miércoles, 16 de mayo de 2012

EL ARGENTINO

Estaba en un cibercafé remoto, en la remota India, en la remota ciudad de Jodhpur.

El wifi del hostel no funcionaba (lo que siempre pasaba en ese país) y me mandaron a un centro cultural cercano que había subiendo la calle.

Entré y estaba una profesora dando clases de baile a las pupilas, en la sala de ordenadores.

Me senté y sembré el revuelo entre las niñas, por ser extranjero.

Me miraban con el inocente indisimulo con el que miran los indios, y comencé a hablar con ellas.

Me dijeron que estaban aprendiendo a bailar. Les dije si sabían alguna bailar alguna canción en castellano (estaba pensando en Macarena o Aserejé o algo así) y empezaron a contonear las caderas inapropiadamente para ser menores de edad, mientras cantaban: loca, loca, loca... como Shakira.
En esto entró un chico, habló con la dueña en un perfecto inglés y se sentó en el ordenador de al lado.

Nos miraba con cara amigable y aunque me despistaba el hecho de que hablara inglés correctamente, me parecía que tenía cara de hispanohablante.

Las caras y las lenguas guardan algunas relaciones proporcionales. Por ejemplo, si tú tienes cara de español no puedes hablar inglés bien así como así, se te tiene que poner antes un poco cara de inglés para que puedas hacerlo. Igual pasa con los guiris que vienen a España. Esto a veces está motivado por elementos formales y carentes de todo misterio sobrehumano. Un inglés, si quiere hablar andaluz, se pondrá moreno en lo que vive en Andalucía y cuando sepa, no parecerá ya inglés con ese color de piel.

Los idiomas, asimismo, definen algunos rasgos en la anatomía de los que los hablan. Por ejemplo, para hablar lunfardo (argentino) es preciso tener los labios de una manera singular, el superior describiendo una curvatura imperceptiblemente mayor que el inferior.



Para hablar inglés y pronunciar algunos sonidos hay que tener un paladar, una lengua y unos dientes colocados en posiciones especiales. Si no, es imposible pronunciar bien two, o definitely o emitir bien las diferencias entre dessert o desert.

Para hablar bien catalán siendo joven, por ejemplo, hay que llevar gafas de pasta.

Tan evidente me resultaba esta hipótesis que yo sabía que aquel tipo podía ser castellanoparlante, aunque me contradecía el high level.

Le pregunté y efectivamente lo era. Era argentino.

Me contó que llevaba 12 años trabajando y viviendo en Irlanda.

Comenzamos a hablar interrumpidamente mientras no dejábamos de mirar nuestros ordenadores, con las preguntas típicas de los mochileros. Cuánto tiempo llevas en la India, dónde has estado, adónde vas a ir, cuánto tiempo estarás en total... Describes los sitios en los que has estado, le preguntas sobre sitios donde ha estado él a los que quieres ir tú... La mejor guía de viajes siempre está en estas conversaciones.

Luego, si hay tiempo y ganas, se pasa a un segundo nivel, el personal. Que por qué India, dónde vives, en qué trabajas... y todo eso.

Es bastante fácil cuando viajas conocer a gente con la que poder mantener conversaciones livianas de este tipo. He conocido a grandes personajes de esta manera. Son minividas. Vidas que pasan delante de ti en 5 minutos, en la parada del bus, esperando en una cola, en un viaje en tren. A veces me da la impresión de que esas vidas tienen mucho más contenido que la vida de gente que he podido conocer durante, no 5 minutos, sino 5 años. Quizá sea porque esas vidas no te sobresaltan por lo que conoces de ellas, sino por lo que desconoces. Y no las aprecias por lo que sabes, sino por lo que no sabes.
Me recuerdan esos encuentros a esos pacientes a los que ves una vez, 5 minutos, en una consulta de un Centro de Salud haciendo una sustitución, en una guardia en urgencias, que no los vuelves a ver y que sin embargo no olvidas en toda tu carrera profesional.

Era bastante simpático y agradable aquel argentino. Es, por otro lado, difícil encontrar a un argentino que no lo sea en el cuerpo a cuerpo.

Me contó que estaba con una diarrea impresionante, que iba a modificar la ruta que tenía prevista por ese motivo.

Le pregunté un poco y le dije si no había tomado algo y me dijo que sí.

Fue hablando más y yo le fui haciendo algunas preguntas. Joder, yo soy médico y qué menos que poder ayudar a alguien con problemas de salud incapacitantes a tantos kilómetros de casa.

Me dijo que ese día, por ejemplo, había ido 17 veces al baño.

Luego me confesó que se había tenido que venir desde su penúltimo destino alquilando un coche particular y un chófer, habiendo pagado 70 euros (eso es mucho en India) para evitar el transporte público, dada su incontinencia.

Yo me alarmé y comencé a profundizar en la anamnesis. El proceso venía de largo, 3 semanas. Debía ser serio el tema, pues había ido a un médico primero de su aseguradora, luego a otro indio, que le había puesto un antibiótico, que luego le había cambiado por otro, cuando vio el cultivo.

Pensé que aquel chico necesitaba mi ayuda. Que le había venido dios a ver al encontrarse conmigo.

(Curiosamente tres días antes estaba en un locutorio y oí hablar a otro argentino por teléfono, contándole al médico de la aseguradora un proceso de fiebre, tos y dolor costal que había tratado erráticamente con amoxicilina-clavulánico, al que ofrecí mi ayuda. Estuve historiándole mal que bien, en medio de una calle atestada de vacas y rickshaws, y le propuse tomar una semana de levofloxacino. Quedó muy agradecido el señor. Fuimos a una farmacia a comprarlo y me identifiqué como médico para ver si me daban los fármacos. El farmacéutico desoyó todos mis esfuerzos formales y me dijo: ¿Cuántas quieres? Y le dije: 7. Sacó un blister, me cortó 7 pastillas con las tijeras y me cobró algo más de un euro al cambio).

Yo veía que era un proceso lleno de inconsistencias (nunca mejor dicho) para una diarrea. No me quedó más remedio que justificar mi insistencia diciendo que era médico.

No le pregunté si quería que yo le ayudara o si quería que le preguntara para ayudarle, en el contexto de esa conversación informal. Me parecía petulante.

Después de un rato el chico me dijo que era VIH.

Moraleja.

Esa persona, que no conocía de nada, no quería decirme que era VIH, y mi insistencia bienintencionada lo motivó.

Cuando queremos ayudar a alguien nunca consideramos si el otro quiere que le ayudemos.

Saber si el otro quiere que le ayudes o no, sin que se dé la ocasión de preguntar directamente, es difícil.

A veces da vergüenza preguntar si alguien necesita ayuda médica en estos casos, porque parece que se está fuera de sitio haciéndolo.

Ante esta duda, no sé por qué, siempre pensamos que es mejor ayudar que preguntarle, aunque ayudar sin que él quiera ser ayudado también esté fuera de sitio.

2 comentarios:

Lilián dijo...

Hey, Rober!. En la India!, qué bien. Acabo de regresar de N York, Denver, Boulder y Miami. Una compañera de viaje, que habla portuñol, pero no inglés, andaba con estreñimiento. En una farmacia se hizo entender como pudo y le vendieron un antidiarreico!
Ahí nomás, en la farmacia se tomó 2 comprimidos. Cuando leí el prospecto le dije que le estaba dando órdenes contrarias a su organismo... y tenía que tomar otra cosa, lo opuesto.Hablando de ordenadores, su aparato se tildó por unos días más, como la compu cuando tiene virus y todos esos bichos!.
Que tengas buen viaje.
Enviaré por facebook un texto ambientado en Greenwich Village.
Cariños.

Rocio dijo...

Me encantan las historias que ocurren cuando uno esta de viaje y vive diversas cuestiones en el exterior. Este año he decidido quedarme en el país y me aloje en los Hostels San Rafael ya que la pase en esa maravillosa ciudad de Mendoza