jueves, 10 de octubre de 2013

POEMA A UNA MÉDICO PORTEÑA

No sé cuándo te has lavado el pelo por última vez, pero seguro que hoy no.

No pasa nada.

Yo tampoco me cambio todos los días de calzoncillos cuando estoy fuera de casa; ni cuando estoy en Buenos Aires.

No hay mejor manera de estar fuera de casa que estar en Buenos Aires.

Probablemente te laves el pelo con la misma frecuencia que yo me cambio de calzoncillos cuando estoy en Buenos Aires.

Llevas leggins y zapatos con plataforma, endodoncias, empastes azules. Eres alternativa y cheta, neurótica y psicótica, maníaca y depre, conductista y psicoanalista, peronista y antiperonista, biologicista y psicosocial, y lo uno o lo otro, River o Boca; pero de alguna manera lo eres todo a la vez. Vas al boliche a bailar música electrónica con la camiseta de Los Ramones. Lees el New England y la Cosmopolitan.

Eres europea pero a la vez latina. Latina pero a la vez europea. Simple y compleja.

Sólo sé que lo único que he podido ser capaz de entender es que no te puedo entender en absoluto, me descolocas. Necesito tiempo para leer los libros de Freud, Fontanarrosa, Arlt. Pero no tengo tanto tiempo. No tengo tiempo para escuchar todos los discos de Spinetta, Los Piojos, Los Redonditos. Me voy dentro de poco y no sé si volveré.
 
Haces la recorrida cada mañana por la planta, aguantas bien 5 horas de pie del tirón, te pasas el consultorio sin parar, trabajas a full (time), haces la maestría, la tesis, la carrera docente, el inglés, estudias estadística, la investigación básica, todo a la vez. Trabajas los viernes por la tarde, los sábados. Trabajas en diferentes sitios, lejanos entre sí. Tienes problemas de tránsito. Yo también tengo problemas de tránsito, pero intestinal, porque me cago vivo desde que no dejo de tomar mate contigo. No parás de cebar ni de calentar la pava continuamente. Conservas tan bien el calor del cuerpo y la mirada como el termo. Haces guardias en la obra social o en la prepaga para pagar la blackberry, el departamento, para ir de choping.

Tienes una fachada como la de la Facultad de Medicina. La perfección que radica precisamente en la imperfección. Te ejemplificas perfectamente en la ciudad en la que vives, donde lo atrayente es por lo nostálgico, por lo antiguo. Las ciudades extienden los tentáculos al alma de sus habitantes sin que éstos lo perciban, y acaban envejeciendo y comportándose como lo hacen sus edificios.
Eres como el Hospital de Clínicas, de alguna manera decadente por fuera e inconstructo por dentro, con largos pasillos que se bifurcan en todas tus cátedras, que sientas. Hay sitios que son muy bonitos pero la mente de la gente que los habita o los trabaja está podrida, o peor todavía, vacía.

Tomas benzodiazepinas, inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina, eres protagonista de tu vida. Te drogas o te has drogado con fruición, no como una manera de pasarlo bien ni desinhibirte, sino todo lo contrario, para comprometerte con tu yo.

Te pones a hablar y no paras. Cuando paras tengo la sensación creo que bastante certera de que lo haces para que no que piense que hablas todo el rato.

Dejas la colada y el amor para los sábados por la tarde. Tienes hiperplasias sebáceas y fibromas blandos. Vas en colectivo y no puedes leer porque tienes que ir parada (de pie). Viajás a veces con el uniforme en el subte. Hacés cola para subir en el ascensor del hospital, para ir al cine (al que no sueles ir mucho, y menos a ver cine argentino).

Tenés tu vida y yo no puedo sino frustrarme porque para tener mi vida tengo que tener la de los demás, aunque no estoy seguro si escribo porque me frustro o me frustro adrede para poder escribir adecuadamente.