martes, 2 de agosto de 2011

LOS VERANOS DE LOS POBRES

Hubo un tiempo en el que nos juntábamos los chavales de mi barrio para ver pasar los veranos. Exactamente para verlos pasar, porque no hacíamos nada más.

Recuerdo agosto como un mes yermo, baldío.

Ahora que conceptualmente he cambiado de clase social (decir lo contrario sería mentir), aunque sigo siendo un paria y un proletario en cuerpo y alma, le tengo al mes de agosto un cariño especial.

Lo más novedoso que pasaba para los chavales de mi barrio de Salamanca en el mes de agosto eran las estudiantes que nos traían el extranjero (ese lugar inhóspito, peligroso y desconocido) a casa. Nos traían el extranjero y nos traían el verano. Nos traían el amor y el desamor de la partida. La historia de las suecas seguía viva 30 años después.

Recuerdo una vez que toqué un culo francés y me supo a cruasán.

La democracia y en mi opinión el socialismo de pana, nos dio a los niños humildes españoles la oportunidad de estudiar una carrera universitaria.

Los veranos, sin embargo, eran áridos para los humildes. No teníamos una segunda vivienda ni nos movíamos mucho de la ciudad.

Los pudientes iban al chalé de la urbanización (decir esta palabra borracho se antoja imposible), al apartamento de la playa o a estudiar idiomas al extranjero y tocar los culos de repostería en su medio natural.

No había nada más descorazonador (arrancar, quitar, sacar el corazón) que enamorarte de la hija de una familia pudiente que se iba todo el verano fuera y que a la vuelta no se acordaba ni de cómo te llamabas. Los humildes otra cosa no, pero de saber esperar sabemos un poco.

Los ricos saben bien lo que es bueno en la vida. Hay fijarse mucho en lo que hacen. No fuman, hacen deporte, estudian inglés y estudian carreras en la universidad. Siempre se dice que hay demasiados universitarios, que tiene que haber peluqueros, fruteros, obreros… pero ésos nunca son los hijos de los ricos. Los ricos no quieren que sus hijos sean peluqueros ni fruteros ni obreros, quieren que lo sean los hijos de los demás.

Hay que saber inglés. Para progresar en la vida hay que saber inglés. Los médicos de familia deben saber inglés. El buen médico, en palabras del insigne Favaloro debe trabajar en 3 direcciones: asistencia, docencia e investigación. Para morirte del asco durante 40 años encerrado en una consulta, acabar maltratando a los pacientes y a todo el que se te ponga por delante, meterte pa la saca 4000 pepinos al mes, pagarte un par de coches, un par de hipotecas y llevar a tus hijos a un colegio privado para que no se junten con los inmigrantes y con los gitanos no hace falta saber inglés, pero para ser un buen médico de familia sí.

Si aprendes bien el inglés no te hará falta que los de la bicha de la industria farmacéutica te extiendan la guía de hipertensión de la Sociedad Europea de Hipertensión traducida ni que te paguen como a los especialistas un profesor nativo para que te vaya a dar clases al hospital, recordemos, un edificio público.

Para ser un buen médico de familia hace falta leer a Bárbara Starfield, a Tudor Hart, a Treppo Jarvinen. Hace falta leer Prescrire, Therapeutics Initiative, JAMA, Healthy Skepticism, BMJ, NEJM. Para ser un buen médico de familia hace falta leerse las noticias de la BBC y ver películas en versión original.

Para ser un buen médico de familia hay que saber inglés como Tiago Villanueva, Raquel Gómez Bravo o Sergio Minué, que dice la leyenda que lo aprendió traduciendo canciones.

No hace falta gastarse el oro y el moro, ni apuntarse al curso más caro de toda la Gran Bretaña para aprender inglés en el extranjero. Es suficiente un pequeño ordenador, un wifi a mano de vez en cuando y un poco de arrojo para participar, por ejemplo, en un proyecto como éste: WWOOF, trabajando en granjas ecológicas por alojamiento y comida.

Yo creo que aprender inglés representa un esfuerzo hercúleo, pero que tiene su recompensa.
El buen médico de familia, que es el médico que quiere cambiar el mundo a través y a partir de sus pacientes, ha de transitar caminos paralelos a la consulta y a los pacientes.

El médico de familia que transita estos caminos para cambiar el mundo no es un traidor ni un vago. Justamente es lo contrario. El médico de familia que deja una vida cómoda en su país y que renuncia a un pastizal (siento seguir teniendo alma de proletario pero a mí 3000 euros al mes me sigue pareciendo una pasta) no es un villano, sino un héroe (véase en el blog la entrevista a Tomás Zapata. No es que tenga fijación con este hombre, sé que hay muchos Tomás Zapata por el mundo pero es que yo sólo conozco a uno).

El médico de familia que se deja la piel de verdad aprende inglés aunque sea con callos en la manos (como dice aquella mítica frase de la película Barrio: no de hacerse pajas si no de trabajar) y cuando toca un culo inglés nativo en su medio le sabe a tortilla de patatas con cebolla.

2 comentarios:

TMartínez dijo...

Estimado Roberto:Permiteme el tuteo aunque solo sea por la diferencia de edad que nos separa. Sigo tus comentarios desde hace algún tiempo.Comparto contigo muchas de tus inquietudes y admiro tu coraje e idealismo; pero creo que para ser un buen Médico de Familia no hace falta saber inglés. Hace falta saber mirar a los ojos de tus pacientes y aguantar su mirada en busca de respuesta a sus dolencias. Hace falta saber coger y acariciar la mano de tu paciente o saber acariciarle la mejilla. Yo aun estoy aprendiendolo, el ingles por correspondencia a por los cursos del "follow me" me voy defendiendo pero lo otro...joder lo que cuesta aprenderlo.

Lilián dijo...

Doctorcito: admiro tu valentía y tu vocación de servicio. No desecho la intención de aprender inglés para ser un buen médico (y valoro tu peculiar manera de aprenderlo metiendo las manos en la tierra de la huerta comunitaria: es todo un símbolo)siempre y cuando tus pacientes hablen ese idioma (creo percibir cierta ironía) Me parece más importante aún, ejercitar el código de la comunicación médico-paciente (y viceversa) a través de una mirada, la comprensión, una palabra "universal", una caricia. Todo eso vale más que cualquier discurso en cualquier idioma.