lunes, 22 de agosto de 2011

LA GALLINA QUE NO PONÍA HUEVOS

Tenía la casa un amplio jardín. Pacían en el mismo tres gallinas.

Dos eran bonitas, esbeltas, tenían plumones en las patas. Nunca pensé que pudieran existir aves de corral exóticas. La dueña de la casa presumía de ellas, como quien presume de hijos, de perros o de cocina. Decía que en vez de tener estatuas de gnomos en el jardín, prefería tener a sus gallinas que engalanaban la casa.


La otra gallina era de color blanco. `

-   No es blanca - me corrigió la dueña –, tiene canas.
Era muy mayor y siempre estaba recluida en la caseta. Apenas salía y cuando lo hacía le costaba moverse. Hacía vida corral-sillón. No era una gallina atractiva a los ojos de un contemporáneo.


Esa gallina me recordaba a los abuelitos de la consulta. Con sus pijamas por debajo del pantalón de pana, sus inseguridades, sus miradas perdidas, sus bradicinesias, sus permanentes de laca, las manos cruzadas en el regazo, las camisetas interiores, los pantalones por el ombligo, el botón de teleasistencia alrededor del cuello y los hijos con prisas.
Como a los abuelos les decimos que hay que andar todos los días media hora, un día levanté a la gallina con mis manos y le dije: Levántate y anda. Entonces mostró las patas y esto es lo que vi.


Me acordaba de cuando me daba por levantarle a los abuelos el pantalón de pana y después de ver que llevaban pijama (si no se lo levantas no lo ves) observaba que tenían las piernas hechas un cristo de edemas y úlceras. O cuando un día me daba por visitarlos en sus domicilios y veía que vivían en un(a) corral(a) sin nada en la nevera. Si no abres la nevera, nunca puedes saber si no hay nada.

Todas las mañanas recogía los huevos y enseguida me di cuenta de que la blanca no ponía. Les echaba agua y comida a diario y sabía que en el caso de la gallina vieja era una inversión a fondo perdido.

-   Si estuvieras en manos de los mercados, ya serías no serías gallina, sino gallinejas – pensaba-.

Yo nunca le pregunté a la patrona qué era lo que le impulsaba a mantener a la gallina bajo sus cuidados. Nunca le pregunté si la gallina había puesto muchos huevos cuando tenía recetas verdes. Nunca le pregunté que si no tuviera las otras dos gallinas que le ponían un huevo diario cada una seguiría manteniendo a la gallina canosa.

La dueña cuidaba a la gallinita ciega porque le salía de dentro, como mamífero que era.

En el mundo de vertebrados en que vivimos han llegado unos impresentables (banqueros y políticos de todos los partidos) a destruirnos la casa y el jardín por su propio interés y han empezado a hacer preguntas, miles de preguntas, sobre las razones y la naturaleza de los cuidados que reciben todas las gallinas canosas y viejas de todos los corrales.

Parece que tenemos que dar explicaciones por llevar en nuestro corazón los instintos de los mamíferos. Los instintos de la manada.

Mientras la especie no se extinga los seguiremos llevando, aunque les moleste.

1 comentario:

Lilián dijo...

Muy bueno, Rober por tu capacidad de observación, ahora que estás en el ámbito de la granja. Las analogías con los humanos son posibles.
Por ejemplo yo, me siento exteriormente como la gallina blanca, pero sólo porque me cortaron tan mal el pelo, que parezco una gallina desplumada y cacareando, una vez que puso el huevo. Conste que sólo exteriormente...