lunes, 27 de agosto de 2012

LA ENCERRONA

Viví en Inglaterra durante una temporada.

Trabajé en granjas, recogí arándanos, atendí huertos e hice de au pair.

Pasé hambre.

Vivía y comía con los patrones y sus familias.

Me ofrecía todos los días para recoger los platos de la cena y fregar. Me llevaba todas las cazuelas cerca del fregadero y cuando sabía a todos en el salón viendo la tele, daba el agua para que el rumor de la misma me disimulara. Me ponía erguido, mirando al frente, la columna recta, dando la espalda a la puerta, y mientras fregaba cogía los restos de las cazuelas (siempre dejaban algo) y me los iba comiendo silenciosamente. Si alguien entraba y no tenía la intención manifiesta de dirigirse a mí, era difícil que me vieran.

Se cenaba muy pronto, y los días que me quedaba sin ese suplemento era hombre muerto. A las 22 ya estaba que me subía por las paredes. A veces me dormía a propósito para no sentir el hambre.

Comprendí rápidamente que el hambre era un estupendo ejercicio para el espíritu, y que fortalecía el carácter.

En ocasiones tenía algo de comida en la habitación, pero me sentía peor comiendo a escondidas que rebañando cazuelas.

La patrona valoraba muy positivamente que yo realizara esas tareas fuera de horario. La verdad es que se portaba muy bien conmigo y por eso yo me ofrecía sin dudarlo.

Otra de las tareas de última hora en este sentido era ir a encerrar a las gallinas.

Me ofrecí la primera vez e iba todos los días al final del día, cuando oscurecía.

Me ponía unos guantes e iba una por una. Me colocaba cerca de ellas y en un golpe maestro, rápido y certero, las agarraba del tronco. Temía la reacción de la gallina, pues en el momento del contacto siempre emitía un graznido, se revolvía y a veces se me escapaba parcialmente, con lo que acababa sujeta de la pata o del gaznate o de donde pudiera sostenerla.

Me atemorizaba la reacción de la gallina a tal repentina captura. A veces la repetía en mi mente por la noche, antes de dormir. Y entre esa imagen desasosegante y el hambre, me corrían chorros de sudor por la frente.

Había dos gallinas especialmente putas (“eran más putas que las gallinas”). Una era una blanca, que corría mucho más rápido que el humano medio (“cobarde, gallina, capitán de las sardinas”) y otra una que sabía bien dónde debía meterse, al lado de una alambrada con zarzas que resultaban una barrera impenetrable para el palo con el que la iba a buscar.

Todos los días me desesperaba con esas dos. Me metía en la cama y pensaba en el esfuerzo que me había costado recolectar a todas las gallinas para meterlas una por una en el gallinero. Se me ponía la carne de gallina sólo de pensarlo.

Un día, no sé por qué, salí más tarde a recogerlas, ya era casi de noche. Pensé, recuerdo, que me las iba a ver moradas para ir a por las dos rebeldes con tan poca luz.

Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar al gallinero las vi a todas dentro, ocupando su espacio habitual.

Al día siguiente, salí más tarde a encerrarlas y pasó igual, ya no tuve que correr.

Me parecen las gallinas desde aquel día, por ésta y por otras muchas razones unas aves de corral del todo fascinantes.

En estos días pensaba que con esto del Real Decreto que deja fuera a los inmigrantes, nos quieren hacer igual. Nos hemos puesto en pie de guerra contra la medida. Y a los que mandan les cuesta cogernos para apaciguarnos. Pero saben que sólo tendrán que dejar pasar un tiempo, para que caiga la noche, y nos recojamos a nuestros aposentos, porque hace frío y está oscuro.

Saben que tragamos con la recolocación de las plazas de la OPE de médico de familia en Madrid, con el aumento a 37.5 horas mensuales. Tragamos con la pérdida de la universalidad, con la venta de la Sanidad a empresas privadas, tragamos con el escándalo de la gestión de la sanidad catalana destapado por Café amb Llet, con el rescate a Alzira, con el copago farmacéutico, con la bajada de sueldos, con la pérdida de una paga extra.

Saben que sólo tienen que esperar un rato a que la noche caiga, y ya en la penumbra, cuando estemos apaciblemente dormitando, solamente cerrar la puerta.

Ojalá que no sea así. De nosotros depende.

lunes, 20 de agosto de 2012

APADRINE SANITARIAMENTE A UN INMIGRANTE SIN PAPELES

El hecho de dejar fuera del sistema sanitario a los inmigrantes ilegales y a algunos otros subgrupos de la población es un hecho muy grave que revela notables deficiencias de las personas que nos gobiernan.

Por un lado, revela una profunda miopía ética y humana, pone de manifiesto que desconocen o que se pasan por el forro (a ellos que tanto se les llena la boca cuando hablan de cumplir y hacer cumplir la ley) la Declaración Universal de los Derechos Humanos y por ende, la Constitución Española (a ellos que tanto se les llena la boca con la Constitución), en el articulado que hace referencia a la protección de la salud, ya que ésta menciona que acata la normativa superior sancionada en París.

Por otro lado, revela una profunda hipocresía, al ser el partido en el Gobierno el sacrosanto defensor de la vida.

Por otro, revela un profundo desconocimiento de qué es un Sistema Nacional de Salud y cuáles son sus fines y sus medios, al querer sacar del mismo a los que ingresan más de 100.000 euros al año. Se ha pasado, como si nada, de un sistema de cobertura universal a un sistema de aseguramiento, un gran paso atrás en medio año que tardaremos en recuperar mucho tiempo.

Un profundo desconocimiento acerca de qué es la Atención Primaria, cuál es su papel y cuál es su coste, al garantizar la asistencia en Urgencias, mucho más cara y mucho menos adecuada para el caso.

Un profundo desconocimiento de qué es la Salud Pública al permitir que ciudadanos que viven en territorio nacional contraigan o no traten enfermedades transmisibles.

Un profundo racismo, clasismo e ignorancia, al desconocer que los inmigrantes consumen menos recursos sanitarios que los españoles.

Pudiera ser que los que gobiernan sean de veras depositarios de una ineptitud manifiesta por pensar que el dinero que gasta el Sistema Sanitario en este colectivo tiene alguna significancia, respecto a otras reformas que pudieran acometerse.

O pudiera ser, en el caso de conocer estos datos, que lo que tuvieran es una desvergüenza impresionante, pues sería solamente una excusa este momento de crisis para darles una patada en el culo a los inmigrantes y hacer lo que siempre habían querido hacer y nunca se habían atrevido: echarles de España, y en el caso de que no se quieran ir, no sólo dejarlos morir, sino hacer que mueran.

Es una cámara de gas pasiva. Una cámara de gas al estilo contemporáneo.

Y en el medio, los médicos.

La verdad es que institucionalmente la respuesta está siendo más o menos decente, para lo que estamos acostumbrados.

Pero la respuesta no sólo puede ser institucional, sino también individual.

A partir del 1 de Septiembre nos jugamos mucho. Es un momento histórico, de los que se recordarán durante mucho tiempo.

El plan que os presento se llama: Apadrine sanitariamente a un inmigrante sin papeles.

1. Te declaras objetor como médico.

2. Haces una relación de los pacientes de tu cupo que se van a quedar sin atención sanitaria. Clasificas por género y edad.

3. Solicitas a los pacientes de tu cupo por género y edad el apadrinamiento sanitario. Esto consiste en que un paciente comparta su número de Seguridad Social (la SS en este momento) con el inmigrante.

El médico de familia podrá ver al inmigrante ilegal en su consulta sin problemas, sea con cita previa (lo que conlleva colaboración de personal administrativo) o sin ella.

Le abrirá una historia en papel.

Haremos una medicina de verdad, sin florituras, como en el caso de la auténtica Medicina rural. Las densitometrías inútiles las dejaremos para otro momento.

Para pedir una analítica en la que haya que medir parámetros no urgentes (hemoglobina glicosilada, serologías, etc...) se la pedimos con el número del padrino. Cuando estén los resultados los imprimimos y los metemos en la historia de papel. Dejas claro en la historia clínica que esa analítica no pertenece al (ya) asegurado, sino al no universal.

El día que vaya a pincharse el excluido, deberá llevar la tarjeta del incluido. Si le dice algo el pinchador, el excluido le dirá que haga el favor de (com)pincharse.

Si hay que recetar al inmigrante se hará con el número del padrino. Pones medicaciones crónicas como agudas y se nota menos. En observaciones deberás consignar que el fármaco pertenece al programa de apadrinamiento.

Como hay que pagar ahora, el Mojamed tendrá que ir a la farmacia con el Paco. Tendrá que darle el dinero y quedarse a la puerta, como cuando de chavales le dábamos dinero al primero que pasara para que nos comprara la revista porno, porque no teníamos la edad legal, mientras que esperábamos en la trasera del kiosco.

Si el padrino tiene código T1 o T2, con topes máximos mensuales bajos, pues mejor.

Si hay que pedir una placa es un poco más jodido, pues tiene que personarse el paciente. Normalmente no piden la tarjeta. Veremos ahora. Si la necesidad de la placa es apremiante le mandas a urgencias, que no creo que se nieguen a hacerla si la manda un médico.

Con estas estratagemas podremos asegurar una atención básica.

Queda pendiente ver cómo se podría organizar el acceso a pruebas hospitalarias (endoscopia, ecografía...), que depende de la objeción de los médicos que las hagan y de qué va a pasar en los hospitales.

Y sobre todo habrá que ver qué pasa con los ingresos hospitalarios.

¿Qué pasará con un sangrante por varices esofágicas? ¿Qué pasará con la atención a los hijos de los sin papeles? ¿Les dejaremos sin vacunas? ¿Una neumonía con criterios de ingreso en un VIH? ¿Una angina inestable? ¿Una sepsis urinaria? ¿Y un paciente terminal con ascitis? ¿Un paciente con un linfoma? ¿Una mujer con menorragia e importante anemia ferropénica? ¿Qué pasará con un Carcinoma in situ de cuello de útero en una prostituta? ¿No se la conizará? ¿Y con una rectorragia? ¿Le dirás: vete para casa que no te la podemos estudiar? ¿Se les dejará morir como perros en la calle?

Y al final la frase de Juan Gérvas:

“El cumplimiento de esa negación de atención es figura legal penada, especialmente en funcionarios, tipificada como “denegación de auxilio”, y puede llegar a la “omisión del deber de socorro”. Por ello los responsables de PP no dan instrucciones por escrito, pues temen a los jueces”.

lunes, 13 de agosto de 2012

NAVIDAD FELIZ


 “Él sabe de sobra que yo también he leído esos libros, sabe que es posible que hayamos leído el mismo libro con más de tres décadas de diferencia, como se escriben dos vidas paralelas en dos épocas diferentes: cuando una se estanca, la segunda puede alcanzar a la primera y volver a arrancar juntas el resto del viaje”. Miqui Otero. Hilo Musical.


Debido a algunas circunstancias que tienen que ver con la escritura de este blog, le conocí. Hicimos buenas migas desde el principio, aunque nos separaban dos o tres generaciones. O precisamente por eso. De la relación entre las personas de una generación y la siguiente, se derivan muchos conflictos. Los llaman conflictos generacionales. Pero cuando hay, al menos ya, una generación de por medio todo se suaviza. Esa es la razón por la que se pueden llegar a llevar tan mal los hijos y los padres, pero no los abuelos y los nietos.

Era, de todas las maneras, bien cabezota y gruñón. A la gente que ha dado su vida entera por cambiar el mundo se le puede permitir. La gente que se deja los cuernos por cambiar las cosas, que lleva toda su vida comprometida con causas nobles, está a menudo de mala  hostia y como te pillen por el medio te llevan a ti. Yo eso soy capaz de tolerarlo, porque puedo llegar a comprenderlo. 

Estos personajes están muy bien para irlos a escuchar a una conferencia, pero no para convivir con ellos.

El tener ideas claras y firmes, además de experiencia, llevan a la gente mayor a enrocarse en posturas cansinas por lo inmovilistas y reiterativas.

A veces quedábamos, porque en aquel tiempo yo vivía cerca de él. Varias cosas nos unían. La profesión, ciertas coincidencias acerca de nuestros orígenes, algunas partes de nuestra trayectoria vital, algunos rasgos del carácter y nuestra mirada del mundo. 

Íbamos a pasear al parque, a veces a tomar unos pinchos. Esporádicamente.

Él tenía muy pocas relaciones personales. Aunque no me lo decía yo lo sabía. A veces no sabía si sentirme privilegiado o estafado por este hecho, junto con el que él reclamara mi compañía. 

Teníamos largas charlas de Medicina y aunque él sabía mucho, estaba ya muy desfasado. Es que era de la época de los cataplasmas, no me jodas. 



Tenía una casa en la playa e iba para allá en vacaciones. A veces, innecesariamente porque a mí me daba igual, intentaba aparentar que estaba allí acompañado, aunque yo sabía que estaba igual de solo que aquí. 

Una de las veces, en Navidad, me dijo si podía ir a su casa a regar las plantas y a echarle de comer a los periquitos. Lo de tener pájaros en casa ya no se lleva nada. 

Yo, me acuerdo, me quedé solo en Madrid en aquellos días porque me tocó trabajar, y todo el mundo se había ido a sus casas con sus familias. 

Llegaba del Centro de Salud, comía un menú del día en un bar del barrio y me subía a su casa. Echaba el alpiste y las aguas a todos los seres vivos del hogar y me ponía a mirar la inmensa biblioteca, tomo a tomo, lomo a lomo. Abría esos libros de Medicina del año catapún, que olían a lavativa y a zotal. Y me divertía mucho leyendo cómo se describía hace 60 años la insuficiencia cardíaca, la intoxicación por Plomo o la sínfilis. Me sentaba en un sillón de orejones que tenía, y a veces me quedaba dormido con los libros en la mano, y salía ya de noche. Algunos días me cogía una novela de su biblioteca y me la llevaba a casa para devorármela. Leí alguna realmente buena y pasé unos días realmente felices en su casa.



En Agosto se volvió a ir y me volvió a confiar el mantenimiento de las necesidades basales de la casa.

A mí Agosto me gusta trabajarlo especialmente, porque me la pela la playa y porque me gustan mucho los perdedores. En Agosto se quedan todos en la ciudad y salen como nunca a la calle, por lo que puedo disfrutar de su presencia, estética y a veces incluso de su compañía y conversación.

Así que pude volver a pasar las tardes en su casa, leyendo libros y observando algunos detalles de su morada.

Una casa no es otra cosa que una representación capitalista de las vísceras y de la anatomía humana.  La cocina la cabeza, el salón el corazón, las habitaciones las extremidades, el baño el aparato excretor. El trastero del garaje es el subconsciente. 

Me encanta conocer a las personas a través de intermediarios de este tipo. Si las conoces directamente a veces te decepcionas. Sin embargo a través de una casa, por ejemplo, puedes imaginar, aunque no sea verdad. 

A mí desde siempre me ha pasado ir a casa de los demás y desear vivir en ella, antes que en la propia. Me pasa en casi todas las que visito. Curiosamente, en las únicas que no me pasa es en las de los pacientes a los que atiendo en su domicilio. Esto tiene que ser por algo que estoy intentando explorar y encontrar, de momento sin éxito. 

El caso es que mi amigo y yo nos fuimos separando, poco a poco, silenciosamente, sin sobresaltos ni dramas. 

Un poco como Javier Cercas y Roberto Bolaño.

La fascinación sobreviene, pero enseguida se agota. 

Hay gente en este sentido muy dura. Gente que se va y no vuelve. Amigos que un día cortan por lo sano y se acabó. Novias que dejan de serlo y que nunca más vuelves a verlas ni a saber nada de ellas.

Le pregunté al portero y me dijo que mi amigo no había vuelto a aparecer por allí, que el piso estaba cerrado y que ningún vecino sabía nada. 

No sé si las plantas se habrán secado. 

No sé si habrá muerto.  



lunes, 6 de agosto de 2012

UNA MANERA DE REBELIÓN FARMACRÍTICA


Es el momento de las ideas. 

De las buenas ideas. 

Igual de necesario es salir a manifestarse que sentarse en casa, con todo en silencio, a pensar. 

Menos meditar y más pensar.


Necesitamos ideas para sublevarnos y romper la correa del amo, de manera pacífica y acorde a nuestros principios. 

El pacifismo no consiste en no hacer nada y en ser las hermanitas de la caridad. El pacifismo consiste solamente en no darle una hostia a alguien o en no romper un escaparate con una silla de oficina. Pero nada más. Se trata de no infligir daño físico. Los partes de lesiones definen muy bien lo que es violencia física o no. Todo lo que entra dentro lo es y todo lo que no, no.

La sublevación nace de cuando se ha dialogado y se ha pedido algo que parece justo, por las buenas y por favor. Toda sublevación conlleva infligir un daño para que sea efectiva, aunque no sea físico. Daño a la conciencia, daño a la imagen pública, daño a la normalidad, daño a la impunidad. Tampoco valen los insultos. Se debe obrar con argumentos y con actuaciones afines. 

En este sentido necesitamos acciones subversivas que reunan una serie de requisitos: 

- Que no jodan a los demás, es decir, que no ocasiones daños colaterales entre los iguales que soportan las mismas injusticias. Por ejemplo, para reivindicar los derechos de los trabajadores no vale parar el metro y joder a los demás trabajadores. O no vale bloquear los peajes y joder a los que llevan todo el año trabajando, más jodidos que los que protestan, en el momento de sus vacaciones. 
Es decir, la protesta debe ir directamente hacia los que provocan la injusticia. 

- A ser posible, que no te destruya la vida, ni provoque que te echen del trabajo o te acaben originando a ti un perjuicio irreparable. Parece una postura cobarde, pero es pragmática. Se puede ser subversivo, pero no gilipollas. 

- Las macroprotestas que solamente intentan cambiar el voto o forzar una dimisión son poco rentables, pues llevamos consiguiendo alternancias de voto desde hace muchos años y los problemas son los mismos (burocratización de las consultas de Atención Primaria en nuestra profesión, por ejemplo; ley electoral, corrupción, fraude fiscal), desde hace cada vez más años y siguen sin resolverse. Los resultados que se consiguen con esta manera de sublevación son espejismos, concesiones de cara a la galería, que no implican en el fondo cambio alguno (dimisión de Dívar y retiro con suculenta pensión, por ejemplo).

- Debemos reparar sobre la ineficacia de las actuales maneras de protestar, que no hacen daño y que se las pasan por el forro. Es muy difícil hacer una propuesta de hacia dónde deberíamos ir, pero quizá sería más productivo pensar en otras formas de sublevación que incidir en las actuales, por sus escasos rendimientos. 

- Si nos pusiéramos toda esa gente que vamos a corear consignas y que compartimos injusticias en Facebook, a pensar y a aportar ideas subversivas ganaríamos mucho más. Eso lo hizo y hace el 15M, con éxito desigual.

- Una vez que está la idea, se puede convocar a la gente para hacer la acción. Primero debe venir la idea, y luego la acción. Y no al revés.



Foto: Raúl Vacas Polo.


En este sentido, en mi micromundo, intento en la medida de lo posible plantearme acciones subversivas para rebelarme contra lo que creo injusto.  

Estoy entrenándome en esta tarea que describo, con pequeñas acciones, aparentemente insignificantes. No sé si servirán para mucho. Habrá que evaluar el impacto, pero yo, la verdad, me divierto algo y se me hace menos tostón el día a día.

Vengo observando, en una de las regiones en las que estoy trabajando ahora, que algunos médicos (no todos, ni mucho menos) a los que sustituyo, tienen en algunas parcelas unos modos de prescripción un tanto diferentes a los míos y manejan una información, creo también, ciertamente diferente. 

No sé qué óptica de las dos se aproximará más a lo que viene siendo la verdad. Pero lo que sí que veo es una marcada influencia del marketing en la prescripción. La bicha acecha. Se aposta a las puertas de los Centros de Salud con vales de desayunos gratis y un par de preguntas acerca de la operación de cadera del padre preparadas. 

Con esto no digo que yo sea perfecto, ni incluso que yo sea un buen médico de familia, ni que yo no cometa mil y un errores. Simplemente que yo no recibo, al menos directamente ni bajo pagos y regalos varios, ninguna influencia comercial.

Pongamos un pequeño ejemplo: los inhibidores de la cox 2. 

Como pa una boda y fuera de ficha técnica. No estoy hablando de un casito particular, ni de un día malo, o de ser un tiquis mikis mirando lo que hacen mal los demás. Estoy hablando de un completo escándalo. 

Entiendo que estos hábitos de prescripción no se deben en muchos casos, a la avaricia o al convencimiento, sino que simplemente se permite que la información de los visitadores ocupe un lugar que se ha dejado yermo por desidia, dejadez o por odio a la empresa por las putadas que hace. 

Después de estar realizando esfuerzos importantes por proveerte de una (in)formación veraz, lejos de los intereseses de empresas con ánimo de lucro, ves las prescripciones y no puedes dejar de sentirte mal por ver que la Industria Farmacéutica a través de los visitadores ha conseguido su objetivo. 

Este hecho me genera doble malestar. Por un lado, el triunfo de los manipuladores de la realidad (estoy pensando en todas esas presentaciones en los Centros de Salud para convencer de que el Esomeprazol era superior al Omeprazol). Por otro lado, las consecuencias deletéreas para los pacientes y para las arcas del Sistema Nacional de Salud. 

De este malestar nace la necesidad de la subversión. 

La subversión debe ser fríamente calculada. No me apetece, además de tener que aguantar la injusticia prescriptora, pagar con mi (im)puesto de trabajo. Lo de «poner la otra mejilla» y lo de que los perdedores, además de perdedores sean doblemente perdedores es algo por lo que no estoy dispuesto a pasar. 

La subversión debe ser, por tanto, anónima en este caso. El hecho de ser joven y acabar de empezar a pasar consulta como Médico de Familia son más motivos para ello. 

Por tanto: 

1. Anonimato. 

2. Huir de la confrontación directa. Es muy complicado sugerir a un compañero (que acabas de conocer en la mayoría de los casos) que está manchado por la influencia de la Industria Farmacéutica. Además, un cambio de postura no se consigue en un par de frases. Esto es como la religión. No se puede convencer a un creyente que dios o alá no existe en una conversación en la biblioteca. 

3. Necesidad de finura en la acción. 

La acción es simple. Se trata de dejar en una consulta en la que, siguiendo con el ejemplo, se prescribe salvajemente este tipo de antiinflamatorios, un dossier con contrainformación.

Por ejemplo, éste. En el que se puede subrayar frases como éstas.

"Para reducir el riesgo de complicaciones gastrointestinales, en la actualidad, la administración conjunta de un AINE-t+IBP se considera una alternativa al menos tan eficaz como la administración de un COXIB solo, y con un coste inferior".

El abandono del mismo no debe aparentar la más mínima intencionalidad. Como que te lo estabas mirando y te lo dejaste. Puedes dejarlo encima de la mesa abierto por una página intermedia o posado en algún sitio de la consulta que refuerze la teoría del olvido: alféizar de la ventana, al lado de la impresora apartado del escenario principal, etc. 

Si se hace así es díficil que piense el titular que está dejado aposta, y no se lo tomará como una maniobra para ponerle en evidencia por su práctica. Tampoco es seguro que vaya a pensar que fue su sustituto el que lo dejó, aunque en consultas en las que no hay consulta de mañana y de tarde es más difícil que esto suceda. 

Es fácil que el médico en cuestión se acabe leyendo la información que sibilinamente le has aportado. 
Y probablemente la tenga en cuenta. Esto no lo sé y no lo puedo demostrar, pero lo presiento. 

Se trata de okupar el espacio que usurpa la Industria Farmacéutica. Es, por supuesto, la Administración la que debería hacerlo, pero no lo hace o lo hace y no la hacen caso. 

Otra modalidad del «olvido farmacrítico» es coger y arrogarse la autoridad cuando no hay nadie en la sala y colgar el dossier, por ejemplo, en la sala de Urgencias. 

Un dossier tal que explique que no hay ninguna diferencia entre el Ibuprofeno y el Enantyum y el Diclofenaco y el último Aine, salvo en el precio y los efectos adversos gastrointestinales, sorprendentemente mayores en los Aines que no son Ibuprofeno. 


Tú apareces por ahí a hacer una guardia, ves el dossier colgado y dices: - Ostia, esto es porque se recetan coxib o Cancamusaprofenos a tutiplén y es verdad que no hay que hacerlo. 
Hay una gran autoridad en ese papel colgado, tipo Bando Municipal. Nadie se va a mosquear porque lo que pone es una información veraz. Tú, anónimamente, eres capaz de inducir esa fuerza. 

Un acción gratuita, simple, que reune los requisitos antes citados y que probablemente genere rendimientos, diluidos en el macro, pero importantes en el micro. 

Otro día espero hablar de aquellas situaciones individuales, que existen, en las que recetas un Coxib o un Aine distinto a Ibuprofeno para que el paciente se calle la boca o porque ya no sabes qué hacer con él. Y desarrollar a partir de algunos de estos ejemplos un concepto precioso que me enunció una enfermera en un pueblo y que, quizá sin saberlo, estaba alumbrando y acuñando un nueva importante franja de trabajo en la Atención Primaria: la «Medicina de Complacencia».