lunes, 9 de julio de 2012

MIRAR HACIA ARRIBA


Volví a la ciudad en la que crecí.

(Instrucciones de uso: léase a la vez que se escucha si quisiera usted beneficiarse del fenómeno del sinergismo).

Sorprenderte de nuevo por lo que aborreciste antes es una sensación extraña, como si el tiempo y la vida no fueran más que un engaño.

No se puede entender lo local sin haber entendido lo universal.  Y no se puede ser universal sin ser local.

Cuando se vuelve, uno se da cuenta de que no es que no hubiera vida donde uno vivía antes de irse, sino que uno no tenía los conocimientos suficientes para percibirla entre el ruido.

Yo por esa razón, entre otras, me hice médico de familia. Porque quería conocer la vida por una vía rápida, sin moverme de la silla. No quería tener la sensación de haber conocido la vida con 78 años, al borde ya de la muerte, después de haberme leído media Biblioteca Nacional y después de haber recorrido el mundo entero.

Convivo a diario con el fantasma de quedarme estancado en este sitio. No podría definir exactamente en qué consiste el progreso personal, y cuánto aportan las ciudades grandes a éste, pero la sensación de quedarse sin él paraliza.

Los amigos que se quedaron aquí supieron conservar el deslumbramiento de la ciudad de la adolescencia. No hay cosa más grata para uno que se ha ido que cuando vuelva estén esos amigos esperándolo, sin reproches silenciosos, sin complejos de inferioridad, ni de superioridad, como si no hubieran pasado 5 años.
Hablando con uno de ellos, le comenté que era imposible que ya nada me sorprendiera en esta ciudad.

-          Tu problema está en que no miras hacia arriba – me dijo - .
-          ¿Cómo?
-          Sí, que no miras hacia arriba. Prueba a ir por la calle y mirar hacia arriba.


Desde ese día he descubierto una ciudad y un mundo nuevo. He avistado preciosas terrazas, bonitas cúpulas, bandadas de aves, elegantes edificios y paisajes urbanos con antenas y parabólicas, como los de las grandes ciudades.

Pensé si no sucedería igual con los pacientes en la consulta, pero especularmente. Si después de años y años, incluso décadas… uno no sufriera el síndrome del presentador del telediario. Tener una misma idea y perspectiva del paciente, basado en la imagen que da de cintura para arriba. En el fondo, cuando les vemos al otro lado de la mesa, les vemos así.

Tú puedes ser un pordiosero en tu casa, llevar los zapatos hechos un cristo o los pantalones raídos, pero si guardas una buena presencia de cintura para arriba, tu médico de familia pensará de ti que eres una persona adecuada.

En ocasiones me he encontrado con pacientes que de cintura para arriba son buenos padres de familia, maridos adorables y respetables, y de cintura para abajo son todo lo contrario.

Ahora, a veces, finjo que se me cae el boli para explorar al paciente de cintura para abajo. Forma parte del abordaje comunitario. Es lo que se llama hacer Medicina Comunitaria sin salir de la consulta. Bueno, sin levantarse de la silla, que es un paso más.
Esto, evidentemente, no lo hago cuando la paciente es mujer y lleva falda, para no levantar suspicacias ni pasiones en mi alma. Las pasiones te tienen entretenido, pero luego al final siempre sufres por ellas. Un día le vi de esta manera a un paciente unos edemas de flipar y le diagnostiqué así una insuficiencia cardíaca derecha.

Al hilo de esto, reparé en un vídeo en el que aprendí que la policía cuando pega, tiene la orden, en principio, de pegar de cintura para abajo. Yo puedo entender que en ocasiones la policía tiene que pegar (cuando alguien está lanzando una silla de oficina a un Starbucks, cuando alguien está quemando un contenedor, e incluso cuando se está sentado en una calle interrumpiendo el paso de los coches sin autorización y se ha advertido por activa y por pasiva que se desaloje), pero no creo que tenga pegar para desalojar por la fuerza a unas personas que están sentadas en una plaza hablando.

No puedo entender qué daño le hacen a la sociedad.

Más daño hacen los que roban, son corruptos, especulan con nuestro futuro y encima se ríen de nosotros en nuestra cara. Más daño hacen éstos que esos vecinos que bajan a la plaza a hablar de cómo mejorar las cosas en la sociedad: en la sanidad, o en la educación, o en la vivienda, o en el empleo, o en la política, o en la economía.

Los primeros son más perjudiciales que los segundos. Y no los molemos a palos.

1 comentario:

Lilián dijo...

Rober, yo también volví a la ciudad donde crecí. No miré hacia arriba, pero no quise caer como "chatarra espacial".
En octubre del año pasado escribí: "Nunca chatarra espacial", referida al tema. Leelo (en 2 partes), si te parece.