martes, 10 de octubre de 2017

PENITA.

Todos sabemos que la mayoría de las vacunas son fabulosas, que evitan enfermedades y sufrimientos innecesarios.

Sin embargo, algunas de ellas tienen una utilidad dudosa, y el beneficio para el coste que representan es escaso o nulo (Rotavirus, Meningitis B, Virus del Papiloma Humano en mujeres no vírgenes…).

El Sistema Nacional de Salud las ha evaluado y ha llegado efectivamente a esta conclusión, por lo que ha decidido no financiarlas.

Es una discusión técnica y muy compleja, y las autoridades  administrativas encargadas del tema han concluido de este modo.

La venta de las vacunas (y el miedo) es libre, y el que quiera puede comprarlas en la farmacia y ponérselas a los niños.

Los padres consultan preocupados a los pediatras y a las enfermeras de los Centros de Salud.

La consulta no nace milagrosamente y de la nada. Alguien se ha encargado de poner en la agenda el tema, de abrir el debate, de inundar los medios con informaciones.

Las recomendaciones de los pediatras y las enfermeras son variadas. Pero un alto porcentaje se inclinan hacia el “ponle la vacuna”, en sus diferentes modalidades: “no es necesaria pero si puedes pagarla pónsela”, “es una enfermedad infrecuente pero si te toca el caso las consecuencias son fatales”, “yo la estoy recomendando”, “los pediatras la estamos recomendando”, “yo te digo lo que dice la Asociación Española de Pediatría…”.

Al final, se traslada una decisión compleja sobre la que los profesionales no se han puesto de acuerdo a los pobres padres, que nada conocen, salvo el principio de la precaución.

Probablemente ésta disyuntiva no tendría ninguna trascendencia si no fuera por dos consideraciones.


La primera es que estas vacunas son caras, o al menos pueden llegar a representar un importante esfuerzo económico para la mayoría de las familias. Los sanitarios no siempre somos conscientes de las dificultosas condiciones económicas en las que se desarrolla la vida de la mayoría de los pacientes.

La segunda es que los colectivos profesionales que recomiendan estas vacunas están (en general y lamentablemente) invadidos hasta la médula por las influencias de la Industria Farmacéutica.

Existen también profesionales que no participan de los pagos encubiertos de la Industria, pero que se informan con los materiales y las recomendaciones de las Sociedades Científicas (Asociación Española de Pediatría, Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia, Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria, Asociación Española de Vacunología etc), con lo que estamos en las mismas.

La poderosa “Industria de las vacunas” es muy habilidosa y puede aceptar ciertas derrotas en algunos ámbitos (en el de la Administración, en el de la Salud Pública…) si sigue conservando la influencia sobre los que tienen el monopolio del contacto con los padres: los pediatras y las enfermeras de los Centros de Salud.

Cada congreso, cada cena, cada catering de cada charla, cada pago debía de tributar para pagar las vacunas de una familia con dificultades económicas, sugestionada y asustada.

Qué penita.