sábado, 26 de junio de 2010

DOCTOR HOUSE

Me gusta ser médico porque se puede entrar en la casa de la gente. Es difícil observar cada detalle mientras intentas aparentar que escuchas al enfermo. Observar no es lo mismo que cotillear. El médico observa, no cotillea. No cotillea el tiraje ni la ictericia conjuntival, si no que la observa. Cuando entro en casa ajena, la inspecciono como al paciente. Es fácil deducir cómo es el inquilino inspeccionando su casa. Me estoy entrenando ahora en una tarea algo más compleja. Diagnosticar la patología del morador desde el salón. El otro día, me avisaron por un dolor abdominal y después de hablar con la mujer del interesado y fijarme bien en las estanterías, casi entro en su habitación y le suelto a bocajarro, sin verlo, que lo que tiene es un vólvulo gástrico. Esta práctica puede costarte más de un disgusto. Hace poco fui a un convento de monjas de clausura (el colectivo que más avisos a domicilio genera) y después de ver los Cristos y los pasteles recién hechos casi le diagnostico a la paciente un cáncer de endometrio. Y resulta que era una novicia.


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