sábado, 27 de julio de 2013

BESOS CON SABOR A DALSY

Un par de semanas, dentro de mi trabajo de verano como médico rural en un pequeño pueblo, me mandaron a pasar consulta a un consultorio que dependía del Centro de Salud donde yo hacía las sustituciones, en un pueblo mucho más pequeño que el que era la cabecera. Anejos; es como se suele designar a estos pueblos satélites, sin que yo pudiera evitar pensar en la casquería o en los ovarios, cuando escuchaba esa palabra.

Había un solo médico y se iba de vacaciones.

Si el trabajo de médico de familia es solitario y la vida y la medicina en un pueblo es solitaria, la vida y la medicina en un anejo es un páramo en el que nada se mueve.

Una mañana, cuando salí de la consulta a llamar pacientes, vi a una chica de mi edad más o menos en la puerta, que blandía un portafolios en la mano.

  • Hola, buenos días – me dijo-. ¿No está Fran?
  • No – contesté-, está de vacaciones. Estoy yo sustituyéndole. ¿Querías algo?
  • Bueno, es que venía a hacerle una visita médica.
  • Vale, bueno, pues si quieres te veo yo, que no viene hasta dentro de dos semanas.
  • Bueno – me dijo-, no sé si me he explicado, que vengo de un laboratorio.

Le dije que me disculpara, que yo no solía recibir a los visitadores médicos. La chica se quedó sorprendida, como si no hubiera escuchado eso en su vida ni contemplado esa posibilidad.

A mí su figura me llamó la atención y me pilló desprevenido, porque era una chica normal. Es decir, no era una tía buena, ni venía maquillada ni en traje de noche, que en esas regiones rurales daban mucho más el cante porque el contraste con la población era más acusado. Pensé si sería de un laboratorio de genéricos o algo así. O si llevaría el Ibuprofeno, la Amoxicilina o el Cloruro Mórfico.

Justo en ese instante llegaron un par de pacientes, con lo que me despedí vagamente de ella y les hice pasar. Había transcurrido media hora y salí a Administración a una cosa y vi a la chica sentada en la sala de espera del consultorio. Volví a salir media hora más tarde y allí seguía.

Le pregunté a la administrativa y me dijo que estaba esperando a que la pasara a recoger un compañero, que era también sustituta y no tenía coche.

Un día, yendo para el pueblo que era la cabecera del consultorio, donde yo vivía, la vi apostada en la parada del bus y le dije que si quería que la acercara. Dudó un poco pero finalmente accedió.
Me estuvo contando durante el trayecto lo mal que estaba su oficio y emitiendo todas esas quejas tan típicas de nuestros días.

Pasó otro día por el Centro de Salud a dejarle no sé qué a la enfermera y yo justamente salía a comer algo. Le dije que si quería venir, porque yo me aburría mucho allí en general, que hacían unas tostadas con tomate muy ricas en el bar de al lado, a condición de que ella no me invitara a mí sino que yo la invitaba a ella o que cada uno pagaba lo suyo. Me preguntó el por qué de esa insistencia y le dije que porque yo era firmante del manifiesto No Gracias. Ese manifiesto, hasta donde yo conocía, no prohíbe que seas tú el que invite a la Industria Farmacéutica, siempre que ellos no te devuelvan la invitación.

-¿No Gracias? - me preguntó-.

Aproveché la ocasión para hacer un poco de proselitismo. Era un alma muy cándida, que acababa de comenzar a trabajar para La Bicha y no oponía mucha resistencia, porque no tenía todavía una nómina fija que dependiera de ello. Flipó cuando le conté todo lo de los bifosfonatos y lo de la inutilidad de las estatinas en prevención primaria, lo de los IBPs y todas esas historias tan rearchiconocidas ya.

La invité a unas jornadas científicas que se celebraron en mi casa un fin de semana, en régimen de alojamiento y desayuno, con alguna comida de (tr)abajo incluida y una cena de gala en la terraza.
Hubo stands publicitarios en la estancia principal, vales para copas y varios simposiums. Resultó una completa taruga.

Al final de la primera noche induje una prescripción en forma de beso. Se había comido una piruleta de fresa hacía un rato y cuando degusté su boca, recordé aquella escena de Jamón, jamón donde Penélope Cruz le pregunta a Jordi Mollá si lo que le gusta de sus senos es que le saben a tortilla de patata con cebolla, y le dije: 

- Nunca antes me habían dado un beso con sabor a Dalsy.

8 comentarios:

Isabel dijo...

Me encanta!! :D

Manuel Comesaña dijo...

Rober, cuando yo era más joven que tu ahora, la visita médica era "cosa de hombres". Yo recibía a los visitadores en mi propia sala de estar e incluso oíamos música (si no se había ido la luz) en mi flamante equipo Vieta, el que me compré con uno de los primeros dineros ganados y que hoy seria pieza de museo. No tenía noción de estar haciendo algo poco ético y aceptaba sus regalitos con la inocencia del salvaje. Cuando empezó el destape, la publicidad gráfica también tomo un tinte insinuante. Recuerdo especialmente el papelón que publicitaba el Hemorrane. Aparecía una señora agraciada en traje de baño y una leyenda, tan pícara como cándida, que decía: "solo usted, Doctor, y Hemorrane deben conocer el secreto problema de esta bella mujer".
No recuerdo cuando recibí a la primera visitadora. Hoy posiblemente sean más que hombres. Menos salvaje que entonces, mantengo con ellas la distancia marcada por la estricta cortesía, lo que excluye siempre el beso. Intuyo en algunas esta intención, pero atajo alargándoles la mano. Sé que ésto puede ser orgullo machista como lo es el hecho de que, aburrido por su perorata sobre algún triste inhalador, finja mirar el iPad mientras por el rabillo del ojo le miro las piernas.
Repito que, cuando yo era más joven que tú y aun guapito, la visita médica era cosa de hombres. Pero no sé lo que hubiera pasado si hubiese llegado a aquel pueblo una chica, la hubiera recibido en mi sala de estar, hubiese puesto música en el Vieta, y hubiese empezado a llover y, como ocurría siempre, se hubiese ido la luz...

Ana G. dijo...

soy seguidora de tu blog y en general me encanta¡ te considero un poeta.
Hoy me ha sobrado "resultó una completa taruga".Te imaginaba menos "caballero" recogiendo damas en paradas de autobus y explicando batallitas "archiconocidas" para impresionarlas ¡¡¡¡¡¡¡¡¡

Roberto Sánchez dijo...

Hola Ana. No sé si entendemos lo mismo por "taruga". Esa es la palabra que utiliza la Industria Farmacéutica para calificar a los médicos que se adhieren a su causa, chupan del bote y prescriben lo que ellos pretenden. Besos.

fx dijo...

Rober eres todo un artista de la prosa, el verso, y de la medicina rural! Que buen relato!! Para cuando otro podcast ? ;)

trotula dijo...

¡El que sabe a fresa es el Apiretal! ;P

Mar dijo...

A última hora de consulta entró una mujer "vengo a entregar una muestra de laboratorio". Le pregunté extrañada si no la habían avisado de que las muestras (orina, heces, uña...) se entregaban de 8-9h. Luego caí.

Anónimo dijo...

Me tope con tu blog por coincidencia buscando un tema..no muy normales..pero que tiene que ver con tu nombre del Blog el cual me llamo la atencion..heche un vistaso por hasar elegi leer uno y mira que me encanto...si todos ecribieramos nuestras vidas.. que finidades de libros existirian..