martes, 28 de mayo de 2013

LA HISTORIA QUE NAIDE SE ATREVERÍA A CONTAR

He vuelto a beber por una noche. Yo no bebo porque me gusta. A mí no me hace falta divertirme para beber.

He sacado una botella de Fernet que tenía guardada en el fondo del minibar. Y le he dado un buen par de lingotazos, hasta confundir las teclas, que es la manera postmoderna de confundir las letras.

Entre la realidad y las palabras impera una distancia sustancial, que ahora se hace mayor porque esa distancia se prolonga en el trayecto entre las palabras y las teclas; hay que ir todavía más allá. Es la misma distancia que impera entre las enfermedades y los síntomas, y aún más allá entre la manera en la que el paciente te cuenta los síntomas, que es el modo en el que a los médicos les llega la sospecha de las enfermedades.

He bebido esta noche porque últimamente estoy seco. Seco de palabras. No me salen. Me he quedado mudo, vacío. Sólo hay una historia que me queda por contar de verdad, pero es la historia que naide se atrevería a contar.

Recuerdo una calurosa noche allá en la Argentina. Yo pasaba allí un corto tiempo y vivía en un hostal, porque a mí me encanta la vida errante, desgarrada y solitaria de los hostales juveniles y no juveniles y de las pensiones. Si viviera más en hostales y menos en casas probablemente no tendría problemas de liquidez de historias. El ambiente y las familias que los regentan son fuentes inagotables, y la quietud de esos sitios son un seguro para poder contar historias adecuadamente.

Decía que habíamos cenado una polenta (una especie de puré de patatas) en el hostel unos cuantos que nos habíamos conocido casualmente los días anteriores, y luego habíamos bajado hasta el bar de la misma calle, regentado por los mismos dueños del hostel.

Los argentinos me insisteron que pidiera un Fernet con coca (cola), que era muy sabroso y típico de allá. Yo, ya digo, no bebo porque el alcohol me hace comportarme como verdaderamente soy.
Me calenté enseguida y recordé aquellos viejos tiempos de COU de cuando te iba subiendo el pedo de calimocho, excelsa sensación.

Mis compañeros tenían muchas ganas de joda (de fiesta, en argentino) y enseguida se alborotaron y se pusieron a bailar. Yo me vi rezagado en la mesa, hablando con un grupo reducido de gente que se fue finalmente disipando y me quedé a solas con una residente de Cirugía de La Plata.

Yo estaba, como digo, bastante borracho ya, y le confesé una historia quirúrgica que me habían contado en España (una residente de Psiquiatría) que en estado de sobriedad jamás me habría atrevido a revelar.
Se me bajó todo cuando me dijo que esa historia no era para nada una excepción, que ella también había conocido algunos casos en Argentina.

Yo había llevado esa historia en secreto hasta aquella noche; había vivido y crecido secretamente con ella, ya que consideraba que algo tan absolutamente repugnante nunca debiera trascender, y porque me parecía tan increíblemente inverosímil que provocaría hasta la incredulidad al que se la contara.

Pero el encuentro de aquella noche me derrumbó. Es como cuando haces de suplente un electro a un paciente por un dolor torácico y vas y te das cuenta de que tiene un Síndrome de Wolff Parkinson White y cuando crees que has hecho el diagnóstico de tu vida, miras en la historia y ya lo tenía diagnosticado.

Es verdad que he tenido que beberme tres cuartos de botella de Fernet a palo para contarla esta noche, pero un escritor (o persona que escribe, que parece lo mismo pero no lo es) no se debe al pudor, ni al éxito, ni al fracaso… sino a la realidad. No se sirve de las historias sino que es un servidor de las historias.

Resulta que acudió la paciente (era añosa) con su marido a la consulta de Psiquiatría. Le habían puesto un parte de interconsulta los cirujanos. La paciente tenía un cáncer de recto de ésos que están en el tercio medio, que creo que requieren una intervención quirúrgica en dos tiempos. En la primera le hacen una colostomía (consiste en derivar un trozo de intestino a la tripa del paciente, con lo que las heces salen por ahí y se depositan en una bolsa) temporal y en la segunda hacen desaparecer la colostomía por “empalmar” el extremo de nuevo al intestino, con lo que el paciente vuelve a realizar las deposiciones por el ano como siempre.

El caso es que a la paciente se le había explicado adecuadamente cuál iba a ser el procedimiento a seguir. Se había realizado con éxito la primera parte del tratamiento quirúrgico, con lo que la mujer había permanecido con la colostomía temporal sin inconvenientes. Cuando iba a ser intervenida de la segunda parte la paciente se negó. Esta actitud causó asombro entre los cirujanos, ya que saben que el tema de llevar la colostomía y su imaginería es algo que los pacientes suelen detestar con todas sus fuerzas.

No entendían el porqué del rechazo. Pero bueno, siguieron viendo a la paciente en espera de que reflexionara y de que pudieran completar la intervención. Pero la paciente seguía en sus trece tiempo después, sin que hubiera una razón clara para ello. A uno del equipo se le ocurrió poner un parte de interconsulta a los psiquiatras para indagar en las causas.

Los psiquiatras tuvieron varias entrevistas con la paciente, en las que dieron cuenta de las reticencias a la reintervención. Una psiquiatra joven tuvo la idea de hacer salir al marido en una de las consultas, y la paciente confesó que la reticencia se debía a que su marido le pedía por favor que no se reinterviniera, porque le gustaba mucho hacérselo por el agujero de la colostomía.

Sí, habéis oído bien.

No sé qué pasó al final.

Yo no hago más que reproducir aspectos y detalles en relación a esta historia en mi cabeza. Lo hacía antes de viajar a la Argentina y lo hice mucho más después, cuando descubrí que la figura del “dador de colostomías” era de índole internacional.

Esa historia me lleva comiendo por dentro mucho tiempo. Pero ahora ya la tengo editada correctamente en la interfaz de Blogspot, le doy un buen lingotazo al Fernet sin coca y en medio de la penumbra de la noche y de la quietud de un hostal de carretera en un pueblo perdido de la Comunidad de Madrid, pulso el botón de “Publicar” con tanta fuerza que espero alejarla de mí para siempre.  

martes, 7 de mayo de 2013

EL FONENDO


Un verano me fui detrás de una sustitución “larga” (1 mes) a un pueblo. Me gusta la Medicina Rural y estaba tan desesperado de ir de aquí para allá que estaba dispuesto a lo que fuera con tal de estar más de 5 días en la misma consulta. Lo peor de la Medicina Rural es que hay que irse hasta los pueblos para ejercerla.

Me alquilé un piso en el sitio.

Al principio estaba bastante contento, pues me hacía gracia lo de la vida rural. Me gustaba no tener que levantarme a las 6 para estar en la consulta a las 8.

Según se iban sucediendo los días, el aislamiento iba haciendo mella en mí. Pasaba los días y las tardes en casa, solo, estudiando unos libros que llevé, leyendo, durmiendo la siesta, viendo las noticias y poco más.

Por otro lado, era bueno aprender a vivir sin algunas cosas absurdas y sin algotras cosas que están bien, a las que probablemente demos más importancia de la que tienen o a las que dediquemos más tiempo del que merecen. Internet es el paradigma.

Me sucedía que cuando salía por el pueblo a dar una vuelta solía ir como cohibido, pensando en que me encontraría con algún paciente. Cuando iba a algún sitio y en efecto había algún paciente, no me sentía totalmente libre para hacer o decir. No sé si esa actitud mía era algo normal o si por el contrario no tenía ningún fundamento.

Algunos días recibía algunas visitas cortas que me alegraban bastante, pero volvía enseguida a ese estado de letargia y soledad.

Todos los días me levantaba ansioso para ver si pasaba algo que me tuviera entretenido.

Alquilé un piso en un bloque en el que vivían predominantemente inmigrantes. Solían cenar tarde y cocinar mucho. La vida de los inmigrantes no era una vida fácil de 8 a 15, como la mía. En el patio de la cocina se solía escuchar mucho jaleo. Pero comencé a observar que también en la casa de al lado siempre se escuchaban muchas voces, de una pareja que ponía la música muy alta los días de fin de semana por la mañana y que solían discutir mucho. La sensación se fue acrecentando a medida que pasaron las semanas.

En mi planta había solamente otras tres puertas. Una, de una viuda. Lo sabía porque ponía en esa
plaquita de la puerta: Josefa XX. Viuda de XX. Otra, de un filipino con su hijo, y en otra la de esta pareja con niños.

Me picaba tanto la curiosidad y estaba tan aburrido que cada vez que oía algún ruido en la escalera iba a oler a la mirilla a ver si los veía.

Una vez así lo hice y vi que la chica (era joven, tendría 32) era una paciente que había venido a mi consulta un día y que me había mencionado un cierto conflicto familiar y una situación personal delicada.

Una tarde, tirado en la cama leyendo un libro les comencé a oír de nuevo discutir y gritar. El chico era de fuera, porque hablaba con acento. O rumano o marroquí, no sé.

Yo tenía el maletín abierto en la habitación, y mirándolo, no sé por qué, en un momento de lucidez, me se ocurrió sacar el fonendo y ponerlo en la pared, como en las pilículas.

Me quedé flipao cuando pude apreciar que podía oír la conversación con una nitidez asombrosa. Como si estuvieran en mi casa mismamente.

Pasaba las tardes enteras escuchándoles y llegué al punto de morirme de ganas en el trabajo de que llegaran las 15 para llegar a casa. Algunos días, me compraba unos sandwiches y todo y comía pegado a la pared. Tuve que darme un par de veces vaselina en los pabellones auriculares debido a la agresiva impronta de las olivas.

No puedo decir nada acerca del conflicto ni de la historia, pues en parte la conocí y la reconstruí también por lo que me iba diciendo la paciente en la consulta, que vino varias veces en aquel mes.  Contándola incurriría en revelación de secreto profesional. 

Sólo puedo decir que era una historia cojonuda, apasionante.

Cuando salían por la tarde o cuando se iban por la noche a la cama, sacaba el ordenador y me ponía a escribirla como loco.

El día antes de abandonar el piso me compré un destornillador que usé como palanca para levantar una baldosa del suelo que ya estaba un poco perjudicada. Metí la historia de la paciente que habia impreso debajo de la baldosa, hice un poco de cemento en el fregadero y la soldé hasta que quedó perfecta.

Ahí la dejé, no sé ni para quién ni para qué, pero no se me ocurrió otra cosa que hacer con ella. Para que dentro de 100 años la descubran las nuevas generaciones, como pasa en las pilículas y noticieros.

Al final pasé un mes muy divertido y emocionante.