía. Hablábamos por teléfono casi todos los días, porque quería comprobar que Taru estaba bien. Era flipante, le ponía el teléfono en la oreja y cuando él percibía la voz ladraba.

El tratamiento fue según lo previsto y Taru tuvo que volver con la dueña. Lo cierto era que le echaba mucho de menos y pedí a Blanca si podía ir al parque algún día para verle. Una tarde se me ocurrió decirle que me había estado repasando la literatura científica. Me inventé que había estudios que decían que los animales eran muy radiosensibles y recomendaban alejarse meses de ellos tras un tratamiento del tipo yodo 131. Ella lo puso en duda. Pero se me ocurrió algo. Cuando veía al perro mear en el parque hacía un comentario para que Blanca recordara el sitio donde había orinado. Volvía después solo al lugar y rociaba bien de sal la zona. Al día siguiente la hierba quedaba chamuscada. Aparecía un cerco coincidente con la meada. Relacioné ese fenómeno con la radiactividad en su presencia y la convencí para que Taru volviera conmigo un tiempo más.

Era impresionante. Estábamos en casa tranquilos, llegaban las tres de la tarde, comenzaba a oír la voz de Ana Blanco dando las noticias y se ponía a ladrar como un poseso.