martes, 24 de julio de 2012

EL CIERVO



Un sábado por la noche, hace unos meses, cuando vivía en una granja en Inlaterra, íbamos en una furgoneta a una fiesta todos los trabajadores.

De repente, el patrón, que era el que conducía, pegó un frenazo impresionante y se bajó del vehículo.

Yo estaba en tercera fila y no acerté a ver qué es lo que sucedía hasta que bajé.

Un ciervo yacía en la carretera, con una gran herida en el cuello desde la que había expulsado un gran volumen de sangre, que debía equivaler, calculaba yo, a gran parte del gasto cardíaco.

El patrón le tocó y dijo:

- He is still warm (Está todavía caliente). Does somebody have a knife? (¿Alguien tiene un cuchillo?)

Uno de los trabajadores sacó una pequeña navaja.

- Yo sujeto pero necesito a alguien que ejecute – añadió -.

Miró en derredor y yo estaba justo enfrente.

- Oye Roberto, ¿tú no dices que eres médico? Pues toma.

Al verme la cara me dijo que ese ciervo había muerto hacía menos de dos horas y que ya que estaba muerto sería productivo aprovechar su carne para que no tuviera que morir otro animal para alimentarnos esa semana.

Le puso panza arriba y le tensó la piel.

- Venga, incide - me dijo-.

Yo, porque había tomado unos vasos de sidra (que hacíamos nosotros en la granja), noté a pesar de la impresión, un pulso firme. Pensé, me acuerdo, si no tendría un temblor esencial.

Se veía debajo de la piel una especie de fascia.

- Venga, que ahora viene lo bueno, dale – me dijo-.

Metí el cuchillo y la sangre comenzó a manar. Pensé en Juan José Millás, que decía que había sido su padre el que había inventado el bisturí eléctrico, un instrumento que a la vez que corta, coagula.

El patrón metió la mano y sacó una buena porción de paquete intestinal, que no pude reconocer como grueso o delgado, aunque ignoraba si los ciervos tenían de eso.

Según iba sacando yo manojos y manojos de asas, el patrón me gritaba enfervorecido en medio de la noche y la carretera: Well-done, Well-done… (bien hecho).

Progresé y le saqué el estómago, los pulmones y el corazón. El patrón fijó su atención en el hígado, que arrimó a las luces del coche y miró con detenimiento.

Miró hacia el respetable, que no perdía detalle y celebró: - Está limpio, nos lo podemos comer sin problemas. (Sostenían en la granja que era mediante la inspección del hígado como sabían que no era un animal enfermo y contaminado).

Terminé de eviscerar al animal y cuando acabé, el patrón me pidió que abriera al ciervo de piernas. Me cogió el cuchillo e hizo una incisión alrededor del esfínter para llevarse el recto sin perforar el colon, y que no se preparara la de San Quintín.

A continuación arrojó todo el paquete visceral a la cuneta, sin ningún miramiento.

Cargó con el ciervo al hombro y lo puso debajo de los últimos asientos, ya que era el vehículo una especie de minibús, y no tenía maletero.

Nos fuimos a la fiesta y el patrón se agarró una trompa de impresión.

Todos los demás estaban también cocidos, así que me dio las llaves de la furgo y me dijo que condujera yo para llevar a los parroquianos de vuelta, que él se quedaba.

Yo había tomado, como digo, un par de vasos de sidra, pero hacía ya más de 6 horas. Conduje de vuelta, por la noche, un minibús, por la izquierda, con el volante en la derecha, con las marchas especulares, por las carreteras de la Inglaterra rural, unidireccionales en su mayoría, y en las que tenías que esperar en unos salientes de la carretera si te cruzabas con alguien, con una recua de beodos detrás de mí y un ciervo muerto en los últimos asientos.

El día siguiente, uno de los trabajadores despedazó al animal en mi presencia y me fue enseñando cada uno de los detalles anatómicos: el esófago, la traquea, la médula, etc…

Hicieron para el domingo Sunday Roast, un plato muy típico inglés, con la carne del ciervo. Lo comí y eché la pota.

Me hice vegetariano.

Pero después, al volver a España, perdí de nuevo las conexiones mentales entre los filetes y los animales de los que provienen, ya que las bandejas en los supermercados logran, en efecto, despersonalizar la cadena alimentaria.

2 comentarios:

Lilián dijo...

No te imagino vegetariano. Considero que los que rechazan la carne de cualquier tipo son tipos (valga la redundancia) desapasionados y apáticos, a los que hay que darle un empujoncito para que reaccionen. ¿No te parece?
Nota del redactor: revisar los conceptos de caracter y personalidad en cualquier manual de Psicología (especialmente Piaget)

Dersu Uzala dijo...

No hay mejor inspiración para escribir que viajar... Hoy he leído tus últimos post, y he visto el vídeo de Bilbao. Enhorabuena de nuevo Roberto. No sólo diviertes, te expresas bien y eres crítico, sino que eres valiente que es lo más difícil.
Por cierto Lilian, discrepo completamente de tu comentario a cerca de los vegetarianos. Quizás los que no lo somos no dispongamos de la información que ellos tienen y por la cual un día dejaron de comer carne. No creo que seamos más "apasionados" que ellos, que por su amor a la naturaleza y los animales, se niegan a participar de un sistema de trato cruel. Es mucho más fácil comer y no pensar. Como siempre.