domingo, 26 de julio de 2015

HISTORIAS DEL KRONEN

Debes de tener unos 47 o así. Ayer llamaste otra vez. Hacía que no nos veíamos. La última vez hace un año. Tu madre se estaba muriendo aquella noche. Macuerdo que estaba de mala manera con una infección respiratoria, con ruidos de secreciones, disnea y los labios morados. Le casqué todo lo cascable. Las buscapinas, corticoides, una ampolla de mórfico y hasta el midazolam. Supuse que si pasó de aquella noche debió fallecer en los siguientes días.

Tu madre tenía una demencia severa desde hacía 11 años. Aquella noche lloraste mucho, macuerdo.

Esta vez volviste a llamar y no supe que eras tú hasta que te vi en el recibidor. No esperaste y te pusiste a llorar ya en el jol en cuanto me viste. Me di cuenta enseguida de que tu madre no había muerto. Que había pasado un año entero y que no había muerto.

Tu madre lleva 11 años sin conocer a nadie. Se mea y se caga encima y no habla. Tiene los ojos cerrados. No siente ni padece. Tú tenías un trabajo y lo dejaste por cuidarla. Llevas 11 años sin trabajar, cuidándola. Eres hija única de esas familias que no tienen familia cercana y que la lejana vive toda a tomar por culo. No tienes a nadie que te ayude. Te pasas 24 horas prácticamente a pie de cama.

¿Cómo haces para ir a la compra? te dije. La tengo que dejar sola. Subo rápido.

Tu padre vive, está muy cascado de las piernas y de no sé qué, pero rige algo todavía. Lo tienes desde hace poco en una residencia en un pueblo de la provincia, porque es más barato.

¿Por qué no la llevas a ella allí? No tengo dinero. Pide la ley de dependencia. Me dan 400 al mes y tiene una pensión de 600. Las residencias de la ciudad me cobran todas más de 2000 y no tengo dinero. No trabajo.

Me entra el ansia nacionalizadora, de ésa que si te dejan nacionalizas todo en el próximo minuto.

Comienzo a hacer cálculos y veo alguna posibilidad, pero quién soy yo para decirte a ti cómo tienes que hacer las cosas. Sin conocerte, sin conocer a tu padre. Y sin conocer detalles que probablemente invaliden mis propuestas salvadoras de 3 minutos de evolución.

Alguna solución tiene que haber, habla con la trabajadora social. Ya he hablado. Habla con tu médico de familia. Ya he hablado.

¿Cómo come ella? Le levantas la camiseta y me enseñas la PEG. ¿Y esto? te digo. Se lo pusieron en el hospital hace dos años y medio. Cuando me ves la cara me cuentas que el médico no te preguntó, que se la puso y fuera.

Se me acaban los cartuchos. Tú lloras y lloras. Ya no sé qué hacer, dices.

Lo que te voy a decir no sé si es correcto o legal pero sabes que lo único que puedes hacer es dejar de darle comida por la PEG. Ya lo he pensado, me dices.

Acto seguido me doy cuenta de que debes de contar con la aquiescencia del médico de familia y la enfermera para que le pongan unos sueritos o algo. Dos actores más en la película ya dificultan más las cosas, supongo.

En ese momento quiero ser de nuevo médico de familia que pasa consulta aunque sólo sea para consentir, facilitar y proteger ese tipo de decisiones.

Cuando vuelvo al centro se lo comento a una compañera. Qué dices, me dice, y con qué cargo de conciencia se va a quedar luego la pobre mujer.

Ah, claro, el cargo de conciencia.

Piénsalo, te digo en el jol. Tú sólo lloras. Sé que no lo vas a hacer.

Meto el maletín en el coche de un golpetazo, piso el acelerador a tope y arranco a toda hostia, como en Historias del Kronen. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

"debes de contar con la aquiescencia del médico de familia y la enfermera para que le pongan unos sueritos o algo"

¿Por qué?

Estas decisiones dependen del responsable o representante legal (la hija) si previamente no hay voluntades anticipadas.

Ya basta de más encarnizamiento y prolonga-malas-calidades-de vida.

Es contra-natura la alimentación forzosa, PEG, etc... Es un crimen.