martes, 24 de abril de 2012

LA BATA


La obsesión de mi madre durante los años de la residencia fue que llevara la bata limpia y planchada.

Cursé esos cuatro años en una ciudad distinta de donde mis padres vivían, y todos los días que hablábamos por teléfono me recordaba que el próximo día que fuera a casa no se me olvidara llevarla en la maleta para que me la lavara y planchara.

Los primeros días después de una visita a casa de mis padres me sentía como se debe sentir un paciente recién transfundido o un portador de marcapasos con la batería recién cargada.

Uno, por cierto, pasa a la vida adulta cuando deja de reconocer como su casa la casa de sus padres para empezar a reconocer una nueva vivienda como propia.

Para la gente, volver a casa de los padres a vivir bajo su ala después de haber volado solo es un fracaso. No les gusta un pelo la parábola del hijo pródigo.

Yo no sé qué es lo que tiene la vida de los adult(er)os que a todo el mundo le gusta tanto.

A mí lo que me parece es que no hay consuelo más grande para un alma provinciana ante los inconvenientes de la capital, que pensar en su cama y su habitación de la casa de sus ancianos padres de la provincia.

Algunas veces, inmerso en el trajín de la vida adulta, me miraba los puños de la bata y al verlos comprendía que llevaba demasiado tiempo sin ir a casa.

A veces me la olvidaba en Madrid, (mi madre se enfadaba muchísimo) y cuando regresaba el siguiente lunes al trabajo con la bata sucia, me sentía como el diabético que resiste en ir a una cita y cuando va ya, tiene la hemoglobina glicosilada por las nubes.

De todas las maneras, como me traía la bata en la maleta siempre me la tenía que poner arrugada.

Yo lo de planchar lo veo como una cosa innecesaria de las sociedades industrializadas y occidentales.

Lo de que una madre no esté en el mundo debe ser como tener que lavarte y plancharte tú la bata todas las semanas. O ir con ella sucia por los pasillos del hospital, sin remedio. O como pensar en la cama de tu casa, en medio de todas las inconveniencias de la ciudad, con tus ancianos padres esperándote a la lumbre, y no encontrar aposento.

O como tener que hacerte a vivir con un riñón nuevo, que no conoces de nada.

Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de vientre.

Amén.

1 comentario:

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