martes, 7 de mayo de 2013

EL FONENDO


Un verano me fui detrás de una sustitución “larga” (1 mes) a un pueblo. Me gusta la Medicina Rural y estaba tan desesperado de ir de aquí para allá que estaba dispuesto a lo que fuera con tal de estar más de 5 días en la misma consulta. Lo peor de la Medicina Rural es que hay que irse hasta los pueblos para ejercerla.

Me alquilé un piso en el sitio.

Al principio estaba bastante contento, pues me hacía gracia lo de la vida rural. Me gustaba no tener que levantarme a las 6 para estar en la consulta a las 8.

Según se iban sucediendo los días, el aislamiento iba haciendo mella en mí. Pasaba los días y las tardes en casa, solo, estudiando unos libros que llevé, leyendo, durmiendo la siesta, viendo las noticias y poco más.

Por otro lado, era bueno aprender a vivir sin algunas cosas absurdas y sin algotras cosas que están bien, a las que probablemente demos más importancia de la que tienen o a las que dediquemos más tiempo del que merecen. Internet es el paradigma.

Me sucedía que cuando salía por el pueblo a dar una vuelta solía ir como cohibido, pensando en que me encontraría con algún paciente. Cuando iba a algún sitio y en efecto había algún paciente, no me sentía totalmente libre para hacer o decir. No sé si esa actitud mía era algo normal o si por el contrario no tenía ningún fundamento.

Algunos días recibía algunas visitas cortas que me alegraban bastante, pero volvía enseguida a ese estado de letargia y soledad.

Todos los días me levantaba ansioso para ver si pasaba algo que me tuviera entretenido.

Alquilé un piso en un bloque en el que vivían predominantemente inmigrantes. Solían cenar tarde y cocinar mucho. La vida de los inmigrantes no era una vida fácil de 8 a 15, como la mía. En el patio de la cocina se solía escuchar mucho jaleo. Pero comencé a observar que también en la casa de al lado siempre se escuchaban muchas voces, de una pareja que ponía la música muy alta los días de fin de semana por la mañana y que solían discutir mucho. La sensación se fue acrecentando a medida que pasaron las semanas.

En mi planta había solamente otras tres puertas. Una, de una viuda. Lo sabía porque ponía en esa
plaquita de la puerta: Josefa XX. Viuda de XX. Otra, de un filipino con su hijo, y en otra la de esta pareja con niños.

Me picaba tanto la curiosidad y estaba tan aburrido que cada vez que oía algún ruido en la escalera iba a oler a la mirilla a ver si los veía.

Una vez así lo hice y vi que la chica (era joven, tendría 32) era una paciente que había venido a mi consulta un día y que me había mencionado un cierto conflicto familiar y una situación personal delicada.

Una tarde, tirado en la cama leyendo un libro les comencé a oír de nuevo discutir y gritar. El chico era de fuera, porque hablaba con acento. O rumano o marroquí, no sé.

Yo tenía el maletín abierto en la habitación, y mirándolo, no sé por qué, en un momento de lucidez, me se ocurrió sacar el fonendo y ponerlo en la pared, como en las pilículas.

Me quedé flipao cuando pude apreciar que podía oír la conversación con una nitidez asombrosa. Como si estuvieran en mi casa mismamente.

Pasaba las tardes enteras escuchándoles y llegué al punto de morirme de ganas en el trabajo de que llegaran las 15 para llegar a casa. Algunos días, me compraba unos sandwiches y todo y comía pegado a la pared. Tuve que darme un par de veces vaselina en los pabellones auriculares debido a la agresiva impronta de las olivas.

No puedo decir nada acerca del conflicto ni de la historia, pues en parte la conocí y la reconstruí también por lo que me iba diciendo la paciente en la consulta, que vino varias veces en aquel mes.  Contándola incurriría en revelación de secreto profesional. 

Sólo puedo decir que era una historia cojonuda, apasionante.

Cuando salían por la tarde o cuando se iban por la noche a la cama, sacaba el ordenador y me ponía a escribirla como loco.

El día antes de abandonar el piso me compré un destornillador que usé como palanca para levantar una baldosa del suelo que ya estaba un poco perjudicada. Metí la historia de la paciente que habia impreso debajo de la baldosa, hice un poco de cemento en el fregadero y la soldé hasta que quedó perfecta.

Ahí la dejé, no sé ni para quién ni para qué, pero no se me ocurrió otra cosa que hacer con ella. Para que dentro de 100 años la descubran las nuevas generaciones, como pasa en las pilículas y noticieros.

Al final pasé un mes muy divertido y emocionante.

6 comentarios:

Lilián dijo...

Es así Rober, escribir es compensar... en este caso la soledad y el tedio. Me gusta el texto.

CarmenFando dijo...

me encanta tu lado poeta, tu vivir para escribir y escribir para vivir( lo ) con la imaginación! Un abrazoooo

MILENA dijo...

Por Dios! Eso no se hace... ya me veo buscando el pueblo y la casa en cuestión... que no se puede vivir con esta curiosidad!!! Por favor, sácame de dudas... ¿esto es una historia real o un invento?

Anónimo dijo...

Seguro qu es una historia inventada, pero es una historia preciosa.
gracias

Ariel dijo...

Me recuerda una película de Woody Allen, La otra mujer

A.L.M. dijo...

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