lunes, 13 de febrero de 2012

LA TRISTEZA ES UNA ENFERMEDAD DE DECLARACIÓN OBLIGATORIA

Publicado en AMF joven.


Te escribo porque ayer te vi en el periódico. Lo cogí de casualidad, para abanicarme por la ansiedad. Bajé a por (diaze)pan y a por suero hiposódico.

Desde que soy residente, los días que estoy saliente, tengo como resaca, de tanta insuficiencia cardiaca. Cuando teníamos dieciocho, ¿recuerdas?, nos gustaba el trasnocho, porque le dábamos al calimocho. Ahora también veo amanecer y me he comprado un neceser.

Salías muy guapa con el uniforme de la ONG. Yo en el hospital estoy un poco demodé. No te puedo echar en cara que te fueras, pero sí que me olvidaras, y me dejaras con el piso en esta crisis financiera y este grado III del alma con escaras.

Yo sigo aquí, ya ves, haciéndole a la vida el ABC, cambiando el mundo a mi manera, desde tu sala de espera. Me hubieran gustado las taquicardias, de besarnos en los biombos, yendo de quilombo en quilombo, por querer dormir juntos en las guardias.

Me acuerdo de los años de la facultad. Robándote los azucarillos. Haciendo disecciones y novillos. Y manifestaciones por la sanidad.  Soñábamos con ir a Alma-Ata, ya antes de comprar la bata; soñábamos con interraíles, entre neutropenias febriles. Entre las bombas de sodio- potasio, de las guerras civiles. Entre músculos estriados, lisos y de gimnasio. Entre el comienzo de la patología, y el de la hipocondría. Y comíamos bocatas y patatas fritas grasientas. Y tabletas de chocolate y katovit. Y compartíamos camas de noventa,  en las pensiones sin suite.

 Y  sin ti va pasando ya media vida, que es una vida (a) media(s); entre respiraciones asistidas, suspiros de tragicomedia. Entre champús anticaída. Entre muertes recurridas. Entre intentos de calcular, la biodisponibilidad de la soledad. La excreción fraccional del médico eventual. Entre intentos de rebañar, los recuerdos impetignizados que me has dejado. Con esta parálisis residual que llevo fatal. Soy un minusválido social.
Quiero ser tu dosis de rescate, para que no agarres el petate.
¿No ves que yo también soy un hombre en vías de desarrollo?

 

2 comentarios:

Lilián dijo...

¡Ay, ay!, las penas del corazón. Me gusta tu prosa poética, hasta con rima consonante, pero con romanticismo que no es cursi. Buena la estrategia de poner una foto (¿actual?)Se ve que usas champú anti-caída!
Ojalá que esa chica en las vueltas y revueltas de la vida te reencuentre en algún recodo del río, un meandro, un estuario, un delta, antes de "ir a la mar, que es el morir".

Manuel Comesaña dijo...

Tu post me ha recordado un devaneo de la Facultad. Cuando subíamos a la biblioteca, cogíamos el ascensor en un sótano donde estaba el llamado Instituto Anatómico Forense. Casi siempre había un coche fúnebre en la puerta lateral. Y al lado del ascensor, un ataúd puesto verticalmente, con la tapa semiabierta. Era un ataúd pobre que se reutilizaba. Servía solamente para transportar el cadáver dentro de las instalaciones y luego quedaba allí otra vez, disponible junto a la puerta del ascensor.
Así que cuando estábamos en aquel lugar lúgubre, aprovechábamos para darnos besos fugaces, al lado del ataúd entreabierto. Pero no, nunca pasamos de los besos fugaces. Hubiese sido demasiado siniestro.