Un verano me fui detrás de una
sustitución “larga” (1 mes) a un pueblo. Me gusta la Medicina Rural y estaba
tan desesperado de ir de aquí para allá que estaba dispuesto a lo que fuera con
tal de estar más de 5 días en la misma consulta. Lo peor de la Medicina Rural es que hay que
irse hasta los pueblos para ejercerla.
Me alquilé un piso en el sitio.
Al principio estaba bastante
contento, pues me hacía gracia lo de la vida rural. Me gustaba no tener que
levantarme a las 6 para estar en la consulta a las 8.
Según se iban sucediendo los
días, el aislamiento iba haciendo mella en mí. Pasaba los días y las tardes en
casa, solo, estudiando unos libros que llevé, leyendo, durmiendo la siesta,
viendo las noticias y poco más.
Por otro lado, era bueno aprender
a vivir sin algunas cosas absurdas y sin algotras cosas que están bien, a las
que probablemente demos más importancia de la que tienen o a las que dediquemos
más tiempo del que merecen. Internet es el paradigma.
Me sucedía que cuando salía por
el pueblo a dar una vuelta solía ir como cohibido, pensando en que me
encontraría con algún paciente. Cuando iba a algún sitio y en efecto había
algún paciente, no me sentía totalmente libre para hacer o decir. No sé si esa
actitud mía era algo normal o si por el contrario no tenía ningún fundamento.
Algunos días recibía algunas
visitas cortas que me alegraban bastante, pero volvía enseguida a ese estado de
letargia y soledad.
Todos los días me levantaba
ansioso para ver si pasaba algo que me tuviera entretenido.
Alquilé un piso en un bloque en
el que vivían predominantemente inmigrantes. Solían cenar tarde y cocinar
mucho. La vida de los inmigrantes no era una vida fácil de 8 a 15, como la mía.
En el patio de la cocina se solía escuchar mucho jaleo. Pero comencé a observar
que también en la casa de al lado siempre se escuchaban muchas voces, de una
pareja que ponía la música muy alta los días de fin de semana por la mañana y
que solían discutir mucho. La sensación se fue acrecentando a medida que pasaron
las semanas.
En mi planta había solamente
otras tres puertas. Una, de una viuda. Lo sabía porque ponía en esa
plaquita de la puerta: Josefa XX.
Viuda de XX. Otra, de un filipino con su hijo, y en otra la de esta pareja con
niños.
Me picaba tanto la curiosidad y
estaba tan aburrido que cada vez que oía algún ruido en la escalera iba a oler
a la mirilla a ver si los veía.
Una vez así lo hice y vi que la
chica (era joven, tendría 32) era una paciente que había venido a mi consulta
un día y que me había mencionado un cierto conflicto familiar y una situación
personal delicada.
Una tarde, tirado en la cama
leyendo un libro les comencé a oír de nuevo discutir y gritar. El chico era de
fuera, porque hablaba con acento. O rumano o marroquí, no sé.
Yo tenía el maletín abierto en la
habitación, y mirándolo, no sé por qué, en un momento de lucidez, me se ocurrió
sacar el fonendo y ponerlo en la pared, como en las pilículas.
Me quedé flipao cuando pude
apreciar que podía oír la conversación con una nitidez asombrosa. Como si
estuvieran en mi casa mismamente.
Pasaba las tardes enteras
escuchándoles y llegué al punto de morirme de ganas en el trabajo de que
llegaran las 15 para llegar a casa. Algunos días, me compraba unos sandwiches y
todo y comía pegado a la pared. Tuve que darme un par de veces vaselina en los
pabellones auriculares debido a la agresiva impronta de las olivas.
No puedo decir nada acerca del
conflicto ni de la historia, pues en parte la conocí y la reconstruí también
por lo que me iba diciendo la paciente en la consulta, que vino varias veces en
aquel mes. Contándola incurriría en
revelación de secreto profesional.
Sólo puedo decir que era una
historia cojonuda, apasionante.
Cuando salían por la tarde o
cuando se iban por la noche a la cama, sacaba el ordenador y me ponía a
escribirla como loco.
El día antes de abandonar el piso
me compré un destornillador que usé como palanca para levantar una baldosa del
suelo que ya estaba un poco perjudicada. Metí la historia de la paciente que habia
impreso debajo de la baldosa, hice un poco de cemento en el fregadero y la
soldé hasta que quedó perfecta.
Ahí la dejé, no sé ni para quién
ni para qué, pero no se me ocurrió otra cosa que hacer con ella. Para que
dentro de 100 años la descubran las nuevas generaciones, como pasa en las
pilículas y noticieros.
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