sábado, 13 de julio de 2013

LAS BANDEJAS DE CARNE

Me llamaba mucho la atención eso de vivir en un pueblo y pasar consulta en el mismo, por lo que decidí probar.

Los jóvenes de mi edad experimentaban hace 40 años con la heroína, hoy nos conformamos con estas cosas.

En las primeras semanas me reconocieron un par de veces por la calle como el médico nuevo algunas personas que yo no había tratado y que no conocía, con lo que comencé a sentir una sensación de vulnerabilidad mal definida.

A mi me gusta bastante explorar la realidad, observar a la gente, incluso espiarla discretamente. Oír conversaciones ajenas, ver sin ser visto. En este sentido, la realidad es para mí una reproducción en sesión continua, algunas veces en sala X. Nunca comprendí a esos que van en el metro con los cascos puestos, despreciando el raudal de vida que se desborda y descarrila a cada estación.

Un día me vino un paciente por un pequeño absceso en el mejilla y le puse tratamiento. Exudaba continuamente liquido seroso, con lo que le prescribí unos fomentos de Sulfato de cobre. Me di cuenta de que me lo encontraba todos los días de camino al Centro en el mismo sitio a la misma hora. Me resultó gracioso ver cómo en vez de echarse el sulfato (que no sabía que al aplicarlo dejaba color azul) sobre el pequeño absceso (2-3 cm) se lo echaba sobre toda la mitad derecha de la cara, pareciendo un hemipitufo. Desconocemos mucho sobre la distancia que impera entre las instrucciones de la consulta y el comportamiento de los pacientes cuando salen de ella. Todos los días cuando pasaba por nuestro punto de encuentro me hacía un comentario sobre la mala evolución del proceso, o sobre la nula mejoría. Estaba tan hasta las pelotas que me hizo cambiar el itinerario de ida; un poco más y me demoraría en ir a la consulta en el mismo pueblo más que cogiendo el metro en Madrid.

Ya en este plan, me convertí en un esquivo en general, con lo que yo siempre he detestado este comportamiento en los demás. Si me sentaba en una terraza, temía que el camarero fuera paciente. O que al lado mío hubiera pacientes. Me sentía observado, en muchas ocasiones sin serlo realmente (creo que así comienza la esquizofrenia). Por aquel entonces comencé a hacer otra cosa que había detestado con fuerza en el pasado, que era utilizar gafas de sol por la calle. Siempre me ha parecido un esnobismo. Es como lo de beber continuamente traguitos de una botellita de agua mineral. Si veía a paisanos del pueblo tomando el fresco a la puerta de casa, cambiaba de acera y miraba para otro lado para no saludar, porque pensaba que si saludaba saldría a relucir enseguida algo que fuera a provocar mi incomodidad. Me había vuelto un ridículo minidivo por algo que me a mí me importaba mucho pero que a los demás no les importaba un pito, que era ver al médico del pueblo por la calle.

Yo entendía la importancia de que el médico viviera o al menos tuviera un continuo y profundo contacto en el sitio donde trabajaba, requisito básico para un mínimo enfoque comunitario.

Un día, en los pocos momentos de receso de la consulta, interrogué a una compañera que vivía también en el pueblo por esta circunstancia. Decía llevarlo bien, como un enfermero con el que había hablado anteriormente, pero en cuanto rascabas un poco enseguida reconocían que salían lo menos posible para evitar los encuentros con los pacientes. Me dijo la compañera que ella nunca decía ¿Qué tal? por la calle como fórmula para saludar, por si se le interpretaba mal y le contaban la patología. También me relató otra cosa que me impresionó mucho. Me dijo que nunca iba a un súper que quedaba al lado de donde yo vivía, porque ahí iba la mayor parte de la gente del pueblo. - Sobre todo – me dijo- nunca compro carne en la carnicería porque en la espera del turno quedo muy expuesta a las conversaciones con los pacientes. Siembre cojo la carne en bandejas-.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay muchas formas de vivir la medicina y muchos motivos para ejercerla.
Tras más treinta años haciendo medicina rural, en diferentes provincias y siempre atendiendo mas de un núcleo, todos pequeños y viviendo en ellos, he llegado a varias conclusiones.
Quieras o no, eres el medico del pueblo. Eso hace que tengas ese rol. Un rol de chaman, curandero, semiconfesor y con un poder de influencia casi sagrado.Eso no es una ventaja ni un inconveniente, es parte de la profesión y supone una carga de responsabilidad añadida. Si no estas dispuesto a asumirlo, cámbiate de medio a otro mas anónimo.
Pretender ser Juan o Pedro o que te vean como persona fuera de la consulta es utópico. Siempre seras el medico y cuanto antes lo asumas, mejor.
Pero la perdida de identidad a cambio de un rol social, es en muchas ocasiones una ventaja. Te permite ejercer una medicina individual, familiar y comunitaria en una posición ventajosa, con la carga de la responsabilidad que conlleva.
El tema da para mucho, Solo quería dejar un apunte.
Eres un afortunado, solo tienes que aprender a valorarlo, gestionarlo y disfrutarlo. No eres mas que nadie,pero eres el médico y eso, mi querido amigo es mucho decir.
No lo desprecies por no saber gestionarlo.

Juan F. Jimenez dijo...

Retratas magistralmente y desde el humor, una realidad.
La verdad es que en ningún sitio como en los núcleos rurales se muestra y demuestra que el médico no deja de serlo en ningún momento.
Supone casi siempre respetabilidad y reconocimiento social, aunque no siempre es grato, fácil, cómodo… ni siquiera supone una mejoría en la calidad de vida, por la perdida de libertad individual que conlleva.
Te puedes encontrar en el súper, la gasolinera o el bar, pasando espontáneamente consulta.

Lo cierto es que aunque estés dentro de una comunidad casi nunca eres miembro personal de la misma aunque si cumples un rol social.
Si corriges o deniegas algo a un paciente ya sabes que te puedes encontrar de regalo la enemistad de toda su familia y parientes, que pueden ser la mitad del pueblo, y hasta también la de “su primo-zumosol” el alcalde.
Y es que, aunque se hable de lo bucólico y entrañable que es la medicina rural, -que sin duda lo es- pero tambien es cierto que es mucho más difícil y el médico está en una situación mucho más vulnerable, de ahí el mérito casi heroico de algunos compañeros.

En los pueblos queda retratado, como en ningún sitio, el alma humana universal y por ello también las pasiones., y es que, como dice el refrán popular: “pueblo chico, infierno grande”.

Manuel Comesaña dijo...

El ser humano tiene un comportamiento esquizoide por naturaleza. Aplicado a un hombre enfermo, una faceta es la que representa en la consulta donde ejecuta un rol y otra es la de la calle donde es un ciudadano. Pero el médico (que ya ha aprendido a estar por encima del bien y el mal) analiza esta dos caras de la moneda y luego sintetiza. Y de ahí viene la aprehensión última de aquel prójimo que la providencia estatal te ha adjudicado.
Pero yendo a lo práctico, permíteme un consejo. Codéate con tus enfermos fuera de la consulta, en la calle, en el súper y en el bar. Pero, en este último, ocupa siempre un extremo de la barra. Tendrás cubierta las espaldas y te atacarán por un solo frente.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Al final nunca pierdes esa sensación de encontrarte en "territorio comanche"

Lilián dijo...

Ay, Rober!. No hagas como los que van con casco por el metro, porque, como bien decís, te estás perdiendo "el raudal de vida que se desborda y descarrila..." Eres un afortunado porque estás desarrollando tu profesión en lo que te gusta: ser médico rural (lo sé) y no todos hoy pueden disfrutar ampliamente del trabajo, porque deben hacerlo en empleos monótonos, execrables o míseros, tan sólo para ganarse unos mangos. Te cuento que en mi rol docente, o como directora de un centro de educación media, una de las más grandes alegrías era encontrarme en el super, o en la calle con alumnos, o padres o ex-alumnos, que se acercaban a comentar lo bien que lo están pasando, o lo habían pasado, incluso padres que aprovechaban la ocasión para reclamar por algún tema que les preocupaba, pero siempre, indiscutiblemente, sentía esa sensación de pensar "estoy haciendo las cosas bien".
Así que, Rober, zambúllete en el fluir de la vida del pueblo y andá tranquilo, nomás, a comprar la carne a la carnicería.Ojo, y sin disfraz de forastero, eh?

Anónimo dijo...

Nunca sabes bien si el camarero que te sirve es paciente tuyo, y lo que es peor, tampoco el cocinero.
Te sugiero para mayor seguridad ofrezcas siempre todo lo que te pidan, incluidas ambulancias o "especialistas".
La otra opción seria que te vayas a comer al pueblo de al lado sin decir quien eres, o directamente te hagas bocatas de jamon de york, o compres una bandeja de carne, y tu mismo.

MARY LUY MARTIN DE ARRATE dijo...

Totalmente cierto y muy bien descrito. Todos nos sentimos así, porque se vulnera nuestro derecho a ejercer como médicos cuando queremos, y no a todas horas. Si nos encontramos con conocidos siempre nos piden opinión sobre sus patologías o dudas. Si nuestro conocido es de una profesión de despacho y le pedimos opinión, nos deriva a su despacho para atendernos. Si es fontanero o electricista, nos atiende y nos cobra. ¿Por qué somos diferentes? Pues porque somos médicos y bien porque es motivo de preocupación o bien porque tenemos un gran caudal de conocimientos la gente no para de apoyarse en nosotros. Y nos lo paga con su eterno agradecimiento.