martes, 3 de noviembre de 2015

LA VENTANA

Fui a su casa varias veces a ver a su hermana. Un tumor cerebral, dos meses como mucho. Gran letargia, funciones mínimas, casi nulas. Casualmente vivían al lado mío. Me inquietaba vivir tan cerca y haber permanecido ajeno hasta entonces a esa sucesión dramática de acontecimientos que se desarrollaban tan cerca de mi vulgar cotidianidad, mientras yo hacía de vientre o la colada.

El otro día leí ésto y pensé que ése era mi destino.



Yo también quería vivir todas las vidas. De lo que no estaba tan seguro es si eso podía ser manía o épica. “Uno elige un camino donde hay 100”, dice Juan Gérvas.

En cualquiera de los casos seguí a aquella paciente muy de cerca. Cada noche yo volvía a casa de intentar vivir unas vidas, y según pasaba miraba hacia la ventana de su habitación.

Solía venir tarde y la persiana estaba bajada por lo general. Unas veces a cal y otras a canto. Algótras veces dejaba esos pequeños resquicios por donde se adivinaba la luz. Como esas personas que se cierran en banda pero a las que se les logra ver el interior a través de las costuras o de pequeños resquicios, que dejan no se sabe si un poco voluntariamente. Me encanta tirar del hilo de las personas.

En otras ocasiones la persiana estaba subida, la cortina corrida y la luz dada, como sucede cuando es ya de noche y no lo quieres aceptar… y piensas que aunque tengas que dar la luz, si logras no bajar aún la persiana el día puede continuar, al menos adentro de tu alma y de tu celebro. O como sucede cuando hay que volver a casa después de una buena borrachera y te empeñas en continuar…y piensas que aunque afuera sea de día, si bajas la persiana la noche puede seguir hasta que se extinga en tu alma, en tu celebro o en tu botella.

Dar la luz sin bajar la persiana y sin correr las cortinas en medio de la noche debe ser como salir desnudo a la calle. La noche hace (e)vidente a la luz. Las muelas hacen evidente al agujero que queda en medio porque falta una.

Por el día es diferente, y si tienes corridas las cortinas puedes jugar a estar o no en casa, nadie sabe. Es como cuando estás en el  Skype en la opción de “No disponible” pero en el fondo estás dentro.

Cuando regresaba a casa su luz casi siempre estaba encendida. Llegaba tarde porque una vida nueva es difícil vivirla a las siete de la tarde, pero también a las 4 de la mañana, sobre todo un día de diario, así que hay que calcular muy bien, es muy jodido. A mí me gustan los turistas, los estudiantes y el personal sanitario que hace guardias o turnos porque no distinguen bien los días de diario y los festivos. Siempre me han parecido muy curiosos los días de diario como para dejar de sacarles todo el jugo y el potencial como objeto de análisis, y pasarlos realizando una vulgaridad tan grande como trabajar y no estudiándolos. Me gustan porque esos días la gente es la gente de verdad, y no excepciones de festivo que no llevan a ninguna parte sociológicamente hablando.

Me propuse adivinar en las siguientes visitas el motivo de la luz encendida tan tarde. Me fijé bien (la inspección en Medicina, en Criminología y en la vida es lo primero, sobre todo para visar fármacos) y vi un ordenador en la mesita de estudio contigua a la cama. Pensé que su hermana se quedaba allí hasta tarde y que si no le molestaría a la enferma la luz. A continuación reparé en que cada vez que iba a verla le enchufaba un haz de luz de 1300 lúmenes sobre cada pupila, lo que provocaba la repulsión del músculo constrictor de la pupila que se encogía como una lombriz seguramente pensando: “ya está aquí el hijoputa éste”.

Otras veces la luz que estaba encendida era la del salón, y yo imaginaba una escena cálida de diario y cotidiana, que siempre ansiaba vivir por construirla como apetecible en mi mente. Luego nunca la construía así en el presente de mi casa. Yo sólo era capaz de reconstruir la vida desde fuera. Hacerlo desde dentro me parecía también una vulgaridad. Así me iba.

Siempre que estaba de guardia y salía a hacer domicilios me pasaba eso. Miraba a las luces de las habitaciones encendidas en medio de la noche y era capaz de reconstruir una escena casi siempre deseable. No hay cosa que más me guste que ver una luz de una casa encendida de madrugada e imaginar qué se está haciendo dentro. Es como un voyeurismo antropológico y social. Nunca pensaba, por ejemplo, que era la enfermedad la que encendía la luz, no entraba eso en mis esquemas. Por eso mi paciente y su hermana me los rompían.

La hermana era muy colaboradora y muy digna. Me había pedido que cuando vislumbrara el final ingresara a su hermana para que falleciera en el hospital. Decía que ella la cuidaba lo que hiciera falta, pero que no podría soportar que falleciera en casa.

Yo preví que el fallecimiento se acercaba y la trasladé, pero es difícil a veces atinar con estas cosas. Me sentía mal por si la hubiera mandado muy pronto y luego se tiraba allí tres meses. Les podría generar al servicio así a la bobada un outlier que provocara un cambio en la medida de tendencia central para estudiar la estancia media. Poca broma.

Así que todos los días cuando pasaba, miraba a la ventana esperando una señal. Un día, la persiana bajada transmutó en una ventana abierta de par en par con las cortinas ondeando al viento, que parecía que en vez de entrar desde fuera, salía desde dentro, como en una figuración propia de las películas. Bien pensado supuse que había fallecido bastante antes, pues interpreté aquella apertura como una manifestación de ventilación de todo el (d)olor.

No podía dejar de mirar hacia su ventana todos los días al pasar. Me encontré varias veces con su hermana por la calle y al principio me saludaba con la fascinación y la sorpresa del que descubre que el médico vive cerca. Luego la relación se fue agotando en sí misma porque no había nada más, y llegamos a ese punto en que comenzamos a vivir como un alivio no saludarnos.

Hoy reparé al llegar a casa que ya no había mirado a la ventana al pasar. Me di cuenta entonces de que mi paciente acababa de morir.