martes, 29 de junio de 2010

ALBERTI MURIÓ EN COU

Aunque haya sido capaz de escribir algo desde los 18 años, lo único que he hecho ha sido intentarme recuperar de mi gran fracaso literario, que fue que no me dejaran escribir el discurso de despedida de COU. Ese día, aprendí que no se puede ser escritor sin ser pudoroso y que, como decía Javier Cercas, a lo máximo que puede aspirar un escritor es a ser él mismo. Nadie que pretenda ser escritor puede decir que quiere ser escritor. Entre la gente de mi alrededor conozco a muchos escritores que no escriben porque no saben que lo son. Yo, ya nunca más podré escribir los libros que siempre quise escribir cuando tenía 18 años: ni “Alberti murió en COU” ni “Versos de arte menor”, al igual que ya nunca podré volver a besar a las novias de entonces.

Como a veces, la vida baja la guardia (a diferencia, por ejemplo del urólogo, que nunca baja a la guardia), me he encontrado con alguna de ellas en las escaleras del metro, uno subiendo y otro bajando y nos hemos mirado como se mira la gente en esa pasarela especular. Nos hemos esquivado sin movernos del sitio, y hemos bajado la cabeza, al igual que yo bajé la cabeza y miré hacia otro lado, porque ya había aprendido que si se quiere ser escritor hay que ser pudoroso, el día que mis compañeros me pidieron que escribiera el discurso de despedida de los residentes mayores. A lo mejor estaba escribiendo “Alberti murió en COU” y “Versos de arte menor” y no me estaba dando cuenta.

Ahí va:
Si el primer día de la residencia, en el vino de honor que ofrece el área, hubiéramos sabido que eso iba a ser lo único gratis que nos iban a dar en cuatro años, quizá hubiéramos comido un último canapé. Te pasaste el primer el año con la mochila debajo del fregadero de la consulta de trauma, con los uniformes de pantalones piratas y los bolsillos bien cargados. Tenías que llevar contigo todo lo que tenías de valor porque no tenías taquilla. Dentro de poco se va a identificar al residente de familia porque, a diferencia de los especialistas que hacen guardias de mochila, nosotros las vamos a hacer con la mochila a la espalda.

Suspiraste cuando viste en la planta de Medicina Interna que no sólo en Primaria hay que hacer infinita burocracia. Recorriste pasillos y pasillos en busca de constantes vitales, que había que copiar de un cuaderno que nunca en la vida estaba en su sitio. Mucho se ha hablado de que nos paguen la gasolina de las guardias rurales, pero muy poco de que nos paguen el kilometraje de aquellos días viendo periféricos por todas las plantas. Te intentaste escaquear de preparar la sesión de los martes en la biblioteca. Pasaste el Barthel, los informes a limpio y las analíticas. Pasaste del Barthel, de los informes a limpio y de las analíticas. Te equivocaste miles de veces y abriste el archivador al revés. Entendiste rápido que el éxito de la rotación pasaba por acertar el sitio adecuado para hacer con la taladradora los agujeros en los folios. Que el mundo puede volverse contra ti si no pones una etiqueta en un volante de una analítica.

Pusiste tu cuerpo de señorito a prueba pasando la planta saliente de guardia. Está claro que el residente de familia no ha nacido para sufrir. Si hubiera sido así, habría elegido Medicina Interna. Después de 8 meses en este servicio podemos concluir que lo mejor de él son las vistas desde sus ventanales. Qué desagradecidos que somos, encima nos quejamos de uno de los sitios donde, honestamente, mejor nos tratan y más considerados nos tienen (por el interés te quiero Andrés).
No sólo aquí, también nos quieren mucho en Cirugía y Trauma, sobre todo los fines de semana cuando cubrimos los puestos de guardia. En ésta última, si además eres mujer, notarás un afecto muy gratificante para el ego. Podrás asentar, además, los conocimientos en el momento de la comida y cena, donde más vale que tengas algo en lo que pensar, si no quieres tener que sacar un tema de conversación que se diluirá al segundo en medio de otra conversación ajena a ti.

Has acabado el primer año y has prosperado mucho, ya sabes cuáles son las frases que hay que decir en los servicios para caer bien, para hacer amigos, ya has aprendido el método VOC (ver, oír y callar) y ya se te ha trombosado un par de veces la hemorroide de calentar silla a lo largo de R1.

No pasa nada, de repente ya eres casi mayor, ya eres R2, ya te has aprendido el cólico nefrítico y la insuficiencia cardíaca y te han dicho que este año es el mejor porque no tienes ni responsabilidad ni presión. Que sólo tienes que centrar tu esfuerzo en tener un primer día de colegio cada 2 meses, con cada nueva rotación. Sólo ha pasado un año y ya has visto cómo un par de compañeros lo han dejado, otro par ya dice que no le gusta el centro de salud. No pasa nada, quedan aun otros doce. Tres de ellos ya comentan la posibilidad de hacer una segunda especialidad. Te han preguntado personas allegadas, sanitarias y no, si cuando termines no quieres hacer otra especialidad. Te interrogas acerca de por qué razón esa pregunta nunca se la harían a un cardiólogo o a un dermatólogo. Pero es igual, siempre quisiste coger familia, no lo hiciste porque no te diera la nota para otra cosa y vas a empezar fuerte el segundo año, aunque el espejismo de la amistad del principio de la residencia haya pasado.

El segundo año empieza mal, has rotado por ojos y otorrino y te das cuenta, cuando llegas a ese paraíso de la docencia llamado Hospital Niño Jesús, que no has visto ni aprendido nada de un oído en todo ese mes. La verdad es que el estado de los otoscopios de la urgencia no han contribuido mucho a tu formación. Llegaste a ese hospital y te quedaste asustado porque el primer día se aprendieron tu nombre y te llamaban por él continuamente. Una vez un adjunto trabajó un poco porque tú fueras a una sesión a aprender y sentiste miedo, porque pensabas que algo malo se escondía detrás. Tus sospechas aumentaron cuando una mañana, después de haber trabajado solamente 24 horas seguidas, la señora de la limpieza no te despertó a las 9 de la mañana dando continuos portazos y voces. Comprendiste que se podían limpiar las habitaciones a partir de las 12 y no pasaba nada. ¡Dios, no podía ser! Te servían el plato en la mesa y una vez, tras trabajar durante 8 horas sin parar te preguntaron si querías otro filete. Pensabas que algo malo iba a pasar.
Buscando la grieta en la realidad, hasta llegaste a pensar que quizá esos caramelos que regalaban contenían un veneno mortal. No, parecía que no. ¿Qué era si no? ¿Estaría contaminada acaso ese agua fresquita que salía de esa fuente tan diferente a la que salía de los grifos de La Princesa, en los que tenías que beber a morro? Lo más terrorífico, lo que de verdad te inquietó es que una vez llamaste al cirujano y lograste que viniera aunque el paciente tuviera también una itu, que te iban a hacer una eco y no sabías la marca de la bolsa de gusanitos que se había comido el niño antes de empezar con el dolor. Tenías miedo. La gente decía que se podía aparcar gratis. Los residentes mayores se iban a fuera de España a rotar. Estaban locos. Les animaban a irse a congresos y a faltar días al trabajo. Fíjate si se les iba la olla que el hospital hacía un acto de agradecimiento a los que se iban por haber dejado lo mejor de sí durante 4 largos años en esa casa. Qué sentimentalismo barato.

Menos mal que esto se te olvidó rápido cuando volviste al hospital que te ha dado tanto. Tenías que aprovechar, te quedaba poco de R2, sabías que el año siguiente ibas a pisar poco por allí. Debías apresurarte para sacar partido al hecho de que las enfermeras te saludaran ya por el pasillo, que a veces hasta te hablaran desinteresadamente, por pasar el rato, y que descubrieras hasta que quizá, con un poco de empeño por tu parte, puede que les cayeras bien.

Sin enterarte te habías convertido en todo un R3. Habías pasado a integrar el grupo de los residentes mayores. Por si no te habías enterado había más mayores que tú, los que formaban el pool de Interna. Te preguntaste siempre quién había institucionalizado la palabra pool, para designar a ese grupo.

Si sabías poco de las patologías de la urgencia, ya ibas a ver ahora qué bien, con un año entero rotando fuera en especialidades que nada tienen que ver con lo que se manejaba en las guardias. Te pusiste nervioso el día que te diste cuenta de que el R2 de Interna sabía más que tú, pero no se lo dijiste a nadie por miedo a que no te fueran a ofrecer un contrato basura para quedarte allí al acabar. Aprendiste rápido que a veces la pregunta no acaba siendo otra cosa sino una manera de exponer tus carencias y la fuiste arrinconando poco a poco. Sobre todo, la pregunta por la noche. Esa gran enemiga de la que había alejarse. La duda por la noche era como el coco. (Canta) Que viene el coco y te comerá. Las dudas si se tenían, al menos, que fueran por el día, al igual que la TVP. Que si no ya sabes lo que pasa. En eso sí que somos funcionarios de verdad: vuelva usted mañana.

Sobrevivimos medio añito de nada entre las rotaciones de psiquiatría y gine. En la primera, nos salvaron el culo los residentes y entre los adjuntos vivimos con la terrible duda de si podíamos ver o no una revisión, y por qué con unos sí y con otros no. En este estado y a estas alturas de la película la duda era optar por la depresión o directamente por la esquizofrenia. Pasaste de ser un apestado en psiquiatría a pasar la consulta de un ginecólogo en el centro de especialidades. Sin duda la versatilidad es un punto fuerte del médico de familia. Puedes no estar capacitado para poner un antidepresivo pero sí que lo estás para decidir poner una bomba de DOPA.
Pasó todo rápido, también los meses de rotaciones optativas. Ese tiempo en el que confiaste durante toda la residencia que ibas a aprender lo que no habías aprendido en el resto de los años. Menos mal, que aunque totalmente falto de conocimientos médicos llegaste a Paliativos y te hiciste un médico en el sentido humano y social del término. El problema está en que a ver quién es el listo, que después de haber visto la suerte que puedes correr en la vida, dedica una tarde de primavera a estudiar y no a irse por ahí a pasárselo bien.
A lo largo de este año, se propagó un virus que algunos llamaron gripe A, pero que en realidad actuaba dejando embarazadas a las chicas y uniéndolas en matrimonio con los chicos.

Así que volviste a casa. A ese lugar donde te despediste hace mucho mucho tiempo, y que sin embargo ha pasado de un plumazo. Volviste a existir, o al menos el trato de favor pelotillero del representante de turno te hizo albergar ese espejismo. Tuviste un año entero para mostrar esa imagen del médico residente simpático, bien formado, estudioso, culto y humano, pero en vez de hacerlo al principio de cada rotación con tu adjunto y tus compañeros, tuviste que hacerlo con cada uno de los pacientes, para lograr que no desconfiaran (al menos mucho) de ti. Qué pereza, ¿no?

Pero ahora, amigo, ha llegado el fin. Ha llegado el día de echar a volar. Eres un MAP de pleno derecho. El sistema ya te autoriza para doblar, cotizar día a día, para no tener ni idea hoy de donde vas a trabajar mañana, para ser un perfecto esclavo. Considerarás el pluriempleo como una virtud y sudarás sangre para pagar la hipoteca. Ya lo decía el refrán: La letra con sangre entra.

Así irás creciendo poco a poco, y te irás haciendo mayor. Puede que no te acabes acordando mucho de la residencia, al igual que, por mucho que se empeñen los discursos de despedida, ya no quede casi nada del chaval pajillero, ni de la chavala que soñaba con el futuro que siempre había soñado al acabar el instituto. Tampoco del soñador que soñaba con cambiar el mundo al acabar la carrera y que ha acabado comprendiendo que lo primero que se tiene que cambiar es el mundo de cada uno, si se tiene alguna intención de cambiar algo.
Pero quizá, con un poco de suerte, en medio de la soledad que siempre acompaña al médico de atención primaria, te acuerdes algún día de las risas, de las anécdotas con los pacientes, de la sensación de cuando te tocan las sábanas después de la guardia, de los ratos en el cuartito de residentes cuando no hay pacientes que ver.

Han pasado muchos años desde las prácticas de la facultad. Eran tiempos de inviernos crudos, porque siempre los tiempos difíciles del pasado se han de recordar con frío. En esos años, el paciente, después de preguntar quién eras al médico, en el último momento de la consulta, cuando ya se iba a casa a hacer control por MAP, cuando ya no tenía por qué, entreabría de nuevo la puerta y decía: “Que tengas suerte, chaval”.
Pues eso, amigos, es lo que os queremos decir a vosotros hoy: Gracias por todo. Que tengáis suerte, chavales.

*** La frase y la escena que rodea al “Que tengas suerte, chaval” está basada en algo que leí hace tiempo de mi compañero y sin embargo amigo Tomás González Blázquez, residente de familia en Zamora.

sábado, 26 de junio de 2010

YO QUIERO SER MÉDICO DE FAMILIA

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/quiero/ser/medico/familia/elpepisoc/20100607elpepisoc_1/Tes

El médico de familia es mucho más que médico; es sociólogo, antropólogo, poeta. Viajero, economista, portero. Camello, coyote, sherpa, derviche girador. Gestor, carnicero, chofer. Sacerdote, alguacil y meteorólogo. Siempre tiene que saber por dónde va a venir el viento.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/quiero/ser/medico/familia/elpepiopi/20100613elpepiopi_8/Tes

CITAS EN EL PARQUE

Me gustan los viejos que pedalean en los soportes de gimnasia queriendo llegar al fin del mundo sin moverse del sitio.
Me gustaría pasar la consulta en el parque. Igual que los maestros dan clases en primavera. Igual que los médicos rurales ven a los pacientes de los pueblos muy pequeños en la plaza.
Me gusta ver a los inmigrantes compartiendo los productos de la tierra, con las guitarritas, recordando las viejas canciones con los ojos húmedos. Me enorgullece oírlos hablar con satisfacción de su médico. Me gusta ver a los hijos de los españoles jugando con los hijos de los extranjeros. Sus padres, son los únicos que quizá se den cuenta de que han tenido que renunciar a una generación para poder verlos jugar en un mundo mejor. A su generación.
 

3

http://d14aafm5ckv3lj.cloudfront.net/n127/02reportajes.pdf

DOCTOR HOUSE

Me gusta ser médico porque se puede entrar en la casa de la gente. Es difícil observar cada detalle mientras intentas aparentar que escuchas al enfermo. Observar no es lo mismo que cotillear. El médico observa, no cotillea. No cotillea el tiraje ni la ictericia conjuntival, si no que la observa. Cuando entro en casa ajena, la inspecciono como al paciente. Es fácil deducir cómo es el inquilino inspeccionando su casa. Me estoy entrenando ahora en una tarea algo más compleja. Diagnosticar la patología del morador desde el salón. El otro día, me avisaron por un dolor abdominal y después de hablar con la mujer del interesado y fijarme bien en las estanterías, casi entro en su habitación y le suelto a bocajarro, sin verlo, que lo que tiene es un vólvulo gástrico. Esta práctica puede costarte más de un disgusto. Hace poco fui a un convento de monjas de clausura (el colectivo que más avisos a domicilio genera) y después de ver los Cristos y los pasteles recién hechos casi le diagnostico a la paciente un cáncer de endometrio. Y resulta que era una novicia.


BALADA DEL MAP

... o RAP del MAP...

http://es.scribd.com/doc/62234631/Balada-Del-Map

DEL USUARIO AL PAISANO

Me bauticé con agüita del río Lozoya...

Relato de una rotación de Medicina Rural

http://www.actasanitaria.com/fileset/doc_51285_FICHERO_NOTICIA_34319.pdf