martes, 25 de octubre de 2011

BLUEBERRY FIELDS (CAMPOS DE ARÁNDANOS)


Había heredado el patrón de sus ancestros unos campos de arándanos en los que no se ponía el sol.
A éste la (equi)vocación le vino impuesta, con lo que se ahorró un trabajo muy cansado, el de hacerse a sí mismo.
El patrón era el hijo que había permanecido al lado de sus padres, mientras los otros se habían casado y se habían marchado a hacer la vida por su cuenta.
Cuando una familia tiene un gran negocio familiar y varios hijos, es una constante (vital) que algunos de ellos sean unos tarambanas que no quieran ni por asomo aceptar una vida fácil al calor del hogar. Aunque esté ya el camino hecho, tiran campo a través de la maleza. Siempre acaban o perdidos en el monte o doblemente cansados al final del camino. Pero hay gente que si no se revienta durante el día no es capaz de dormir bien por la noche.
Igual de cierto es que en estas familias también siempre hay un hijo manso, fiel, y si se me permite, un poco pardillo, que hace la vida debajo de las faldas. A este tipo de hijos, solteros en su mayoría, se le permiten algunas licencias, como que se emborrachen hasta caerse redondos los sábados en el bar del pueblo o se vayan de putas.
Hasta que los padres del patrón fallecieron, éste se pudo encuadrar en ese patrón. Pero no todos los humanos estamos cortados por el mismo patrón.
Después del hecho luctuoso, el patrón decidió que era el momento de reinventarse, con lo que finalmente no escapó al terrible trabajo de hacerse a sí mismo. Como había asumido el cuidado de los padres ante la ausencia de los demás hijos, supo aprovechar bien la culpabilidad de éstos para hacerse con sus partes de la finca en unas condiciones económicas más que ventajosas.
El arándano es una fruta poco conocida en España, en Inglaterra es la segunda en volumen de cultivo después de la fresa.
Mi trabajo era doblarme el lomo sobre la planta para recolectar la fruta, seleccionarla y depositarla en una cesta. Era fácil, pero aburrido. Yo intentaba llenar el vacío pensando que algún día escribiría una historia como ésta. Cuando llovía a cántaros y notaba ya que el agua me llegaba a mojar los calzoncillos, me acordaba de los españoles que tuvieron que emigrar por huevos, no por capricho, tarareaba en la cabeza “El emigrante” de Valderrama y hacía camuflar alguna lágrima con los goterones que me (re)corrían la cara.
El patrón era persona recia, seria, y tuve que hacerle un par de tortillas de patatas y enseñarle la Macarena para ganarme su confianza.
Un día me dijo: ven conmigo, Guoberto. Y mientras andábamos: te voy a enseñar un secreto. Me metió por un camino que se salía de la finca hasta un cobertizo.
Abrió y lo que vi fue un laboratorio acojonante. Tenía una gran cantidad de semilleros, con muchos tiestos, con básculas, con muchas semillas y un instrumento de metal gigante.
Me dijo: si uno hace algo en la vida de manera repetitiva, y tiene algún mínimo interés por lo que está haciendo, lo lógico es que se empiece a hacer preguntas rápidamente. Yo, cuando vivían mis padres, y también recogía el arándano como lo estás recogiendo ahora tú, no paraba de hacérmelas y ahora que se han muerto y que la finca es mía, estoy intentando contestar a todas y cada una […] Si tuviera que seguir solamente recogiendo arándano, sin hacer nada más, me estaría muriendo del asco […] De vez en cuando me gusta seguir bajando con vosotros a por él, porque si te dedicas al laboratorio por completo pierdes la perspectiva…
Me dijo cómo se llamaba el instrumento grande, lo busqué en el diccionario, y era una alquitara. Estaba buscando la forma de inventar el vino de arándano. Decía que sólo lo intentaría vender si resultaba un vino excelente, el mejor.
Me explicó que él quería ser el Robin Hood del arándano. Sabía que era una fruta cara, que no todo el mundo podía consumir. Si hacía un vino especial, selecto, podía venderlo caro. La gente que tiene dinero lo pagaría sin problemas, con lo que podría bajar el precio del arándano para democratizar el consumo.
Pensé que aunque no había sido capaz de entenderlo bien durante la residencia, había merecido la pena haberse ido lejos de casa a hacer una cosa que nada (o todo) tenía que ver con la Medicina para comprender de dónde salía el espíritu investigador y la importancia de éste.
Si uno dedica el tiempo a ver pacientes es natural que le surjan preguntas, y si tiene un mínimo de interés intente buscar las respuestas. Y si no las encuentra, intente responderlas él mismo.
Si uno deja de ver pacientes, las preguntas cada vez se van separando más de ellos, hasta el punto de que las respuestas dejan de responder a las necesidades de éstos, para empezar a responder a las necesidades del que se hace la pregunta.
Si uno se dedica a tiempo completo a ver pacientes, es imposible que le quede tiempo y ganas de investigar, porque la consulta agota.
Antes de irnos, me alcanzó un bote de los que hacía algunos meses que no veía. Me dijo tal cual: mea here, please. Y luego en inglés: estoy intentando ver si la urea de la orina acelera el crecimiento de la planta en las primeras fases tras la plantación.
Yo le dije: ¿y por qué me pides la mía y no meas tú?
Porque los ingleses bebemos muy poca agua y mucho té, por lo que tenemos la orina muy concentrada y quiero probar con una dilución inferior, me contestó.

2 comentarios:

Lilián dijo...

En Patagonia también crecen los arándanos y se está industrilizando como producto de medicina natural. Contiene mucha vitamina C, sobretodo.Me imagino que quienes lo cosechan se están buscando a sí mismo, encontrando su identidad, que quedó perdida o nunca hallada. El contacto con la naturaleza favorece la relación intensa con la vida y con las personas que te rodean, quizás sin alquitara.
Aprendí una palabra nueva, gracias, y viene del árabe. Haciendo una analogía, hay que rebuscárselas para "hacer destilar del alambique" la propia identidad.

Manuel Comesaña dijo...

Es muy difícil que, en una misma persona, convivan el investigador que se hace preguntas y trate de responderías con el negociante que sabe rentabilizar el hipotético descubrimiento. Normalmente tiene que ser otro el que se de cuenta de que a ese vino de arándanos se le puede sacar dinero.
Y, por supuesto, existe un tercero que se dedica a evaluar con que impuestos se tiene que gravar la bebida. Convéncete: no hay duda de que el vino de arándanos estaría insípido, sería caro y tendría muchos impuestos. Sigamos con el de uva y dejemos el arándano para esas tartas con el café lánguido de la merienda.
Un abrazo.