jueves, 6 de julio de 2017

EL AFTER

      1. LLO.

Fui a la cena de despedida de los residentes.

Terminamos en un after. Hacía un huevazo que no iba a uno. Siempre me parecieron sitios a evitar. No porque hubiera un ambiente chungo ni nada, que lo había, sino porque si llegas ahí es que has transgredido demasiado, estás muy borracho, y todo lo que hagas y/o bebas a partir de entonces no va a tener mucho sentido, no vas a sacar nada en claro de eso. Sin duda alguna lo que uno debe procurar en un after es ir para casa cuanto antes.

Pero aquella noche pasó algo muy curioso.

Llo trabajo en una ciudad que queda a una hora de donde vivo. Aquella noche decidí llevarme el coche y según viera cómo iban transcurriendo los acontecimientos, o bebía y me quedaba en casa de un compañero o no bebía y me volvía de madrugada a mi casa en coche. No sé muy bien por qué pero opté por lo segundo.

Así que sucedió algo insólito, que es que concurrí al after sobrio, con lo que pude observar aquel festín etológico. El bosque de pollas, el personal dando tumbos, los gritos, la gente que decía cosas sin sentido y que no llevaba razón, las peleas, la gente oscura que era difícil ver en otra parte de la ciudad y en otro momento del día, la falsa sensación de que salir por la noche de esa manera aporta algo, un modo de vida asociado a una explicación de la realidad muy particular, de la que yo había sido un gran entusiasta algunos años atrás. Andando el tiempo me había esforzado en seguir viviendo la noche, pero como vivero de historias que no sucedían por el día, con escaso éxito. Pero aquel día, o mejor dicho aquella noche, todo cambió.

En mi trabajo tenía una serie de rutinas, algunas un poco más justificadas que otras, pero finalmente institucionalizadas y por ende inamovibles, y unos miedos casi siempre irracionales. Uno por ejemplo era que se jodiera el elevador del garaje, quedara atrapado y no pudiera llegar puntual al trabajo. Así que normalmente salía 40 minutos antes y desayunaba tranquilo en un bar de al lado del Centro de Salud. Pasaba aquella media hora larga haciendo tiempo prácticamente, me estudiaba las noticias, me repasaba los telediarios, le agotaba la conversación al camarero.

Así que una mañana cambié el tranquilo bar por el afterhour, que cerraba a media mañana.

A mí me veis así, pero llo al trabajo voy como un pincel, porque voy a lucirme. Pensé que mi presencia iba a ser poderosa en el after, magnética. Un tío que huele bien, con una camisita bien planchada, el pelo lustroso, con la lucidez que aporta la fresca mañana. Cumpliendo ese sueño mal definido, pero difuso, del que madruga para salir de fiesta, que todo el mundo tiene un amigo que conoce a uno que lo hacía.

Esos datos blandos maravillosos, que tú ves a una persona a distancia por la mañana y algo imperceptible te dice si es un trasnochador o un madrugador. A mí me gusta mucho jugar a adivinarlo. Algunas personas, aunque parezca increíble, quedan en un apasionante terreno de nadie; no sé cómo lo consiguen.

Yo me aposentaba en un rincón de la barra y hablaba con mucha gente. Las personas cuando van con la tostada son de muy fácil conversación. Sorprendentemente, comencé a advertir que mi perfecto estado despertaba reCELOS en el personal. Un día, por una cosa que sucedió que no viene al caso, esta sensación se me hizo mucho más evidente. Así que agarré a uno por banda y le pedí por favor que se sincerara conmigo, que me dijera qué era lo que sucedía.

Me confesó que despertaba sospechas, que todo el mundo pensaba que era un secreta.

Así que hice una cosa. Seguí concurriendo al after cada sábado o domingo que tenía guardia. Pero en vez de antes de la guardia, lo hacía saliente. Con el pelo graso, la camisa arrugada, el aliento maloliente y la desinhibición que proporciona la deprivación de sueño me hallaba así perfectamente integrado. Cero sospechas y disconformidades.


      2. ELLA.

Comencé a identificar clientes habituales. Las rutinas marcan ese tipo de presencias y relaciones. La longitudinalidad, you know.

Yo por ejemplo, trabajo en un servicio de urgencias, que por definición debe proporcionar consultas únicas y no repetibles. Mi trabajo consiste en tener un comportamiento exquisito con un desconocido, que sabes que no vas a volver a ver.

Pasa un poco como los líos de una noche.

Llo siempre intento dejar mi impronta. De este modo las posibilidades de repetir aumentan. Los pacientes, si atesoran buen recuerdo de la atención recibida, probablemente se muestren más proclives a llamar la próxima vez, con lo que la presión asistencial aumentará de este modo, incongruencia en tanto en cuanto la carga de trabajo, pero lindo en sentido emocional y sentimental.

Por el after también solían repetir unos cuantos, al igual que hay pacientes habituales que conocen todos los miembros de un servicio de urgencias.

El uso del after está bien como esporádico, un día que te lías o te apetece transgredir, pero si vas todos los fines de semana es que algo raro sucede. Es como el que usa tanto el servicio de urgencias, hay algo: un conflicto con su médico, un conflicto familiar u otro, que debe ser explorado.

Llo soy un explorador nato de realidades jj.

Así que no tuve que hacer demasiado esfuerzo para justificar mi acercamiento a una chica que veía casi todos los días en el after. Unos días en unas compañías, otros en otras.

Solía bailar espasmódicamente. La primera vez que la vi estuve tentado de calzarle un supositorio de Stesolid.

Su presencia me despertaba curiosidad.

Siempre he odiado esta liturgia de un tío acercándose a una tía en un bar para ver si se la come, me parece de lo más machista. Así que decidí dejar que la realidad hiciera su trabajo. Yo ya hacía el mío concurriendo al after a cada posibilidad. La longitudinalidad es un antídoto estupendo contra la prisa.

Me encanta cuando no pasa nada, porque eso es que algo va a pasar.

Así que usé la exposición continua para tejer mi presencia ante ella como una manera de hablarle. Fue tal la coincidencia en tiempo y espacio que el comenzar a hablarnos fue una consecuencia inevitable.

Hablar a alguien en el primer contacto con una familiaridad como si le conocieras de toda la vida, sin hacerte el listillo y sin pasarte de la raya, es una estrategia validada que crea un clima óptimo para el primer conTACTO.

El día que alguien más que yo se dé cuenta de lo que tiene que aprender la midicina de la seducción científica, la psicología y las dinámicas sociales temblarán muchos paradigmas jj.

Le hice una historia clínica como las de urgencias. Disponía de tres minutos para hacerme una idea de toda su biografía y de su estado actual, esta vez no sanitario, sino vital.

El ser médico de urgencias me ha capacitado ampliamente para en 7 minutos dejar resueltas en mi cabeza muchas cosas: si le voy a mandar al hospital, si va a haber bronca con la familia, qué perfil debo adoptar, si va a llorar el paciente, si va a entender lo que le voy a decir, si le tengo que dejar escrito lo dicho.

Pues con Ella me pasaba igual. Enseguida me di cuenta de que no tenía otra preTENSIÓN que explorar su dolor vital.

Hice un par de preguntas de rodeo, precalentamiento y apertura enlatada para pasar al núcleo del problema rápidamente. Todo esto lo he aprendido del trabajo, que me ha convertido en un maestro del abordaje humano jjj.


Su madre tenía cáncer y se iba a morir.

Supuse que la conocería, porque todos los pacientes terminales eran habituales de nuestro servicio.

Preparé una papela para unas rayas con un poco de tiza y talco y la invité en el baño. A la hora del esnifado le dije que no llevaba tarjetas ni dni encima, que me prestara el suyo. Incliné el anVERSO hacia mí, hasta que pude ver su nombre y apellidos, que grabé en el celebro. InterPUSE mi cuerpo delante de ella y cuando me adVINO el momento de la aspiración, soplé y dispersé el polvo. Me recordó esa maniobra a esos médicos veteranos que auscultan con las olivas del fonendo fuera de los oídos, en el contexto de la medicina de complacencia.

Ella se metió aquella mezcla racémica y se pasó el resto de la noche rascándose la napia. Aunque me atronaba la música ensordecedora, sólo podía escuchar a Miliki dentro de mi cabeza cantando lo de cómo me pica la nariz.

Busqué su segundo apellido en los resúmenes en papel de los de paliativos, vive dios que existían, porque meterse en la historia es dilito.

Efectivamente iba a morir pronto.

Por estas cosas del destino la paciente (su familia) me dio un aviso un sábado a mediodía. Acudí previendo que me iba a encontrar con Ella. No sabía cómo íbamos a reaccionar ambos.

Al llegar a la casa me recibió una copia envejecida de Ella, que identifiqué inmediatamente como su hermana. Según avancé hacia la habitación de la enferma, fui grabando en mi cabeza la estructura de la casa. Los enfermos, es sabido, siempre se suelen situar al fondo y a la derecha o izquierda del pasillo principal, con lo que hay que recorrer la totalidad de la casa hasta llegar a ellos, aunque ignoro el porqué. En el momento que franqueé la puerta de la habitación de la paciente repasé mentalmente que todas las puertas de la casa estaban abiertas menos una.

Miré a la paciente y me di cuenta de que apenas podía identificar ya en ella ningún rasgo de la línea familiar. Recuerdo que aquel pensamiento me inundó de tristeza. Es como cuando te mandan reconocer a un cadáver que ha sufrido un evento traumático y casi no puedes ni hacerlo de lo des(con)figurado que se encuentra.

La paciente (se) aQUEJABA (de) una situación dificultosa. Llo podría haberle puesto una dosis alegal y haber terminado con todo allí mismo, pero pensé que un final, una pompa fúnebre y una primera fase del duelo podría romper la situación de equilibrio de Ella. Tendría que prescindir de su presencia en el after, al menos momentáneamente, con lo que todo el proceso se interrumpiría. Es sabido que un proceso humano que se interrumpe incompleto tiene altas probabilidades de final prematuro.

Decidí, por una vez en la vida, ceñirme a la legalidad y a lo normativo, y traté el síntoma, como si quisiera simplemente cumplir con el expediente.

Pedí por favor lavarme las manos en el baño (cosa que no suelo) y salí en un movimiento brusco y del todo imprudente, hacia el pasillo.

Lo lógico es que me dijeran que me mostraban el lavabo, o que me acompañaban, y lo de la liturgia de la toalla y todo aquello, pero yo lo que buscaba era deslizarme hacia el pasillo en solitario, aprovechando el momento de desconcierto de llanto y pena familiar en torno a la paciente.

Alcancé el corredor con éxito, sin que el pelotón me diera alcance, y me dirigí como alma que lleva el diablo hacia la puerta cerrada. La abrí y observé su bello rostro en el contexto de la plena inconsciencia que proporcionaba aquella cansada vida de after, drojas y dolor por la vida.

Enseguida me dieron el alto, los momentos perfectos duran poco. La escasez es un signo patognomónico de la magia.

Fui reCONDUCIDO a un aséptico cuarto de baño, que me recordó al de un quirófano, por lo que me lavé hasta el codo.

Aunque la paciente no presentaba especial disnea, dejé en la mesilla varios envases de ampollas de cloruro mórfico, con las instrucciones y el material precisos para administrar subcutáneamente en caso de necesidad.


     3.   ClM (Castilla la Mancha o Cloruro mórfico).

El día hábil siguiente a aquella visita, es decir, el siguiente fin de semana, volví a ver a Ella en el after.

Casi no me reconoció, iba dando tumbos de lado a lado, como zombi, en un estado en el que no la había visto antes. Aprovechando la conFUSIÓN de aquel antro y la noche la atraje hacia mí, y al lado de la barra, donde había una lamparita de noche, la agarré fuertemente de la cara por los malares y la acerqué a la luz, donde pude observar sin dificultad alguna unas pupilas mióticas puntiformes poco reactivas.

Yo me disculpé ante mi conciencia sabiendo que mi misión es tratar a la paciente y a la familia en el contexto del abordaje integral que la atención al final de la vida deMANDA. Tampoco es que pusiera en ninguna guía que los fármacos del paciente fueran “disfrutados” por la familia, pero bueno. Era otro modo de interpretar la norma jj.

Mi consuelo era pensar que Ella estaba con un proceso de dolor muy intenso, y que de alguna manera debía aliviárselo alguien. Y sobre todo que “el tratamiento” que le disPENSABA a Ella tenía una duración limitada: lo que viviese su madre.

Me gustaba pensar que yo dejaba allí los fármacos y los usaba la que más los necesitaba. Si los usaba la madre, es que Ella estaba mejor y la paciente peor, y viceversa.

También me gustaba pensar que me había subido a lomos de aquella historia, y que había llegado al punto de ser mecido por la realidad, llevado en sus brazos, sin que yo hiciera nada especial. La verdad que estaba cansado de hacer con mi voluntad y tenacidad que las cosas sucedieran “espontáneamente”. Normalmente no sólo tenía que hacer mi trabajo, sino el de los demás, y luego poner cara de gilipollas y hacer pasar todo por “predestinación”. En fin.

La realidad iba a ir haciendo su trabajo, hasta llegar al punto final.

El día decidido entré a la guardia y llamé a la familia para ver qué tal se encontraba la paciente, con la disCULPA de haber estado allí un par de veces e interesarme por la evolución.

Si todos los pacientes tienen alguna queja que comentarte en cualquier momento que tú les preguntes, un paciente terminal más todavía.

En efecto me comentaron que había comenzado con unos movimientos anormales en el contexto de los últimos días de la vida y que no tenían una visita concertada con los de paliativos hasta dentro de 48 horas. Me ofrecí. Aceptaron.

Le puse Midazolam sabiendo lo que iba a suceder. En el pico del efecto me llamaron que había fallecido. Acudí y sabía que en ese momento final todas las piezas del puzzle iban a casar y que me iba a encontrar con Ella.

Al llegar al recibidor la puerta de la casa estaba abierta. Entré, cerré y me dirigí a la habitación de la paciente, ya sabía el camino. En el pasillo sobrepasé la habitación de Ella. Esta vez la puerta estaba abierta, me asomé brevemente sabiéndome solo: la persiana bajada, la cama sin hacer, las sábanas revueltas y húmedas por la transpiración de los opiáceos.

Continué hasta la habitación de la paciente. Me hice presente en la estancia. Aquello estaba lleno de gente. Prácticamente nadie advirtió mi presencia, en contra de lo habitual. Sólo Ella. Me miró. La miré. Tenía las pupilas isocóricas. Normorreactivas. Bañadas en lágrimas. ConTRAJO un poco el esfínter de la pupila y abombó el cristalino, para enfocarme. Me reconoció. Vino hacia mí y nos dimos un abrazo.

Después de aquello no pude seguir yendo al after. Un día dejé de ir y no volví más, porque para mí el after era Ella. Me gusta identificar ciudades, situaciones y lugares con personas. Cuando se terminan las personas dejan de tener sentido aquéllas, y viceversa.

A veces piensas que no vas a poder vivir sin una cosa, pero comienzas y sucede que nada pasa, que sigues como si nada. El poder de la mente.

Un día me estaba esperando Ella a la salida de la guardia. Llo tenía el aspecto desaliñado de cuando iba al after, me sentía como desnudo con esa pinta, fuera de aquel garito.

Me hubiera gustado terminar esta historia del siguiente modo, de hecho así lo tenía pensado: Ella me enredaba y yo comenzaba a sacar fármacos del Centro de Salud. Íbamos todas las noches al after. Ella era el enganche, la relaciones públicas, y yo el camello. Yo aparcaba mi voCANCIÓN de mídico, que sólo manTENÍA para poder seguir sacando fármacos del Centro. El poder de prescripción tan codiciado de los médicos de familia. Cada vez nos van quedando menos poderes.

Pero es que es mentirra.

La realidad es que a veces me venía a buscar a la salida. Tomábamos café. En el pico del efecto, nos poníamos a hablar como locos y sin parar de cualquier tema, de cualquier chorrada. Nos quitábamos la palabra, como los borrachos en el after. A veces dábamos un paseo por el río. Buscábamos en la ciudad el sitio desde donde se grita. El sitio en la ciudad desde el que se grita de día es el sitio en el que se folla de noche. 

También esta historia terminaba que Llo no me colgaba por Ella.

Pero tampoco puedo.

Porque es mentirra.

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