martes, 14 de enero de 2014

VIDAS LINEALES.


Por Roberto Sánchez. Médico de familia. Madrid. Salamanca. (España).

Siempre me ha gustado la gente que trabaja de noche. Es gente oscura. Con cosas que contar. Está claro que las enfermeras del turno de noche son más interesantes que las del turno de mañana. Está claro que se cotillea mucho más de los médicos de urgencias del turno de noche que del de mañana.

Los trabajadores sanitarios nocturnos a menudo van sin afeitar y arrastran historias turbias. Fuman en cuartos que habilitan ellos mismos para tal propósito y tienen un carácter difícil. Tú despiertas a uno de éstos aunque sea porque ha venido un infarto y te puedes preparar.

De las pocas cosas que me gustaban de ser médico en el hospital era trasnochar. Y ver amanecer con los ojos rojos de las lentillas. Empecé a entender que la resaca se debía en gran parte a la deprivación de sueño. El papel del alcohol en la misma está claramente sobrevalorado.

Después de acabar la residencia pasé un tiempo dando tumbos y dejándome arrastrar por algunos caminos equivocados. Había llevado una vida lineal y ejemplar durante muchos años y me apetecía echarme a perder.

Había ahorrado mucho dinero en aquellos años lineales, porque la vida en estas circunstancias laborales de rutina necesita de unos gastos fijos, pero asumibles. Por tanto ahora no necesitaba dinero, pero necesitaba divertirme un poco. El problema está en que ni los padres ni la sociedad (ese padre macroestructural) ven bien que no tengas ingresos. Puedes gastar en cosas innecesarias, pero no ingresar no está aceptado hoy día.

Tenía que buscar un trabajo y no sabía cuál. Yo quería de teleoperador y si no de repartidor de pizzas, porque en la vida había llamado a muchas puertas y nunca me habían dejado pasar del recibidor. Pero cuando lo conté en una comida familiar mi madre rompió a llorar y no hay una vida realizada que valga, con una madre descontenta.

Luego comencé a pensar que era el momento de empezar a trabajar por la noche. A mí la noche me gusta hasta las 5 o así. Luego, cuando ya torna el nuevo día no me interesa lo más mínimo. Igual les pasa a algunos médicos, que les interesa el enfermo en el diagnóstico y en las primeras fases del tratamiento, pero cuando la enfermedad muestra que se lo va a ir llevando ya no.

Por otro lado, había algo de los hospitales y de los cuidados sanitarios que me atraía fuertemente. No quería perder ese micromundo. Cada vez se me parecían más los hospitales a los centros comerciales o a los parques temáticos o cualquier otra estructura policlínica en este sentido.

Un día, en una farola (los tablones de anuncios de la calle) leí un anuncio de una mujer que se ofrecía para cuidar ancianos por la noche. Pensé que ese trabajo aglutinaba todas mis ambiciones. Quedé con ella para conocer qué es lo que debía ofrecer a mis clientes. Me hice pasar por el hijo de un enfermo. Creía que lo iba a hacer bien, pues mi padre tiene una artrosis en la cadera muy importante. Como siga así le van a tener que poner una prótesis. Creo que la cuidadora también llevaba prótesis, era de Brasil y decía que cobraba 60 la noche.

Lo que más difícil me parecía para optar al puesto de cuidador era hacer valer mi condición de médico, sacándole partido a mi posición sin levantar recelos por trabajar en algo tan disparatadamente dispar, tan por debajo de mi formación y posibilidades. Decidí finalmente hacerme pasar por auxiliar de clínica, porque no acababa de verlo claro.

Me entrevisté con un hijo que tenía barba de tres días, que me dijo que no podía cuidar a su padre porque trabajaba en el turno de noche de un servicio de urgencias, como enfermero. Yo supe desde el primer momento que estaba mintiendo, porque todos los enfermeros varones que conozco yo tienen menos de 40 años. Le dije: ¿Y tú siendo enfermero no te puedes llevar a tu padre a la urgencia y hacértelo pasar todas las noches por un enfermo más? Y me respondió: Ya lo he intentado, pero siempre hay algún residente que dice que no presenta patología urgente en el momento actual y que como mucho me lo ingresa para estudio. Pero a mí eso no me interesa, claro, porque no me le dan de alta a la mañana siguiente.

Como imaginaba, el hijo era un médico que se estaba haciendo pasar por enfermero para aparentar menor poder adquisitivo y pagarme menos por los servicios nocturnos. Hay gente que no acepta este tipo de suplementos; les pasa también a los taxistas con sus clientes.

Acepté el trabajo y todo iba bien hasta que el abuelo se rompió una cadera en casa (afortunadamente en el turno de tarde, así que no estaba en ese momento bajo mi cuidado) y lo tuvieron que ingresar para ponerle una prótesis, pero de manera urgente, no como a mi padre, que se la pondrían andando el tiempo. De esta manera pude recuperar el pleno contacto con el hospital.

Yo creo que para ser un buen médico, a veces en vez de aprender nuevas técnicas o los últimos tratamientos hay que pasar una semana durmiendo en los sofás para los acompañantes. Lo hice dos días y al tercero comencé a dormir en el suelo. Leí que también lo hacían Steve Jobs y Julio Anguita y que fortalecía mucho el espíritu.

Así es como conocí a Clemen y a Eusebio, los compañeros de habitación. Euse estaba recién operado también de una cadera. Eran pobres, analfabetos y vivían en un bajo. Se sabe que según vas aumentando de clase social va siendo más alto el piso en el que vives del bloque. Venían de una localidad del cinturón de la ciudad. Así que vivían muy apretados.

Un día le dije a Clemen que había comprado el periódico, que ya me lo había leído, y que si lo quería. Y me dijo que ella no sabía leer.

Me ofrecí a enseñarla y me dijo que sí. Diseñé unas fichas con las letras del abecedario y pude comprobar lo difícil que resultaba enfrentarse a lo que por la costumbre y por la cultura ya adquirida se consideraba evidente. Clemen era anciana, veía mal, olía mal y no recordaba de un día para otro nada de lo que la había enseñado el anterior, pero tenía gran ilusión. Un día vino toda contenta porque había sido capaz de leer en una puerta el cartel de “Privado”.

Al final de una noche, en esa franja horaria que odio, Euse comenzó con una respiración dificultosa. Yo ya había (pre)supuesto que era el síntoma inicial de una embolia pulmonar. Y en efecto, la noche siguiente ya teníamos otro compañero de habitación. No volví a ver a Clemen.

Me quedé un poco tocado después de aquel encuentro. Habíamos dejado las clases incompletas. Me quedé intranquilo pensando qué se debía sentir sabiendo leer a medias. Aunque tampoco sé lo que se debía sentir con medio cuerpo paralizado o viendo sólo por un ojo. No sabía si era peor la ausencia total o la asimetría.

Después de aquella experiencia le presenté mi dimisión al médico que se hacía pasar por enfermero. Aquel día vino afeitado y me la aceptó, porque se había reintegrado al mundo de la gente normal en un turno de tarde. Yo le dije que eso era peor aún, porque los del turno de tarde tienen la noche libre para golfear y la mañana para dormir.

Me quedé un tanto vacío y debía buscar algún futuro que forjarme, porque no podía llegar en la condición de desempleado a las fiestas navideñas. Los encuentros familiares con mi madre a la cabeza podrían transformarse en desencuentros, en estas circunstancias.

Estaba justo de moral, así que quería irme a un sitio donde se pudiera estar triste sin dar explicaciones a nadie. Por eso me vine a Inglaterra. Vivir aquí es como hacer un turno de noche perpetuo. También quería acercarme de alguna manera a Clemen. Vivir en un país donde no conocía el idioma que se hablaba me convertía en un auténtico analfabeto con estudios superiores. Era muy emocionante no enterarse de nada. Todo el rato tenías que adivinar, o presuponer, y hacer cosas mal. Justo lo que quería para salir de la linealidad de la perfección.



A veces en medio de una frase no sabía dónde me encontraba; si en el complemento directo o indirecto, si en el sujeto o en el predicado, al igual que a veces encontraba agua en los pulmones de un paciente y no sabía si el problema estaba en el corazón izquierdo o en el derecho; o a veces veía la función renal y no sabía si había que atizarle furosemida o ésta era la causa del des(bar)ajuste. Aprendí en esos primeros tiempos en la Pérfida Albión mucho acerca de cómo manejar la incertidumbre, algo tan necesario para un médico de familia. A veces entendía a la gente que me hablaba tan poco como a los cuerpos. A veces no sabía si lo que me decían era oveja o barco o sábana o mermelada o jamón con la misma intensidad con la que no sabía a santo de qué el paciente debutaba a estas alturas o se curaba sin explicación. Pensaba que las reglas de una nueva lengua eran tan aleatorias como las de la biología. Darme cuenta de que eso no era así en ninguno de los dos casos me llevó mucho tiempo.

En Inglaterra, especularmente, hice hincapié en mi condición de médico para acceder a un trabajo de cuidador de enfermos. Aquí el concepto de noche se difumina, porque se van a la cama muy pronto. Trabajé para una familia, cuidando al abuelo y enseñando castellano a la hija, ya que tenía esta lengua como optativa en la escuela. Pasé un par de años con ellos, viviendo en una caravana en el jardín de la casa. A mi madre le dije que estuve trabajando de médico.



Dentro de una hora sale mi vuelo de regreso a España. Me vuelvo porque estoy realmente cansado de hacerme el diferente. Mis días de no aceptación de la mediocridad de la vida han terminado. Creo que a eso es a lo que llaman fin de la juventud.
A lo mejor hasta tengo un hijo y todo.





9 comentarios:

- rosmar - dijo...

Me ha encantado tu relato , gracias por hacerme pasar un ratito buenísimo ++++++++++++

Lilián dijo...

Muy ameno tu relato, pero sobre todo, está indicando que has llegado a la madurez. Pero, recuerda, la madurez es sinónimo de aburrido, de falta de interés y de asombro por las cosas auténticas, así que no madures nunca, y saca el niño que llevás adentro... te lo digo yo, que cumplí 60 y me siento una "sexalescente" (no una sexagenaria.

Josu Abecia dijo...

Hola, me ha gustado tu relato. Me he sentido identificado.
Aunque no he trabajado en Inglaterra cuando la he visitado me he sentido "un analfabeto con estudios superiores".
Llevo a mis espaldas muchas noches de guardia, demasiadas. Me ajusto al dedillo a tu descripción. "La deprivación de sueño" consume las pocas neuronas que me quedan funcionando.
Le he pedido a mis jefes que me quiten de trabajar y me coloquen de profesor. Me han dicho que tengo mucho morro y mi propuesta ha sido denegada. Seguiré insistiendo.
Un saludo colega.
Josu Abecia

Salvador Casado dijo...

Saltar las líneas
nos lleva allende el mar
donde el sol baila.


¿Qué pasaría si no fueramos capaces de convertir la propia vida en algo palpitante?

Dr. Bonis dijo...

Bueno, si te gusta trasnochar, el siguiente paso es sin duda tener un hijo... dormirás menos que una gogó de discoteca en Ibiza.

Alicia dijo...

Ja,ja,ja... Opino como el Dr Bonis. Quieres trasnochar, la incertidumbre, ir desaliñado y con unas ojeras más oscuras que la noche?? Ten un hijo.... vas a tener dos cazos... o tres...ja,ja,ja...

Me ha gustado mucho tu post. Gracias por compartirlo.

Anónimo dijo...

me has hecho tragar lagrimones.
Nunca el tiempo es perdido...sólo un recodo más de nuestra ilusión....

Anónimo dijo...

Cuánto sentimiento!!!

Tesa Medina dijo...

Un relato estupendo, Roberto, que cuenta verdades como puños con mucha ironía.

Nunca he conseguido dormir en esos sillones de acompañantes. Siempre ponen a tu familiar con otro enfermo que está peor y necesita cuidados constantes.

Me deprimen los hospitales, espero tener suficiente salud para obviarlos hasta que me vaya al otro barrio.

Un beso,