Nada se ha escrito de la actitud que debe tener un médico en un momento que a mí me parece clave. Éste es un momento que el médico desprecia en cuanto a su importancia, pero que el paciente sobrevalora. Si el médico lo hace bien, suma y si no, resta. No hay balances ceros.
Es un momento muy concreto y muy importante. Es el momento en que el médico cruza por la sala de espera hasta su consulta, para iniciar la jornada.
En ese instante la expectación de los pacientes está maximizada por la espera, por el aburrimiento que hace desear ese contacto; no solamente por ver al médico sino porque se acerca el momento de ser atendido y dar rienda suelta a todo lo que se ha estado incubando en casa (anhelos, conjuntivitis, dolores, fracasos, gripes, expectativas…).
Es un trance corto. Desde que el médico pisa la zona de influencia de su sala de espera hasta que llega a su consulta pasan solamente media docena de segundos.
Está claro que lo que nunca hay que hacer es ir con la cabeza gacha y entrar sin saludar al personal. Hacerlo impone una distancia que es un océano, una distancia que luego no hay dios que elimine con la mesa de por medio. Al paciente, con esa actitud, se le está diciendo: me cago en la puta, otro día más que tengo que venir al trabajo a aguantaros. Vengo porque me pagan, y porque esto es la Seguridad Social, que si no os iban a dar por el culo a todos.
No hay cosa más triste para el paciente que estar como un perrillo esperando a su dueño, ensayar una mueca de sonrisa y un conato de saludo para que pase el médico y ni le mire. Si esto sucede con la sala de espera a rebosar la responsabilidad del médico se disemina entre los presentes, pero si encima son pocos los que están, el paciente puede llegar a tomárselo como algo personal.
La prueba mayor de que esta actitud no es la adecuada es que el médico que no saluda con la sala de espera llena no tiene huevos de ir con la cabeza alta, de no mirar para abajo y de aguantar la mirada de sus pacientes.
Otra disyuntiva es cuando a lo largo del paso por la sala de espera se establecen varios momentos de saludo. Con los primeros que te encuentras, con los que están justo al lado de la puerta… Si haces saludos personalizados en tu devenir, hay pacientes que se lo pueden tomar como tratos de favor.
Otro caballo de batalla son los médicos a los que les gusta saludar a los pacientes por el nombre, como modo de calidez. Un saludo por el nombre a un paciente en la sala tiene muchas implicaciones. A los que no le llamas por el nombre (a lo mejor es que no te lo sabes, porque no vienen a menudo) pueden sentirse de menos, otros pensarán: si el médico se sabe el nombre de ese paciente es que vendrá mucho a verle, ¿qué le pasará?
A mí me parece que lo que hay que hacer es saludar… pero, ¿A quién? ¿A dónde miras? Yo creo que lo mejor es que cuando te aproximas al área de influencia de la sala de espera mires al vacío y sueltes un enérgico: Hola, buenos días.
Y todo dios saludado. Y contento.