lunes, 27 de agosto de 2012

LA ENCERRONA

Viví en Inglaterra durante una temporada.

Trabajé en granjas, recogí arándanos, atendí huertos e hice de au pair.

Pasé hambre.

Vivía y comía con los patrones y sus familias.

Me ofrecía todos los días para recoger los platos de la cena y fregar. Me llevaba todas las cazuelas cerca del fregadero y cuando sabía a todos en el salón viendo la tele, daba el agua para que el rumor de la misma me disimulara. Me ponía erguido, mirando al frente, la columna recta, dando la espalda a la puerta, y mientras fregaba cogía los restos de las cazuelas (siempre dejaban algo) y me los iba comiendo silenciosamente. Si alguien entraba y no tenía la intención manifiesta de dirigirse a mí, era difícil que me vieran.

Se cenaba muy pronto, y los días que me quedaba sin ese suplemento era hombre muerto. A las 22 ya estaba que me subía por las paredes. A veces me dormía a propósito para no sentir el hambre.

Comprendí rápidamente que el hambre era un estupendo ejercicio para el espíritu, y que fortalecía el carácter.

En ocasiones tenía algo de comida en la habitación, pero me sentía peor comiendo a escondidas que rebañando cazuelas.

La patrona valoraba muy positivamente que yo realizara esas tareas fuera de horario. La verdad es que se portaba muy bien conmigo y por eso yo me ofrecía sin dudarlo.

Otra de las tareas de última hora en este sentido era ir a encerrar a las gallinas.

Me ofrecí la primera vez e iba todos los días al final del día, cuando oscurecía.

Me ponía unos guantes e iba una por una. Me colocaba cerca de ellas y en un golpe maestro, rápido y certero, las agarraba del tronco. Temía la reacción de la gallina, pues en el momento del contacto siempre emitía un graznido, se revolvía y a veces se me escapaba parcialmente, con lo que acababa sujeta de la pata o del gaznate o de donde pudiera sostenerla.

Me atemorizaba la reacción de la gallina a tal repentina captura. A veces la repetía en mi mente por la noche, antes de dormir. Y entre esa imagen desasosegante y el hambre, me corrían chorros de sudor por la frente.

Había dos gallinas especialmente putas (“eran más putas que las gallinas”). Una era una blanca, que corría mucho más rápido que el humano medio (“cobarde, gallina, capitán de las sardinas”) y otra una que sabía bien dónde debía meterse, al lado de una alambrada con zarzas que resultaban una barrera impenetrable para el palo con el que la iba a buscar.

Todos los días me desesperaba con esas dos. Me metía en la cama y pensaba en el esfuerzo que me había costado recolectar a todas las gallinas para meterlas una por una en el gallinero. Se me ponía la carne de gallina sólo de pensarlo.

Un día, no sé por qué, salí más tarde a recogerlas, ya era casi de noche. Pensé, recuerdo, que me las iba a ver moradas para ir a por las dos rebeldes con tan poca luz.

Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar al gallinero las vi a todas dentro, ocupando su espacio habitual.

Al día siguiente, salí más tarde a encerrarlas y pasó igual, ya no tuve que correr.

Me parecen las gallinas desde aquel día, por ésta y por otras muchas razones unas aves de corral del todo fascinantes.

En estos días pensaba que con esto del Real Decreto que deja fuera a los inmigrantes, nos quieren hacer igual. Nos hemos puesto en pie de guerra contra la medida. Y a los que mandan les cuesta cogernos para apaciguarnos. Pero saben que sólo tendrán que dejar pasar un tiempo, para que caiga la noche, y nos recojamos a nuestros aposentos, porque hace frío y está oscuro.

Saben que tragamos con la recolocación de las plazas de la OPE de médico de familia en Madrid, con el aumento a 37.5 horas mensuales. Tragamos con la pérdida de la universalidad, con la venta de la Sanidad a empresas privadas, tragamos con el escándalo de la gestión de la sanidad catalana destapado por Café amb Llet, con el rescate a Alzira, con el copago farmacéutico, con la bajada de sueldos, con la pérdida de una paga extra.

Saben que sólo tienen que esperar un rato a que la noche caiga, y ya en la penumbra, cuando estemos apaciblemente dormitando, solamente cerrar la puerta.

Ojalá que no sea así. De nosotros depende.

4 comentarios:

Treponema dijo...

Si, con lo genial que sería hacer una dimisión en masa de todo el sistema sanitario...pero la gente es como es, símplemente bajará al bar, pedirá un cortado, hablará de lo mal que está el mundo y luego se irá a casa pensando en que ésto es lo que hay. Ellos son pocos y tienen todo, nosotros muchos y no vamos a quitárselo...¿de quién es la culpa?

Salvador Casado dijo...

a las gallinas no les gusta la noche. a nosotros tampoco por eso hemos llenado el mundo de farolas.

el problema queda bien enunciado. el ser humano está mutando, unos pocos en águila, casi todos en gallina.

la historia no puede acabar bien.

IMAN dijo...

Me ha encantado la historia y la comparación final... Lo que aún no entiendo es por qué pasabas hambre si dices que comías con los patrones y, supongo, te pagarían...

Anónimo dijo...

Estuve con una cosa que se llama WWOOF www.wwoof.org . Una asociación mundial de intercambio de experiencias y de aprendizajes de nuevas formas de vida basadas en la agricultura ecológica y el mundo rural, básicamente. Hay muchos tipos diferentes de sitios a los que ir y muy diferentes tareas que realizar. Tú colaboras haciéndolas y ellos te proveen de alojamiento y comida, pero no te pagan. Si vas a un país de habla inglesa tienes el aliciente de poder (intentar) aprender inglés sin las inconveniencias del fregado de platos en un restaurante inmundo de Londres.

Como es de sobra conocido, los ingleses tienen unas costumbres culinarias bastantes diferentes a las nuestras. Comen poco a la hora de la comida y la cena es muy pronto y no excesivamente abundante. Comes con ellos. Vale que repitas, incluso todos los días. Pero llega un punto en el que te da palo, ya que no los conoces mucho. Esto sucede en el caso de tripitir, lo que hubiera podido hacer perfectamente todos los días, si hubiera estado en mi casa, porque las raciones solían ser muy pequeñas.

Abrazos.

Roberto