martes, 26 de enero de 2016

CICATRICES

No hay un tatuaje tan auténtico y cargado de significado como una cicatriz. Es gratuito o financiado por la Seguridad Social. La cicatriz es mucho más indisoluble que el matrimonio y el Colacao, porque permanece en la riqueza y en la pobreza hasta que la muerte nos separe.

La existencia o no de una cicatriz pone a prueba la verdadera condición de una herida, con lo que la primera se constituye como un marcador de daño completamente validado. No hay personas más entrañables y peliculeras que las que exhiben las cicatrices como un trofeo, con orgullo. ¡Cómo pueden ser capaces de existir la heroicidad y la épica en un cuerpo sin cicatrices! Eso es como un revolucionario que lo único que ha hecho es pasarse su existencia entera leyendo libros encerrado en una habitación.

Hay cicatrices que se ven y otras que no se ven. Las que no se ven se revelan con la cualidad apasionante de todo lo que en la vida no es apreciable a simple vista. Cuando tú llegas a una cicatriz oculta, bien por la condición de amante bien por la de médico, tienes la certeza de encontrarte en un territorio medio prohibido.

Entre las cicatrices que no se ven destacan las del alma. De todos es sabido que un infarto agudo deja una cicatriz en el miocardio que restringe su contractilidad y su función ventricular futura. Algo parecido pasa con las cicatrices en el alma. Llega un momento en que la oportunidad de generar una presión emocional y sistólica mínima con la que presentarte ante la circulación periférica es completamente nula.

Aunque la cicatriz nos parezca ajena, no hay una estructura más propia, porque dígame usted si no quién es el propietario y el depositario del fibroblasto.

La piel, el celebro y el alma son una tábula rasa que pronto comienzan a llenarse de contenido.

Cualquier persona mínimamente observadora y viajera habrá advertido que las personas en Latinoamérica tienen muchas más cicatrices que en la vieja Europa, más la clase baja que la alta; lo que refleja, resume y ejemplifica otros muchos aspectos en relación.

Una vez iba por la calle y vi a una persona en el suelo, portuguesa y semiinconsciente. Adiviné un trozo de parche de nitrato en la región infraclavicular. Le rompí la camisa a lo bestia como Jul Jogan y escuché el crujir de los botones como crujen las costillas cuando revientas a compresiones torácicas a una persona. Vi una cicatriz que alcanzaba del esternón al ombligo. Me sentí tan ingenioso y tan de(tec/duc)tivesco, recuerdo, por ser capaz de comprender la condición de cardiópata del paciente a partir de mi sagacidad. Le comencé a cascar Trinisprays como un loco asumiendo un infarto. Llamé a la UME y se lo entregué más salvo que sano. Después les pregunté que qué tenía el paciente. “Un infarto no era”, seguido de “nos lo diste totalmente chocado, hubo que ponerle Dobuta a chorro y no remontaba ni pa dios”.

Dijo el maestro: “no hay sutura mal dada, sino paciente mal cicatrizador”.

Hay cicatrices que te recorren la espalda como un escalofrío. Cicatrices por las que todo el mundo pregunta antes o después. Cicatrices que duelen. Perpendiculares a las líneas de Langers. Cicatrices que hacen cosquillas. Con formas. Que pasan a formar parte de la idiosincrasia de la persona hasta el punto que ya no te la imaginas sin ellas. Cicatrices que dejan huella. Cicatrices generacionales como las de la vacuna de la viruela. Tatuajes de calcamonía también llamados cica(c)trices. Hay cicatrices que se mueven al ritmo del coito. Cicatrices a las que se te va la vista como al agujero de la muela que falta en vez de al resto de la piel o la dentadura. Cicatrices rectilíneas, delgadas y largas que revelan un tajo aparentemente impresionante, pero finalmente superficial. Cicatrices puntiformes, pequeñas y prácticamente insignificantes, que son la minúscula puerta de entrada de una puñalada que llega hasta las entrañas. Hay cicatrices que son de firma quirúrgica y otras de firma callejera, pero cicatrices las dos finalmente. Cicatrices cuaternarias y primarias, pues. Hay cicatrices en la cara y en la mama. Cicatrices de haber vendido un riñón. No-cicatrices; que finalmente no fueron. Hay cicatrices que loides. 

domingo, 17 de enero de 2016

CINCO MINUTOS CON CONSUELO

Querida Consuelo:

El otro día me llamó el celador a las 7.30 para decirme que te habías muerto. Lo primero que pensé es que vaya horas de morirte. A las 8:00 damos el cambio e iba a tener que preparar la de cristo para meter el maletín en el blindado. Asimismo, me ibas a hacer llegar tarde a casa.

Me vestí rápido y fui de malas para la residencia de ancianos donde llevabas varios años. Me dijo la auxiliar que cuando fue a despertarte no reaccionabas a estímulos dolorosos.

Yo hice un poco el paripé para comprobar lo evidente y rellené un parte interno con letra de mala gana. Le dije a la auxiliar si quería que rellenara el parte de defunción y dijo que sí, pero que tenía que ir a buscarlo.

Me senté en una silla y me quedé cinco minutos esperando a que me subieran el dichoso papel asalmonado. Quise rellenarlo con letra de mala gana también, pero las letras están individualizadas para evitar eso precisamente. Hay vidas y letras que no se pueden salir del borde.

En esos cinco minutos miré a tu compañera de habitación. Tenía un montón de fotos sobre las mesitas auxiliares. Tú no tenías nada.

Me quedé mirándote fijamente, con la cabeza vacía, como embobado, colgado de una de las barras laterales de la cama articulada.

Te toqué la cara en un gesto que tenía más trazas de caricia que de exploración física. Te dejé caer otra vez un brazo a plomo, en un signo de gravedad.

Pensé que iba a rubricar la historia de tu vida y que no tenía ni puta idea de quién habías sido ni de lo que habías hecho. No sabía si fuiste a ver a Sabina al Güisbur en el 99, si te gustaba la Cherrie Coke y la tortilla del Nadira, si te metías en la cama con un libro de las aventuras de Artemio Rulán y José Garzón, si pusiste a un mulato de dos metros mirando al Cristo del Corcovado, si acentuabas los monosílabos. No sabía si te morías por los Boletus, si tenías una triple vida o un triple bypass o si te gustaban las marchas cortas.

Por inventarme me iba a tener que inventar hasta la causa de tu muerte para poder poner algo en el certificado. No iba a poder poner que moriste de soledad o de un empacho de (maza)panes y peces, o de recuerdos.

Yo no sabía si dentro de cuatro años se iba a acordar alguien de ti, si ibas a recibir llamadas después de fallecida o simplemente te ibas a morir y nadie te iba a reclamar, aparte de Hacienda. Yo no sabía qué iba a ser de tu DNI ni de tus huellas dactilares o ecológicas.

Creo que a las personas sólo se las puede entender con completud después de muertas. De la misma manera, uno sólo puede comprender una novela que está por escribir cuando la tiene entera dentro de su cabeza y la historia ha terminado de alguna manera. Eso es lo que paradójicamente ayuda a concluirla, porque lo que una buena novela debe hacer es disociar los datos duros de la digestión de los mismos.

Los hijos del médico entregado y solitario se llaman pacientes, y su familia sociedad.

No sabía qué hacer para embellecer y dignificar tu último momento, Consuelo. Así que te he escrito esto en estos cinco minutos, en lo que me han subido el certificado de defunción. No son las Cinco horas con Mario, pero tengo que librar la guardia, ya lo siento. Es que tengo que ir al banco luego a liquidar un sólido.

No sé si te hace justicia, pero me han dicho que lo ha leído el de la funeraria y que ha echado una lagrimita. Creo que eso es mucho.


viernes, 8 de enero de 2016

A GÁVEA

Tradução em português das memórias de um médico espanhol, no Rio de Janeiro, Brasil.

Se achar que o texto merece ser divulgado, peço que distribua onde possa ser lido. Obrigado.

(Traducción al portugués de las memorias de un médico español en Río de Janeiro, Brasil.  

Si crees que el texto merece difusión te pido que lo distribuyas allá donde pueda leerse. Gracias). 

"Eu dizia que, assim como a garota em quem Sabina se inspirou para escrever “Con la frente marchita” na Argentina era guerrilheira, eu fantasiava que ela era do Comando Vermelho, mas não era o caso. Em troca, lhe prometi escrever uma canção para convertê-la na Garota de Copacabana, à imagem da de Ipanema, mas se vê que a letra está ficando um pouco longa.

E já não me resta mais tempo. Preciso ir já. Eu não tenho o tempo, a tranquilidade, a paciência e a persistência de Lula. Sou uma bala perdida na Espanha e isso lamentavelmente é uma coisa muito séria no Rio. Só me resta um último segundo para recordar sua pele crocante e peluda como a do frango. Para recordar que ela pensava que se tratava de uma luta de línguas, mas na realidade era a luta de classes. Para (me) inspirar com seu nariz carioca em meu peito. Para dizer que é uma pedra angular e preciosa na minha vida.

Só me resta te beijar pela última vez na Cinelândia. Prometer te levar pra Disneylândia. Te beijar os morros. Te tirar do planeta terra com o disco voador de Niemeyer. Te esperar mais meia hora na livraria do CCBB. Te esperar com a urgência dos casais que esperam uma vaga no hall dos motéis. Te tocar com a tristeza do pianista do shopping no Leblon. Te espiar através dos espelhos na Colombo. Te irritar por deixar pingando o filtro de água gelada. Beber água da torneira para me fazer de valente. Preparar seu café da manhã e de depois de amanhã. Fingir que adoro Bossa Nova. Passar seu fio dental na minha boca. Captar repetidas vezes o olhar censor do taxista pelo espelho retrovisor por avançar rápido demais. Me derreter quando você coloca assim a língua e os dentes e me chama de gatinho. Fazer um arrastão para te roubar o coração. Te furtar a alma e um beijo a cada sinal vermelho. Nos embriagarmos de bar em bar até chegar à Barra. Ser seu Pão de Açúcar e de queijo. Me apaixonar por você, pelo Rio e pelo Brasil com a mesma intensidade que Don João.

E, finalmente, abandonar tudo com a mesma tranquilidade que o fez o Brasil do império português, para continuar adiante".