martes, 29 de noviembre de 2011

LÁGRIMAS IN ITINERE (BLONDE DE AQUITANIA)

Pasé algún tiempo dando tumbos por Inglaterra trabajando en granjas para aprender la fucking english language, tan necesaria para quitarte la boina y la venda de los ojos, ambas negras.

Desde los primeros momentos hice buenas (a)migas con las vacas. Eran mis preferidas. Mi dedicación por los pacientes fue sustituida por la dedicación hacia las vacas.

Uno de los patrones era un estudioso de una raza, la “Blonde de Aquitania”. Era considerado un experto. Como a los médicos, también le invitaban a congresos. (Nunca le pregunté quién los pagaba).

Yo había recorrido un trayecto desde casa (Salamanca, Madrid) y al llegar al país me había adentrado en un pueblo remoto, donde me había ido a buscar en una furgoneta destartalada aquel granjero anciano, y me había conducido por unos bosques impenetrables. La casa la tenían construida en una cuneta. Era un sitio realmente inhóspito.

Y cuando llego allí, miro a la pared y me encuentro esto.

Eso era como encontrarte con un paciente de tu pueblo en una consulta de una gran ciudad.

Siempre me ha parecido muy emocionante y he fantaseado recurrentemente con el encuentro en la consulta de un médico, por ejemplo, oriundo de un pueblo o una ciudad pequeña de Ecuador, con una paciente de su mismo pueblo o ciudad, en España.

Parece que no, pero las vacas anglosajonas mugen con acentazo.

Me gustaba observar algunos comportamientos que exhibían, tan propios de los humanos.

Un día metimos a una nueva res en un compartimento donde habían ya otras tres, que se conocían. Cuando cerramos, las tres fueron a intimidar a la nueva y a arriconarla hasta que ésta mostraba algún gesto de indefensión.

Cuándo le echaba el pienso (comían en compartimentos comunes), las conocidas embestían contra la nueva, cuando ésta se acercaba.

Ya lo dice el refrán: pienso, luego existo.

Algunos días venía el camión para sacrificar la que el granjero decía. En cuanto sonaba el motor desde lo alto de la colina, todas las vacas comenzaban a mugir salvajemente al unísono.


Pasé algún tiempo en un hospital, como acompañante.

Creo que en esas dos semanas aprendí más del proceso de enfermar y de las repercusiones de la enfermedad en el enfermo y de las repercusiones de la enfermedad en la familia del enfermo, que en once años dedicados al aprendizaje y a la práctica de la medicina. Si yo fuera coordinador docente, sustituiría sin pensármelo un segundo dos semanas en cualquiera de las rotaciones por una rotación de acompañante de un enfermo. Durmiendo en los sofás de los acompañantes, comiendo la comida de la cafetería del público, cagando a pulso en los baños de la chusma y bebiendo a morro el agua ferrosa de sus grifos.

Había un momento muy emocionante, que es cuando el celador (camión) venía a llevarse al paciente (vaca) para llevarla al quirófano.

No se sabe bien por qué, pero este es un momento en el que irremediablemente te entran ganas de llorar.  Hordas de lágrimas recorren los pasillos y las caras de los pacientes y familias durante este trayecto. Es verdad que el paciente que va a ser intervenido llora un poco indignamente; in itinere. En una cama con ruedas (de pequeño siempre soñaba con que me llevaran con una de éstas hasta la puerta del cole y así dormir cinco minutos más), con un pijama sin ropa interior y el badajo colgando, y a la vista de todo el público que te mira por los pasillos como a un raza vacuna con pedigrí, como a la Blonde de Aquitania, en una feria de exposición.

Pero tampoco va a llegar el celador a la habitación y decirte:

-          Buenos días, tiene usted cinco minutos para llorar si le hace falta. Avíseme cuando acabe que nos vamos para el quirófano.

Esas lágrimas no son más que mugidos anglosajones que han evolucionado según la cadena filogénica.

En “Inlaterra”, en esas condiciones a las que no me había visto nunca sometido: lluvia, frío, trabajo físico, un país distinto, en el que entendía mal y tarde lo que decía la gente… no podía evitar pensar en todos los represaliados españoles que se tuvieron que exiliar de nuestro país en los años de la posguerra por razones políticas e ideológicas y en todos los que habían tenido que emigrar en los años de la dictadura para buscar un futuro mejor, lejos.

No podía evitar pensar en todos los médicos españoles que miraban al cielo nublado desde el Reino Unido, soñando con el cielo azul de España.

1 comentario:

Lilián dijo...

Muy bueno, Rober. El paralelismo sintáctico y semántico me hizo reír bastante... y pensar, en consecuencia. ¿Aprendiste un poco el English, o sólo podés remedar el mugido de las vacas rubias de Aquitania?