jueves, 22 de febrero de 2018

REPARTIDORES

Trabajo como médico haciendo avisos a domicilio en una ciudad de provincias.

Mis compañeros de trabajo son los repartidores del Telepizza y de comida rápida. Como es rápida la comida van a toda hostia en la moto.

Yo también voy a toda hostia en el coche, a veces. La velocidad del coche va proporcional a la gravedad del paciente. Hay unas equivalencias. Con 40 de ziebre puedes meter la quinta. Disnea grado III de la NYHA son 70 km/h en urbano. Casco urbano. Cascodetrabajo, todos pensamos a veces. Yo siempre voy con el pelo perfecto porque no tengo que llevar casco como ellos.

Vamos en la ruta y nos reconocemos los unos a los otros. Unos bajan y otros vamos para arriba, y viceversa. En los semáforos nos miramos de arriba a abajo y sin hablarnos, tenemos un rato de camaradería, como los taxistas que comentan en la parada.

No tenemos drama porque nuestros bienes no son sustitutivos ni intercambiables. Cuando uno vomita no come pizza. Y cuando uno se muere no piden en la familia unas hamburguesas con queso.

Nos preguntan que cuánto vamos a tardar. A veces hay mucho jaleo y cuando llegamos están ya la pizza y el muerto fríos.

Los repartidores son chavales jóvenes, que un día pensaron que lo sabían todo de la vida pero ahora tienen que currar duro para sobrevivir, y de alguna manera siguen dependiendo de sus padres = Falsos autónomos.

Cuando la gente nos ve siempre se preguntan los vecinos que quién será el que está enfermo del edificio, al igual que se preguntan quién habrá pedido pizza para cenar. No es fácil pasar desapercibidos, con esos abrigos fosforescentes hipercantosos que nos han puesto a todos. Pero es importante que sean impermeables, porque cuando llueve trabajamos a destajo.

A veces pido algo a domicilio en el Centro de Salud para cenar por solidaridad, y me siento como un camarero que come en el bar. Otras lo pido para llevar si veo que tienen mucho lío, y al regresar hacia el Centro me siento como uno de ellos con el taper con el sándwich mixto adentro. Yo también ahora tengo tapers en los que llevo los midicamentos, y también ordeno cazoletas mixtas.

A veces pienso que iba para repartidor y por milagros del ascensor social terminé trabajando en el Just Health. A veces juego a sentirme un intruso en mi profesión y me encanta, porque éste posee la gran virtud de la curiosidad y del deslumbramiento.

Pero a mí nunca me gustó quedarme a las puertas. Yo siempre quise meterme hasta la cocina.   

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