lunes, 13 de agosto de 2012

NAVIDAD FELIZ


 “Él sabe de sobra que yo también he leído esos libros, sabe que es posible que hayamos leído el mismo libro con más de tres décadas de diferencia, como se escriben dos vidas paralelas en dos épocas diferentes: cuando una se estanca, la segunda puede alcanzar a la primera y volver a arrancar juntas el resto del viaje”. Miqui Otero. Hilo Musical.


Debido a algunas circunstancias que tienen que ver con la escritura de este blog, le conocí. Hicimos buenas migas desde el principio, aunque nos separaban dos o tres generaciones. O precisamente por eso. De la relación entre las personas de una generación y la siguiente, se derivan muchos conflictos. Los llaman conflictos generacionales. Pero cuando hay, al menos ya, una generación de por medio todo se suaviza. Esa es la razón por la que se pueden llegar a llevar tan mal los hijos y los padres, pero no los abuelos y los nietos.

Era, de todas las maneras, bien cabezota y gruñón. A la gente que ha dado su vida entera por cambiar el mundo se le puede permitir. La gente que se deja los cuernos por cambiar las cosas, que lleva toda su vida comprometida con causas nobles, está a menudo de mala  hostia y como te pillen por el medio te llevan a ti. Yo eso soy capaz de tolerarlo, porque puedo llegar a comprenderlo. 

Estos personajes están muy bien para irlos a escuchar a una conferencia, pero no para convivir con ellos.

El tener ideas claras y firmes, además de experiencia, llevan a la gente mayor a enrocarse en posturas cansinas por lo inmovilistas y reiterativas.

A veces quedábamos, porque en aquel tiempo yo vivía cerca de él. Varias cosas nos unían. La profesión, ciertas coincidencias acerca de nuestros orígenes, algunas partes de nuestra trayectoria vital, algunos rasgos del carácter y nuestra mirada del mundo. 

Íbamos a pasear al parque, a veces a tomar unos pinchos. Esporádicamente.

Él tenía muy pocas relaciones personales. Aunque no me lo decía yo lo sabía. A veces no sabía si sentirme privilegiado o estafado por este hecho, junto con el que él reclamara mi compañía. 

Teníamos largas charlas de Medicina y aunque él sabía mucho, estaba ya muy desfasado. Es que era de la época de los cataplasmas, no me jodas. 



Tenía una casa en la playa e iba para allá en vacaciones. A veces, innecesariamente porque a mí me daba igual, intentaba aparentar que estaba allí acompañado, aunque yo sabía que estaba igual de solo que aquí. 

Una de las veces, en Navidad, me dijo si podía ir a su casa a regar las plantas y a echarle de comer a los periquitos. Lo de tener pájaros en casa ya no se lleva nada. 

Yo, me acuerdo, me quedé solo en Madrid en aquellos días porque me tocó trabajar, y todo el mundo se había ido a sus casas con sus familias. 

Llegaba del Centro de Salud, comía un menú del día en un bar del barrio y me subía a su casa. Echaba el alpiste y las aguas a todos los seres vivos del hogar y me ponía a mirar la inmensa biblioteca, tomo a tomo, lomo a lomo. Abría esos libros de Medicina del año catapún, que olían a lavativa y a zotal. Y me divertía mucho leyendo cómo se describía hace 60 años la insuficiencia cardíaca, la intoxicación por Plomo o la sínfilis. Me sentaba en un sillón de orejones que tenía, y a veces me quedaba dormido con los libros en la mano, y salía ya de noche. Algunos días me cogía una novela de su biblioteca y me la llevaba a casa para devorármela. Leí alguna realmente buena y pasé unos días realmente felices en su casa.



En Agosto se volvió a ir y me volvió a confiar el mantenimiento de las necesidades basales de la casa.

A mí Agosto me gusta trabajarlo especialmente, porque me la pela la playa y porque me gustan mucho los perdedores. En Agosto se quedan todos en la ciudad y salen como nunca a la calle, por lo que puedo disfrutar de su presencia, estética y a veces incluso de su compañía y conversación.

Así que pude volver a pasar las tardes en su casa, leyendo libros y observando algunos detalles de su morada.

Una casa no es otra cosa que una representación capitalista de las vísceras y de la anatomía humana.  La cocina la cabeza, el salón el corazón, las habitaciones las extremidades, el baño el aparato excretor. El trastero del garaje es el subconsciente. 

Me encanta conocer a las personas a través de intermediarios de este tipo. Si las conoces directamente a veces te decepcionas. Sin embargo a través de una casa, por ejemplo, puedes imaginar, aunque no sea verdad. 

A mí desde siempre me ha pasado ir a casa de los demás y desear vivir en ella, antes que en la propia. Me pasa en casi todas las que visito. Curiosamente, en las únicas que no me pasa es en las de los pacientes a los que atiendo en su domicilio. Esto tiene que ser por algo que estoy intentando explorar y encontrar, de momento sin éxito. 

El caso es que mi amigo y yo nos fuimos separando, poco a poco, silenciosamente, sin sobresaltos ni dramas. 

Un poco como Javier Cercas y Roberto Bolaño.

La fascinación sobreviene, pero enseguida se agota. 

Hay gente en este sentido muy dura. Gente que se va y no vuelve. Amigos que un día cortan por lo sano y se acabó. Novias que dejan de serlo y que nunca más vuelves a verlas ni a saber nada de ellas.

Le pregunté al portero y me dijo que mi amigo no había vuelto a aparecer por allí, que el piso estaba cerrado y que ningún vecino sabía nada. 

No sé si las plantas se habrán secado. 

No sé si habrá muerto.  



1 comentario:

Cronopia dijo...

Extrañaba mucho pasar por tu blog, ayer tratando de dormir , lo recordé y hoy a las seis de la mañana en suelo argentino estoy escribiendo este comentario ,me alegro la mañana volver a pasar por acá :)