martes, 18 de octubre de 2011

EDUCACIÓN PARA LA FARMACRÍTICA

En el documental “Inside Job”, a un importante economista, máximo responsable del departamento de economía de una importante universidad (Harvard), para demostrarle la dañina influencia que sobre sus opiniones tienen las empresas, le preguntan: si usted supiera que su médico recibe el 80% de sus ingresos de la empresa que comercializa un medicamento y se lo recetara a usted en la consulta, ¿qué pensaría? El tío se queda todo cortado y no sabe qué decir, hasta que el director corta el plano por puro respeto.

En el documental “Super Size Me”, se comenta cómo la empresa McDonald’s, que se escurre el bulto (judicialmente y no) acerca de cualquier influencia sobre la obesidad infantil, tiene a los niños como diana de su marketing. Su logo y personaje es un payaso. Cuentan con parques de juegos entre sus instalaciones, menús para niños. Todo preparado para que una familia tenga bonitos recuerdos de sus comidas en el establecimiento. Esos niños siempre tendrán esa percepción bucólica de los McDonald’s y cuando crezcan serán usuarios también. El 75% de sus clientes son “usuarios intensos” que acuden todas las semanas y el 20% son “usuarios muy intensos” que acuden más de cuatro veces por semana. Esta fidelidad, aparte del volumen de la empresa, demuestra que la campaña de marketing da resultado.

En estos tiempos de replanteamientos varios acerca de lo establecido, deberíamos aprovechar para para redefinir qué es la “libertad”. Los mercados “libres”, sin ningún control de los Estados ni de ninguna agencia de regulación no proveen de libertad, sólo proveen de beneficios para las empresas.

Los adultos, jóvenes y niños “libres” sin nadie que “coarte” (regule) la libertad, no son más que un producto a la deriva de empresas, publicidad y marketing. Se necesita la intervención de “alguien” para poder ser de verdad libre. Se necesita un gobierno que limite (una de las funciones del Ministerio de Sanidad es velar por la Salud Pública, por cierto) los tamaños de las hamburguesas en estos sitios, que establezca las tallas de los vestidos de los desfiles de moda, que haga políticas para evitar que los ciudadanos fumen, que prohíba que empresas de comida basura puedan proveer a los comedores de las escuelas públicas (como pasa en EE.UU.).

Hay un espacio fuera del alcance de cada uno, en el que existe la posibilidad que el ser humano tome decisiones en un sentido o en otro. Tristemente, ante la falta de control de ese espacio, el ser humano, a merced de la televisión y de su falta de pensamiento crítico, se suele transformar en un producto de unos intereses empresariales. Ese espacio debe ocuparlo una autoridad responsable que mire por su ciudadano. A la capacitación de la persona para que sea capaz de sustituir a esa autoridad política por su propio pensamiento es a lo que se debe conocer por educación.

Un médico a la deriva, sin ninguna regulación acerca de la provisión de formación continuada (o con una regulación que lo acerca más a la (de)formación intoxicada que a la formación independiente), sin ninguna regulación acerca de la manera de prescribir fármacos, en un mercado farmacéutico dominado por el interés de la empresas y no por el del Estado (que al final es el que debe representar el interés de la gente, el de todos) es un médico a la deriva, un producto en manos de la industria.

Igual que el cátedro de economía de “Inside Job”, todos sabemos lo que es dañino para el paciente. El paciente, que sabe tanto de Medicina como el cátedro de economía, es decir, más bien poco, lo sabe bien.

Igual que McDonald’s sabe que hay captar al cliente muy temprano, la industria farmacéutica también lo sabe y Ronald McDonald en traje y corbata sabe que debe cuidar bien a los médicos residentes en los vestíbulos de los Centros de Salud o en los hospitales, porque son el futuro.

Incluso sabe que hay que cuidar bien a los estudiantes, para que empiecen la residencia habiendo entrado por el aro.

Por estas razones, se hace imprescindible en opinión del abajo firmante, que haya una asignatura en la carrera de Medicina equivalente a “Educación para la ciudadanía” que sustituya a la religión del marketing y de las actividades industriales. No se trata de decirle a los estudiantes lo que tienen que hacer ni pensar; se trata de enseñarles bien la “Constitución”, educarles en valores y estimular el pensamiento crítico. Por supuesto, la industria, como la iglesia, estará en contra e intentará por todos los medios evitarlo o tutelar el proceso, porque le va los dineros y los fieles en ello.

Después de mucho esfuerzo, se consiguió que la Medicina Familiar entrara en la Universidad. Se ha conseguido que la Medicina General ocupe un lugar en la formación de los estudiantes de Medicina (en algunas facultades). Sin embargo, por ejemplo, en la Universidad Autónoma de Madrid se ha creado una cátedra para ello que paga (o cofinancia, me da igual) una empresa farmacéutica, Novartis. Este hecho, en opinión del abajo firmante es un hecho de una gravedad extrema, que las sociedades científicas que dicen nos representan ni el Ministerio de Educación nunca debieran haber permitido. Es una humillación para la especialidad y absoluta vergüenza para los médicos de familia.
La ausencia de una asignatura de "Educación para" y las consecuencias de la pasividad del Estado en ese espacio supraindividual que viene a determinar, en el fondo, nuestros comportamientos, es la única explicación que se me ocurre para explicar cómo ha sido posible que nos la hayan metido doblada.

1 comentario:

JA Barea dijo...

Para algunos el pensamiento crítico es un dogma muy peligroso. Esto es porque el pensamiento crítico ahoga los dogmas que les permiten respirar. Así que ante tales propuestas responderán diciendo que en la facultad no hay política, que no hay locales para jornadas, o evaluarán cerdamente tu trabajo como residente (eso leí en el harrison, veáse sd. del déspota cuestionado). En fin, antes quemaban a la gente, no está mal el cambio.