miércoles, 27 de julio de 2011

EL MEJOR ARTÍCULO DE LA HISTORIA DE LA MEDICINA

… nunca hubiera debido haber sido escrito.

Porque hay gente que no se puede morir, joder.

Apenas conocí la vida ni la obra de Bárbara Starfield, la verdad. Aunque tuve la suerte de verla invitado por el Doctor Juan Gérvas en su última actividad científica en España, en el Máster de Salud Internacional que dirige el Doctor José Manuel Freire, en la Escuela Nacional de Sanidad.



No se trata de clasificar artículos, cuando éstos hablan de la vida y de la muerte de alguien. La literatura no vale para nada si sólo se intenta servir a sí misma.
Recelo de los escritores porque se sirven de las historias. Y son las historias las que se tienen que servir de los escritores.
Cuando las letras sirven para construir a los demás son hermosas. Y dibujan figuras como en el cielo las nubes.
El mejor artículo de la historia de la Medicina lo han escrito Juan Gérvas y Mercedes Pérez.
Yo no sé por qué es el mejor. Pero se llora al leerlo. Y eso, hoy, es mucho. Muchísimo.
Pd: El llanto como la excitación se tienen que lograr en un contexto un poco apropiado, no sos vayais a pensar que es leerlo y hala.

jueves, 14 de julio de 2011

HOLA, BUENOS DÍAS

Nada se ha escrito de la actitud que debe tener un médico en un momento que a mí me parece clave. Éste es un momento que el médico desprecia en cuanto a su importancia, pero que el paciente sobrevalora. Si el médico lo hace bien, suma y si no, resta. No hay balances ceros.

Es un momento muy concreto y muy importante. Es el momento en que el médico cruza por la sala de espera hasta su consulta, para iniciar la jornada.

En ese instante la expectación de los pacientes está maximizada por la espera, por el aburrimiento que hace desear ese contacto; no solamente por ver al médico sino porque se acerca el momento de ser atendido y dar rienda suelta a todo lo que se ha estado incubando en casa (anhelos, conjuntivitis, dolores, fracasos, gripes, expectativas…).

Es un trance corto. Desde que el médico pisa la zona de influencia de su sala de espera hasta que llega a su consulta pasan solamente media docena de segundos.

Está claro que lo que nunca hay que hacer es ir con la cabeza gacha y entrar sin saludar al personal. Hacerlo impone una distancia que es un océano, una distancia que luego no hay dios que elimine con la mesa de por medio. Al paciente, con esa actitud, se le está diciendo: me cago en la puta, otro día más que tengo que venir al trabajo a aguantaros. Vengo porque me pagan, y porque esto es la Seguridad Social, que si no os iban a dar por el culo a todos.

No hay cosa más triste para el paciente que estar como un perrillo esperando a su dueño, ensayar una mueca de sonrisa y un conato de saludo para que pase el médico y ni le mire. Si esto sucede con la sala de espera a rebosar la responsabilidad del médico se disemina entre los presentes, pero si encima son pocos los que están, el paciente puede llegar a tomárselo como algo personal.
La prueba mayor de que esta actitud no es la adecuada es que el médico que no saluda con la sala de espera llena no tiene huevos de ir con la cabeza alta, de no mirar para abajo y de aguantar la mirada de sus pacientes.

Otra disyuntiva es cuando a lo largo del paso por la sala de espera se establecen varios momentos de saludo. Con los primeros que te encuentras, con los que están justo al lado de la puerta… Si haces saludos personalizados en tu devenir, hay pacientes que se lo pueden tomar como tratos de favor.

Otro caballo de batalla son los médicos a los que les gusta saludar a los pacientes por el nombre, como modo de calidez. Un saludo por el nombre a un paciente en la sala tiene muchas implicaciones. A los que no le llamas por el nombre (a lo mejor es que no te lo sabes, porque no vienen a menudo) pueden sentirse de menos, otros pensarán: si el médico se sabe el nombre de ese paciente es que vendrá mucho a verle, ¿qué le pasará?

A mí me parece que lo que hay que hacer es saludar… pero, ¿A quién? ¿A dónde miras? Yo creo que lo mejor es que cuando te aproximas al área de influencia de la sala de espera mires al vacío y sueltes un enérgico: Hola, buenos días.

Y todo dios saludado. Y contento.

lunes, 4 de julio de 2011

ASEOS

Desde que comenzó la acampada entraba todos los días a mear al Corte Inglés de Sol. Solía mear en turno de tarde porque por la mañana daba largos tragos a los bricks de zumo de dos litros que pululaban por el campamento.

Desde Abril trabajaba en turno de tarde en el Corte Inglés. Empezó muy entusiasmado en esa franja. La gente que trabaja por la tarde siempre dice que está muy bien el horario, porque por las mañanas puedes ir al banco y hacer papeles, aunque él no tenía ni hipoteca ni nada.

Ella entraba siempre por la esquina con Tetuán, subía las escaleras mecánicas y aguantaba desafiante las miradas de las dependientas de la sección de ropa interior a la cresta naranja y a las medias rotas. Luego se desviaba un poco y enfilaba la sección de maletas hasta alcanzar los baños.

Él siempre había querido viajar, por eso no dudó en desear que le mandaran a la sección de maletas, aunque nunca iba a ningún lado.
A ella se le llenaba la boca cuando hablaba de los proyectos de ir a, pero nunca había salido de la Comunidad Económica Europea y eso que se decía anticapitalista.

Cuando él notó la presencia reiterada de ella a lo largo de los días, se reconocía en traje y corbata delante de su paso y no le podía aguantar su mirada desafiante e indignada.

Un día él sintió una falta y al día siguiente se armó de valor y le preguntó que qué había pasado ayer.
- Me pedí un día de asuntos propios – le contestó ella.
- ¿Y qué hiciste? - preguntó él-.
- Eso no es asunto tuyo, es un asunto propio.

Un día ella sintió una falta y al día siguiente le preguntó que qué había pasado ayer.
- Estamos jodiendo a la pequeña y mediana empresa y como abrimos los domingos libramos entre semana.

La acampada se levantó y ella dejó de ir por los aseos del Corte Inglés. Un par de días después, abriendo una maleta para enseñársela a una cliente él encontró en su interior un brick de zumo de naranja de dos litros en el que se veía escrito “Estoy que no meo por tí”.

Él decidió que iba a ir barrio a barrio buscándola por las asambleas.

En un descuido de sus compañeras de planta se metió un conjunto de braguita y sujetador (los hombres no sabemos calcular la talla de nuestras camisetas pero en las de los sujetadores contamos intervalos de confianza minúsculos) naranja en el paquete y al salir, bajó por primera vez en aquellos tres meses Preciados hasta Sol.