miércoles, 26 de diciembre de 2018

RADIOFÓRMULAS CASTELLANOLEONESAS

La privatización en un sistema sanitario es como el volumen de la radio. La ruleta siempre está ahí y la mano humana lo que hace es girar la rueda para aumentarlo o disminuirlo.

La privatización de un sistema es por tanto una cosa más cuantitativa que cualitativa. No se trata tanto de si sí o si no sino de cuánto.

Para llegar a los volúmenes altos hay que ir girando poco a poco desde los volúmenes bajos pasando por los medios. Si se produce un giro demasiado brusco desde volúmenes bajos hasta los altos se produce una distorsión del sonido que estropea el aparato. Esto lo sabe casi todo el mundo, menos algunos incautos, iluminados o ignorantes, o menos Lasquetty, actual jefe de gabinete de Pablo Casado por cierto, que es las tres a la vez.

Para llegar a los volúmenes altos, hay que ir preparando antes al sistema, hay que “acicalarlo”.

En los volúmenes medios, hay una serie de acciones que hay que poner en marcha para poder hacer subir la tonalidad. Casi todas son bien conocidas.

Una de ellas es la siguiente: todos los sistemas sanitarios tienen unos centros de información que reciben las derivaciones de los pacientes desde el médico de cabecera al especialista del hospital. Su misión en un sistema de volúmenes bajos es manejar un sistema informático que permita asignar a ese paciente a un hueco de agenda de una determinada consulta de especialistas del hospital.

Pero si lo que queremos es subir el volumen podemos utilizar esta herramienta en teoría inocente para otro fin: el sistema informático nos dirá lo que va a tardar el especialista del hospital en poder ver al paciente (o lo que va a tardar la cirugía, o la prueba etc). El sistema de salud puede establecer unos plazos máximos (20 o 30 días, pongamos por caso) para que los pacientes sean vistos por el especialista del hospital, cosa que será bienvenida por la población.

Pero habrá truco: cuando se supere el plazo para poder ser visto u operado en el centro público, se podrá acceder al derecho de hacerlo, pero ya en un centro privado.

La jugada es maestra. A saber: 1) las listas de espera son un elemento consustancial a los sistemas públicos de salud porque el sistema público no puede excluir a nadie 2) la demanda de los servicios en general tiende a crecer: no porque la demanda de un servicio “gratuito” tienda al infinito como dicen quienes no creen en lo público sino por diversos factores más complejos: medicalización de la sociedad, escasa red de servicios sociales que terminan derivando los problemas hacia los servicios sanitarios etc etc 3) Lo que hace un sistema sanitario público orientado a lo público (de volúmenes bajos) es racionalizar la lista de espera actuando sobre la Atención Primaria (dando más medios, facilitando más libertad para pedir pruebas diagnósticas, quitando burocracia etc), sobre la especializada del hospital (más medios, más eficiencia) o estableciendo vías rápidas de atención con sistemas que separen la paja (lo menos grave) del heno (lo más grave) 4) Lo que hace un sistema sanitario que aspira a subir el volumen es chantajear al paciente y tomarle como rehén a él, a su enfermedad y a su sufrimiento y decirle: si quieres ser atendido antes te vas al privado. El paciente cuando está bien enfermo y desesperado lo tiene claro.

Y algunos comentarios:

1)      Para poder hacer esto hay que asegurar que el privado va a resolver bien la atención, para lo cual se emprenderán las acciones pertinentes desde lo público para que haya buenos equipos de atención privada. Serán acciones indirectas, disimuladas, discretas: trasvase de recursos humanos (ahogándolos antes en lo público), transferencias varias de recursos pasadas, presentes y futuras, facilidades fiscales, “urbanísticas” etc etc

Así, iremos engordando y conformando unos recursos privados antes casi inexistentes para que cuando vayamos subiendo el volumen más y más puedan ir tomando más protagonismo cada vez. Un día, ya no le darán a los pacientes la opción de elegir privado cuando se excede el límite de tiempo en lo público, sino desde el inicio. Al día siguiente, la gestión entera del hospital que te corresponde ya pertenecerá a una empresa. Al siguiente pondremos a competir a los hospitales de gestión privada con los de gestión pública, con las cartas marcadas eso sí, porque doparemos a los privados y les pondremos la zancadilla a los públicos. Y así sucesivamente.

2)      Para poder hacer esto hay que asegurarse el control y el mangoneo de estos sistemas de información y derivación, también llamados Call Center. Hay que darlo a una empresa amiga y dócil y tener a los trabajadores bien controlados para que no aireen las maniobras. Las maniobras consisten en poder derivar eficientemente hacia el privado, en cantidad y en calidad. En cantidad porque si tenemos una suficiente y hermosa lista de espera las oportunidades de elegir privado aumentan. Y en calidad porque si conseguimos descafeinar la lista que va al privado y mandar allí pacientes de menos complejidad (más jóvenes, más sanos, con menos patología, que tienen menos coste) el privado tendrá más ganancia y todos los pufos más costosos se los dejaremos al público.

Se ha estado reclamando información de la lista de espera a la Consejería de Sanidad de Castilla y León por actIVA y por pasIVA y lo que hemos tenido han sido evasIVAs todo este tiempo, no había datos. Ahora la auditan y ponen todo su esfuerzo en medirla, pero para lo que les interesa.

Sí, hay varias informaciones que anuncian que Castilla y León prepara esta subida de volumen y que va a comenzar a pilotarla en varios centros: Segovia y Aranda de Duero.




Esta maniobra es vieja. Ya la hemos visto en Madrid, en todo su desarrollo, con los Aguirres boys, y ya nos la describió Tudor Hart en el Sistema Sanitario inglés (citación abajo), que ha sufrido casi todas las subidas de volumen imaginables como laboratorio mundial de las improntas neoliberales en sistemas sanitarios públicos.

En Castilla y León vivimos un período de tránsito. Hay problemas sanitarios viejos y profundos y una administración que se despide, en general conservadora, que hace gestos de cara a la galería con el objetivo fundamental de ganar tiempo y mejorar la imagen para ayudar a la reelección. Espera a que la nueva administración que venga se haga cargo, en general liberal.

Mañueco es un seguidista de Casado (en parte por convicción y en parte porque es un hombre de partido con aspiraciones) y no va a perder la oportunidad de intentar subirle el volumen al sistema sanitario en una Comunidad Autónoma en la que goza de holgada mayoría.

La grieta del planteamiento es que las bases sociales del PP en Castilla y León son conservadoras, pero no liberales. Pero a ellos, tan listos para unas cosas y tan torpes para otras, les da igual y van a ir a pasar el rodillo de las políticas que van a hacer sangre al sistema sanitario sin ningún complejo ni miramiento.  

Ojalá que me equivoque pero hay muchas pequeñas pistas que indican las cosas van a suceder en este sentido.

Da igual. No se lo vamos a permitir.

NOS TENDRÁN ENFRENTE. 



Para profundizar: 

Tudor Hart en La economía política de la Sanidad. Una perspectiva crítica:


¿QUIÉN DESEA O NECESITA OPCIONES DE MERCADO? Se ha animado a los enfermos a que crean que, como consumidores en el mercado, tienen derecho a una atención conforme al estado del arte en el momento para cualquier problema de salud, sin tener en cuenta las realidades materiales que limitan cualquier servicio público, incluyendo la falta de evidencia de que los aparentes nuevos avances sean reales y efectivos, antes de que se hayan investigado adecuadamente en amplias poblaciones y no en pequeños subgrupos experimentales. Para que los enfermos puedan buscar en internet su “compra más conveniente”, con costes reales que, hoy por hoy, todavía abona el Estado, se han puesto en circulación tablas genéricas que pretenden medir la calidad y la cantidad de lo que producen los hospitales que compiten entre sí, ignorando las enormes dificultades que implica comparar diferentes hospitales que atienden a diferentes poblaciones con diferentes tipos de enfermedades y diferentes recursos sociales para enfrentarse a las mismas7. En 2002 el gobierno presentó su plan de “contratación por correo electrónico” para las derivaciones de pacientes desde atención primaria a los especialistas del hospital, llamado “Elige y contrata”. Se utilizaba un programa informático del NHS que todavía estaba desarrollándose. Se exigía que, para diciembre de 2005, a todos los pacientes de Inglaterra (pero no de Gales o Escocia) se les ofrecieran cuatro o cinco opciones entre hospitales, que debían incluir al menos una del sector privado. Se indicó a las entidades similares a empresas públicas hospitalarias de Inglaterra que tenían que reservar un 15% de sus fondos para pagar estas derivaciones al sector privado8. Este plan “Elige y contrata” afectará a 9,4 millones de citas hospitalarias anuales por vía informática cuando funcione al completo, lo que se prevé para 2006. De acuerdo con el pacto de servicios públicos, estas citas por vía informática debían haber llegado a ser 205.000 a finales de diciembre de 2004. De hecho, hasta esa fecha, sólo se habían realizado 63. Este programa tiene un coste total estimado, en el momento actual, de 30.000 millones de libras esterlinas (unos 21.000 millones de euros), aunque se comenta entre quienes están implicados en su desarrollo que será, en realidad, de 60.000 millones. Podría convertirse en otro desastre como el de IT, de una magnitud tal que podría echar abajo a un gobierno9. No se trata de un mero problema técnico que deban resolver los programadores de IT, ni se centra en la falta de interés de los trabajadores en usar la tecnología informática en lugar de las historias clínicas manuscritas tradicionales10. Constituye un error fundamental de juicio político y de filosofía económica imponer un mercado en un servicio cuando ni el público lo pedía, ni los trabajadores lo necesitaban. No hay evidencia de ninguna demanda popular masiva de este tipo de citas optativas ni por parte de los enfermos11, ni de los médicos de atención primaria ni de los especialistas. El programa no es capaz de reconocer que la naturaleza de las decisiones clínicas es fundamentalmente diferente de la de las del campo de los negocios. Incluso en grupos piloto empleados en una investigación iniciada por el primer ministro Blair para estudiar la opinión sobre las políticas del Nuevo Laborismo, entre grupos representativos de votantes indecisos, los participantes no consideraban que este tipo de opciones tuvieran ninguna importancia para sus vidas personales. Como la mayoría del electorado concienciado, la mayoría del electorado indeciso deseaba sencillamente que sus escuelas locales, centros de salud y hospitales fueran accesibles y eficientes12. La pregunta que, de hecho, hacen los enfermos, cuando se les ofrecen varias alternativas de especialistas, es: ”¿A quien elegiría usted, doctor, para usted, su esposa o su hijo?” Esperan oír la verdad no tergiversada por conflictos materiales de interés, porque, al menos hasta hace poco, esos conflictos no existían en un servicio sin ventanilla de pago, sin honorarios. En el NHS “reformado” la aplicación de incentivos y sanciones de tipo económico en cada posible apartado de la evaluación, con la finalidad de empujar el comportamiento profesional en la dirección que se prefiere que vaya, pone cada vez más en cuestión esta actitud de confianza13. Si los enfermos de hecho no demandaban opciones como en el mercado, ¿Qué pasaba con los médicos generales? Con este esquema de “Elige y contrata”, la Oficina Nacional de Auditorías se temía un nuevo fracaso costoso, de modo que evaluó la opinión de los médicos generales. De una muestra de 1.500 médicos generales seleccionada en 2004, el 61% consideraban negativa la elección como en el mercado; sólo el 3% pensaba que podía ser útil. La respuesta del Secretario de Sanidad no ha sido cuestionar los supuestos del gobierno, sino iniciar una campaña en 2005 para educar a los médicos generales en este tema, con la esperanza de que esto les convencerá para que deseen lo que ni ellos ni sus enfermos piensan ahora que sea útil ni necesario14. En 2003, cuando se celebraba el 55º aniversario del NHS, el entonces Secretario de Sanidad, John Reid, describió de la siguiente manera su programa de oferta de opciones a los consumidores que ahora se está poniendo en marcha tras las elecciones generales de 2005: “Durante los últimos sesenta años, ha habido en este país un servicio de salud de dos clases. Una de esas clases ha sido el NHS, donde la gente tradicionalmente no ha tenido la oportunidad de elegir y la otra ha sido para los que tienen dinero que pueden comprar el privilegio y saltarse las listas de espera. Quiero asegurar que esos dos tipos de servicio no van a funcionar en los próximos sesenta años. En dondequiera que sea posible daremos poder a los enfermos ofreciéndoles genuinas opciones individuales respecto a dónde, cuándo, cómo y quién los va a tratar.15” Desde entonces, Patricia Hewitt se ha hecho cargo del ministerio con el mismo mensaje. En un discurso clave a la Fundación del Mercado Social, su ministro más joven, John Hutton razonó que sólo introduciendo la competencia y la elección podría Gran Bretaña retener los valores en los que se fundó el estado de bienestar. Rindiendo tributo al gobierno de postguerra de Clement Allee, recordó que persistían las desigualdades en sanidad y en educación: “Son estos escuetos hechos per se los que hacen que sea precisa una reforma del servicio público”, afirmó. “Son los poderosos argumentos que se oponen a la aceptación del modelo antiguo monolítico de arriba abajo de servicios públicos gestionados de forma centralizada... El modelo de prestación de servicio público que hemos heredado simplemente no ha respondido suficientemente como para enfrentarse a algunas de las divisiones sociales que todavía marcan a nuestra sociedad.16” Para demostrar que esto se está convirtiendo en un consenso para todos los partidos que aspiran al poder, en el mismo número de The Gardian, apareció un artículo de opinión de Stephen Pollard titulado: “los tories necesitan una cláusula 4”, razonando que su única esperanza de recuperación es convertir al partido conservador en un defensor normal de los pobres, mediante dos medidas: elección como consumidores en servicios públicos transformados en mercado y porcentaje fijo de impuestos, de modo que todo el mundo pague los mismos impuestos, sea rico o pobre. Su audiencia entenderá que, como siempre, la mejor manera de enriquecer a los pobres es hacer primero que los ricos lo sean más aún, dándoles los servicios públicos para que los exploten como negocios rentables y aboliendo el impuesto sobre la renta. Esto dará lugar a una sociedad más próspera en la que, habiendo bastante riqueza arriba, algo rebosará eventualmente y alcanzará a los de abajo. El nuevo mensaje laborista es ahora la atención privada para todo el que la quiera en un servicio dirigido al consumidor. Relacionada con esta oferta hay una expansión continua de las agencias de asistencia financiadas por inversores con la finalidad de obtener la máxima rentabilidad, hasta que los sectores público y privado alcancen un equilibrio entre los problemas renta bles que convienen a la iniciativa privada en su calidad de objetivos comerciales y los no rentables que quedarán en manos de lo que quede del NHS como prestador subsidiario. Reid presentó una oferta que nadie podría rechazar, excepto la minoría concienciada, pero probablemente cada vez más reducida, que todavía sospecha que la atención por parte del NHS venía siendo, por lo general, más segura y más efectiva que la privada, porque los beneficios no pueden ponerse en duda para dar preferencia a otros fines. ¿Dónde está el truco? Si se asegurase una vuelta a los impuestos progresivamente crecientes, a los niveles previos a los de 1979 (que incluso entonces estaban en aproximadamente la media de la Unión Europea y muy por debajo de los de Escandinavia) el NHS podría asumir todas las necesidades para prestar una atención sanitaria efectiva17. Sin embargo, no hay modo de que pueda asumir todas las demandas de atención que pueden concebirse en un mercado de consumidores, impulsado, no por las necesidades sino por los deseos, a su vez estimulados por los que prestan los servicios con un interés económico en gran escala18. El tema central de este libro es que una atención sanitaria racional y efectiva no puede seguir el patrón de la competencia mercantil para obtener lucro. Es plausible que la atención sanitaria pueda venderse verdaderamente como una mercancía rentable, pero no en un servicio nacional de salud digno de tal nombre, que atienda a todos los ciudadanos, promueva y conserve la salud, cuide a los enfermos, los cure si es posible y sin hacer pagar directamente nada a los enfermos. Los pagos por la atención mercantilizada podrían ser inicialmente pequeños, como han recomendado Bosanquet y Pollard y otros defensores de la “reforma”19, pero en cierto momento, a través de la barrera de la “gratuidad en el momento de la utilización”, podemos estar seguros de su escalada ascendente. En tanto en cuanto la atención sanitaria se suministre como un regalo social, puede tener límites establecidos por una combinación de las expectativas públicas y el conocimiento científico (lo que se discute más adelante, en al capítulo 3), pero tan pronto como se empiece a contemplarla como un bien susceptible de ser adquirido, las demanda crecerá hasta incluir todo aquello que el público pueda plantearse demandar.
Si tomamos ejemplo de la alimentación de la población, las necesidades de alimentos que se necesitan para mantener una dieta nacional sana, variada y generosa para todo el mundo se pueden calcular y con bastante antelación como para permitir una planificación racional, pues son finitos. Con aportaciones medidas podemos asumir necesidades también medidas. Puede alimentarse a la nación y hacerlo generosamente y con diversidad con mucho menos dinero y unas redes de producción y distribución más creativas que las que tenemos ahora, si las inversiones estuvieran determinadas por las necesidades, en lugar de estarlo por la rentabilidad. Como artículos susceptibles de ser comprados, sin embargo, las provisiones de alimentos continuarán expandiéndose en variedad, complejidad e incluso en originalidad de presentación, simplemente para mantenerse en cabeza de la competencia y buscar nuevas fuentes de lucro. Comoquiera que no hay límites a lo que incluso los obesos pueden comer, una proporción creciente de esta expansión se basará no en las necesidades, sino en fantasías, de lo contrario, todo el negocio se vendría abajo. El mercado de provisión de alimentos se expande no porque se alimente a más gente hambrienta, sino atendiendo a las demandas de los consumidores, activamente mediante cualquiera de las maneras posibles por las empresas de la alimentación y por los lavadores de cerebros públicos que las mismas contratan – y que aceptamos como precio para que la televisión sea barata. Si el NHS sigue este camino, perderá toda conexión real con su propósito original, pero ésta es la dirección en la que no sólo el Nuevo Partido Laborista sino casi todos los gobiernos están arrastrando sus sistemas sanitarios nacionales, impulsados no por los votantes, sino por la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Banco Mundial (BM)20. Apoyados legalmente por el Acuerdo General de Tarifas y Comercio (AGTC o GATT, en Inglés) y su derivado, el Acuerdo General sobre Comercio y Servicios (AGCS o GATS, en Inglés) que los gobiernos de virtualmente todas las naciones que comercian han firmado, bien de buena gana o bajo coacción, pero siempre a espaldas de sus votantes21. Con la excusa de la siempre creciente capacidad de opción del consumidor, los partidos políticos compiten no sobre las políticas en sí, sino sobre su presentación. Todos van en la misma dirección y sus diferencias se refieren sólo a la velocidad de puesta en marcha y a las frases de propaganda que se requieren para tranquilizar a los diversos sectores de la opinión pública.

8 British Medical Journal 2004; 329: 700. El gobierno del Nuevo laborismo ha impuesto esta normativa en Inglaterra a todas las derivaciones de enfermos, tanto desde Atención Primaria a los especialistas como de una a otra especialidad. Aunque creó entidades similares a empresas públicas de las Fundaciones Hospitalarias para impulsar la competencia entre los hospitales del NHS, la garantía de un 15% para el sector privado, inclina deliberadamente el mercado hacia fuera de la provisión por parte del NHS y amenaza aún más a la solvencia de sus hospitales propios, de los que uno de cada tres está en situación de déficit en la actualidad. El laborismo galés no ha aplicado esta política en la asamblea del País de Gales ni tampoco lo ha hecho la coalición laborista – liberal demócrata en el parlamento escocés. Lo que refleja la hostilidad general hacia la privatización por parte de los miembros del partido Laborismo en todas partes. Cuando las entidades similares a empresas públicas de Atención Primaria del sur de la región de Oxford, de Southampton y del área metropolitana de Manchester no lograron establecer ningún contrato con los proveedores del sector privado para algunas especialidades, porque no había listas de espera para ellas y, por lo tanto, no había demanda, el ministro responsable les ordenó que hicieran tales contratos. Cuando los proveedores del sector privado en Trant y el sur de Yorkshire se quejaron de que recibían pocas derivaciones de enfermos del NHS, se ordenó a las entidades similares a empresas públicas de Atención Primaria correspondientes que pagaran a asesores que fueran de un lado para otro convenciendo a los médicos generales de que derivaran más enfermos al sector privado. Nigel Crisp, actual Jefe Ejecutivo del NHS ha dicho que entidades similares a empresas públicas de la Fundaciones Hospitalarias “deben adoptar las mismas técnicas de mercadotecnia que Tesco en sus esfuerzos para ganar clientes en el nuevo mercado del NHS basado en la libre elección”. (Davis J. Como médicos, estamos viendo el cáncer que devora al NHS. Guardian 27 de junio de 2005). Según la reciente circular a los miembros de las plantillas del NHS, “la dirección del viaje es clara: entidades similares a empresas públicas de Atención Primaria van a ser dirigidos por los enfermos y por organizaciones dirigidas por comisiones, cuyo papel en la provisión de servicio se reducirá a un mínimo. Esperamos que todos esos cambios se pongan en práctica por completo a finales de 2008”. (Circular interna del NHS, de fecha 28 de julio de 2005 referencia de entrada 5312). La misma semana, la organización de consumidores Which? (En Español sería ¿Cuál?) publicó los resultados de una encuesta de opinión pública que mostraba que el 89% de los ciudadanos pensaba que tener un buen hospital local era más importante que la libre elección de hospital y el 85% pensaba que tener un buen médico general local era más importante que poder elegir médicos generales en cualquier parte.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

EL TIROIDES III: EL RADIO-YODO


Tuve una vez una novia de la que nunca volví a saber.

No nos fue bien. Ella era muy nerviosa, siempre andaba de aquí para allá, espídica, fogosa, se pasaba las noches en blanco con mil ideas en la cabeza, me volvía loco.

Yo podía haberme esforzado un poco pero comencé a sentir que me daba mucha pereza. Así las cosas, vi claramente desde un inicio que aquello no iba a prosperar, pero simplemente dejé que muriera, sin adelantar ni atrasar el momento final.

Pasaron años sin vernos y sin saber de ella. Un día, al término de la consulta, la vi sentada en la sala de espera. Me había buscado por internet y me esperaba. La vi sudorosa, recuerdo que se le marcaba la vena cefálica, que le recorría el bíceps. Para que se te marque esa venarra tienes que estar muy delgado, conSUMIDO o cuadrao. Los ojos saltones, como una yonki.

Lo primero que pensé era que me vería más gordo, con menos pelo, y me sentí avergonzado.

Después de intercambiar un par de palabras de cortesía se echó a llorar, me dijo que la ayudara, que estaba enferma y sola y no sabía a quién recurrir. Me extendió unos folios en los que pude ver unos números con unas siglas y unos asteriscos. Estaba hipertiroidea perdida. Cómo pude no haberme dado cuenta en su momento. Lo cierto es que me pasaba con ella las noches y las mañanas y no iba casi nunca a clase durante el segundo curso, cuando se daba el funcionamiento del tiroides en fisiología, lo que de alguna manera me disculpaba.

Le iban a dar un tratamiento con radioiodo y me extendió otros folios en los que pude leer un  montón de precauciones que debía tener. La que más le agobiaba era no poder estar cerca de su hija en unos días.

Yo le dije que no se preocupara, que no era para tanto, que me lo iba a leer en casa y que pasara al día siguiente por la consulta para comentarlo. De camino a casa me leí todo aquello que tampoco es que tuviera tan presente, culpa de ella por otro lado jj. Recuerdo de aquellos años mi actitud inmóvil, aletargada, me costaba pensar, me quedaba como moñeco. Todo eso me duró hasta la endocrinología de quinto, incluida. Reparé entonces en que algo no había quedado bien cerrado y que yo me había hecho finalmente médico de familia porque cuando quise mostrar interés por alguna asignatura en particular, ya habían pasado todas. Yo conocía la medicina a través de los libros, por representación. Del mismo modo conocía el mundo por los libros, por representación de la realidad. Era como si la medicina y el mundo solo existiera en mi cabeza.

Cuando empecé a ver a los pacientes me di cuenta de que también existía fuera de ella y recuerdo que la primera vez que vi a Jolie (Yolanda) también percibí que el mundo era una cosa que sucedía de verdad.


Antes de entrar en mi casa pasé por la de mi vecino, a regar, que estaba de vacaciones y me había dejado las llaves. En un momento de lucidez toqué con los nudillos el tabique que separaba su casa de la mía y lo noté impenetrable. Él estaría fuera siete días más y tuve la brillante idea de ofrecerle su casa a Jolie para que limpiara allí tranquila el radioyodo de su cuerpo.

La idea de compartir espacio durante unos días separados por un tabique impenetrable, a modo de metáfora de lo que había sido nuestra relación, me ilusionaba como nada lo había hecho en meses.

Podría estar sin estar, cosa que era lo que había hecho con ella mientras salíamos, lo que había hecho durante mis años de estudiante y lo creo que había hecho durante toda mi vida.

Aquella semana le endosé la consulta al residente con no se qué excusa para poder pasar las mañanas al lado de Jolie sin que pudiera ser sospechada mi presencia al otro lado. Me levantaba bien temprano y arreaba un buen portazo (desde el umbral, por dentro) para dejarle bien claro que abandonaba el hogar de camino al trabajo. Me recordó eso a cuando le decía a mi madre que estaba en clase y me quedaba durmiendo en casa porque había pasado la noche con Jolie.

Quería poder descifrar en quién se había convertido con el paso de los años. Lo más probable era que hablara mucho por teléfono; cuando uno está incomunicado hace eso. A través de sus conversaciones, o de la mitad de ellas, porque yo solo escucharía su parte, quería reconstruir su persona.

Anduve las primeras horas muy cerca del tabique; en los últimos tiempos notaba que había perdido agudeza auditiva. Aunque tenía las uñas un poco quebradizas pasaba los minutos rasgando el gotelé y mirando el yeso que iba cayendo al suelo; a media mañana me entraba una sensación de hambre irrefrenable que me habría comido hasta aquel conglomerado desprendido.

En vez de su voz rompiendo el silencio lo que pude escuchar fue otra voz, que me resultaba familiar. Comprendí que la voz no (pro)venía de una comunicación telefónica sino de las ondas de radiofrecuencia. No eran las ondas electromagnéticas que emitía el isótopo de yodo RADIOactivo sino las ondas de la frecuencia modulada.

Agarré un antiguo aparato de radio que tenía por casa y fui moviendo la ruletita hasta notar que la voz se acoplaba. Por primera vez en años sentí que estábamos en la misma onda. Así pasábamos la mañana, separados por un gran muro, y gracias, porque yo no quería radiarme, pero a la vez vehiculados y unidos en la persona y en el discurso de Pepa Bueno. Yo me iba preguntando qué pensaría Jolie de lo que iba contando la Pepa. Por influencia de Jolie yo me hice un gran oyente de radio durante la carrera, de la SER, y pasaba las mañanas escuchando a Iñaki Gabilondo. Aquel hombre me educó políticamente, y sustituí con sus enseñanzas las clases magistrales de la facultad, por lo que terminé finalmente siendo un médico medio politólogo. En ocasiones, cuando pasábamos furtivamente juntos la mañana, Jolie ponía a Iñaki y lo escuchábamos en silencio. En aquellos momentos pude sentir la verdadera placidez, ahora me doy cuenta, pero no sé bien si era por ella o por la certidumbre socialdemócrata. Ella me explicaba cosas en relación a lo que decía Iñaki, las desarrollaba. Desde aquel entonces comprendí que la clandestinidad de las mañanas había sido menos tratada por la literatura que por ejemplo la de las noches, muy injustamente.


En las pausas del Hoy por hoy de Pepa Bueno podía notar cómo Jolie iba hacia el baño, con lo que yo me tenía que deslizar a través del tabique, pasando a otra estancia de mi casa para poder seguirla. Comprobaba cómo tiraba dos veces de la cadena siguiendo las precauciones del tratamiento, para desalojar la radioactividad hacia el subsuelo. En otros momentos notaba que las incumplía, como en la ducha, porque orinaba. Yo podía diferenciar perfectamente el sonido del chorro de agua disperso de la alcachofa cayendo sobre la bañera de lo que era un chorro concentrado en un haz tan propio de la micción.  

Uno de los días, de repente, sentí un desacople en la radio. Intenté reconducirlo girando muy ligeramente la ruleta, pensando que se había ido (ella o yo) a una frecuencia próxima. Pero por más que intentaba acertar por aproximación no conseguía de nuevo “la sintonía”.

Al día siguiente, a la misma hora, volvió a suceder. Al tercer día permanecí atento y pude darme cuenta de que aquel desajuste se producía con la desconexión autonómica. Mi aparato radiaba la emisora de Castilla y León, donde nos encontrábamos, y el suyo la Comunidad de Madrid, creo que porque su conexión era digital. Yo, durante esos diez minutos, permanecía con el cuerpo en una Comunidad Autónoma y la mente en otra, como me pasó cuando me tuve que ir a hacer la residencia a Madrid y no volví a ver a Jolie nunca más.

Mi vida en Madrid durante aquellos cuatro años fue una programación en la que durante diez minutos al día, todos los días, religiosamente, realizaba una desconexión autonómica para pensar en Castilla y León y en Jolie. Cuando regresé a Castilla y León sucedía lo contrario; echaba de menos Madrid y diez minutos al día los dedicaba para añorar mis años allí.

Jolie y Gabilondo me estuvieron preparando durante años para comprender y valorar el Estado de las Autonomías y el federalismo, al fin y al cabo. La descentralización no era sino una desconexión autonómica pero a lo bestia.

Fueron pasando los días y una mañana en vez de escuchar a Pepa Bueno estaba Jiménez Losantos, con lo que entendí que mi vecino ya había vuelto de vacaciones.


Pasó Jolie por la consulta a devolver las llaves y a decir que se encontraba mucho mejor. Le habían desaparecido rasgos de su carácter difíciles de llevar, pero achacables todos al hipertiroidismo. Aprovechando la oportunidad de su patología, me revisé los trastornos tiroideos de cabo a rabo, como un modo de redimir aquellas lagunas de la facultad. Con aquellas lecturas se me fue enciendo una bombilla y fui hilvanando unas sospechas, que se confirmaron cuando me hice una analítica en el Centro de Salud. Estaba hipotiroideo perdido.

Jolie me llevaba chupando las hormonas tiroideas todos aquellos años. Comencé a darle a la levotiroxina y en unas cuantas semanas fuimos nivelándonos los dos, como intentaba acoplarme a ella con la ruletita de la radio. Era gracioso comprobar cómo nuestra relación iba a mejor según caminábamos ambos hacia el rango hormonal. El rango horNORMAL. Cuando llegamos al equilibrio de nuestras frecuencias hormonales pudimos dar por concluida por fin aquella etapa que había quedado mal cerrada.

Podíamos habernos hecho novios de nuevo, pero ya no éramos aquellas personas desequilibradas y antagónicas que éramos, y ya no tendría emoción, nos hubiéramos convertido en una pareja normal. Me di cuenta en ese momento de que no habíamos tenido una relación socialdemócrata, sino populista, porque nos habían definido los antagonismos; éramos por contraste con su opuesto.

Paradójicamente, aquella ausencia de presión por volver a estar juntos y aquella ausencia de necesidad nos acercó mucho más, y casi todas las tardes la pasaba a buscar e íbamos al parque con la niña. Se encaprichó con tener un perrito y se lo compramos entre los dos. La niña quería ponerle Taru, pero Jolie quería Gabi, por Gabilondo, que nos unía como proyecto primigenio antes de que ahora lo hiciera el chucho. Como era un nombre demasiado de persona para un perro le puso London, por GabiLONDO.

A veces notaba que me venía un poco arriba y que me comenzaba a gustar Jolie otra vez, pero ya había aprendido de los errores del pasado. Me pinchaba una analítica y era que estaba un poco pasado de tiroxina.

viernes, 23 de noviembre de 2018

LA ATENCIÓN PRIMARIA COMO SOLUCIÓN A LA ATENCIÓN PRIMARIA EN CASTILLA Y LEÓN

EL DIAGNÓSTICO
Vino el paciente a consultar por unos síntomas antiguos que, por no haber sido resueltos, se habían tornado problemáticos. Aquejaba un modelo de Atención Primaria enfermo e ineficiente. A la exploración física, destacaba la existencia de dos subsistemas diferenciados. En el número 1 tenemos profesionales que prestan servicios de consulta ordinaria; la Atención Primaria como la venimos conociendo.

En la mayor parte de los casos (salvo en algunas zonas urbanas) también hacen guardias (tres, cuatro o cinco al mes): soportan cargas horarias abultadas y ganan salarios abultados... 


lunes, 19 de noviembre de 2018

LA TOALLA

Nací y me envolvieron en una toalla que tenía membrete del Servicio Autonómico de Salud, por obra y gracia de las transferencias. Acto seguido me transfirieron a mi madre, que me arropó para que no perdiera calor, y su acción poiquiloterma se superpuso a la de la toalla, por lo que no sabía si me estaba protegiendo ella o el Estado. Mi mamá o papá Estado.
Cuando era adolescente... 

martes, 13 de noviembre de 2018

TRAQUEOTOVIDA


Estaba hasta arriba el restaurante y de repente un hombre cayó a plomo de la silla.

Yo también estaba hasta arriba porque me estaba comiendo un chuletón impresionante.

Su acompañante en la mesa vociferaba que se había comido un trozo muy grande de carne de chuletón y que se había atragantado con él.

Me abrí paso entre la multitud, en un atenuante justificado de las leyes de la antimedecina heroica.

Le vi con tan bajo nivel de conciencia que pasé de azotarle interescapularmente y fui directo al Heimlich.

Está bien cuando lo ves en el Youtube pero me dispuse a intentar levantar a ese pistolo de 100 kilos del suelo y no lo hice ni dos palmos.

El hombre comenzaba a ponerse violáceo y comprendí que había que tomar medidas drásticas.

Pensé en hacerle una traqueotomía de urgencia, a la desesperada.

Quise tener un bisturí. Lo más parecido era un cuchillo. Pedí que me trajeran el cuchillo de sierra de mi mesa, que ponían cuando te comías un chuletón, con el que cortaba un gran trozo de carne segundos antes. Pensé que ese trozo que me iba a meter en la boca era tan grande como el que le había atragantado a aquel hombre.

Le metí un tajo a la altura de la nuez y comenzó a brotar la sangre de entre los tejidos musculares como brotaba la sangre de entre el chuletón que me estaba comiendo.

Intenté abrirme paso hacia la tráquea con los dedos pero se me escurrían entre toda aquella sangre.

Quise tener un separador para despejar un poco el campo quirúrgico. Lo más parecido era un tenedor. Así que pedí que me trajeran el tenedor de dientes largos de mi mesa, que ponían cuando te comías un chuletón. Traccioné un poco de uno de los bordes de la incisión esperando que se abriera paso aquel tubito blanco anillado, oro blanco en ese momento, tan parecido a los tubos flexibles que había visto muchas veces en la ferretería. 


Rebusqué un poco en medio de la sangre, que todo lo anegaba ya. Aquel hombre se había puesto morado con aquel chuletón tan grande. Reparé en que probablemente me encontraba en un plano aún muy superficial, así que pinché con el tenedor sin complejos y rebané un buen trozo de carne con el cuchillo, como segundos antes había hecho con mi chuletón y aquel hombre había hecho con el suyo. Decidí que si aquel trozo le iba a matar éste que tenía yo trinchado en el tenedor le iba a salvar.

Quise tener un empapador. Lo más parecido era una servilleta. Me di cuenta de que el comensal portaba todavía la suya en el regazo, que inmediatamente arrebaté. Secando el campo, el rojo de la sangre pasó al blanco de la servilleta y de esta manera, el blanco de la tráquea pudo liberarse del rojo de la sangre y comparecer ante los ojos del respetable, que exclamó al unísono un Ohhhh!!

Incidí entonces suavemente con la punta del cuchillo entre dos anillos traqueales al azar, satisfecho y reafirmado en el hecho de haber olvidado cuáles debían ser. No se me iban a caer los anillos ahora por no saberlo.

Quise entonces tener un tubo de traqueo. Lo más parecido era un boli Bic. Arrepañé uno de una mesa de al lado, que había prestado el camarero para firmar un pago con tarjeta. Le quité la mina y me la metí en el bolsillo, seguro de no tener que utilizarla porque confiaba en ser invitado por la casa o por el comensal en último término, después de aquella proeza. En el caso de fallar la utilizaría para firmar el certificado de defunción y consecuentemente, claro, la cuenta.

Lo ensarté dentro de la tráquea confiando en restablecer el flujo de aire a su través. Me bailaba un poco así que decidí estabilizarlo.

Quise tener entonces una seda. Así que pedí una seda dental a la concurrencia. Uno tuvo la ocurrencia de haberla traído para después de la comida, así que aquello iba como la seda. Necesitaría entonces una aguja para atarla a la seda y conseguir pasarla a través de los bordes de la herida. Yo lo veía viable porque aquella me parecía una carne de aguja. Dejé todo atado y bien atado.

En aquel justo instante irrumpieron los facultativos con sus parkas fosforitas de superhéroes. UMEnos mal que habéis venido.

Yo me reincorporé a mi sitio en mi mesa, como si nada. Me senté y miré para abajo. Tenía el regazo perdido de sangre, que cubrí con una servilleta blanca que hizo las veces de empapador. Miré hacia el plato y comprobé las exageradas dimensiones del trozo de carne que tenía planeado meterme en la boca. Rescaté el instrumental quirúrgico del campo, que devolví a su condición de cubiertos. Pinché aquel trozo de carne de chuletón con el tenedor sin ningún tipo de escrúpulo y le di un corte seco y decidido, como había hecho entre los anillos cartilaginosos. Comenzó a supurar la sangre de entre las nuevas superficies.

Me metí uno de aquellos subtrozos en la boca y lo deglutí sin problemas.

Aquel hombre acababa de salvarme la vida.

martes, 6 de noviembre de 2018

GRAVADOS

1.254 metros se pueden escribir en línea recta con un boli Bic. Nos separaba una distancia parecida. Pensé que si escribía con ese boli una historia que nos contara, la línea recta iba a adquirir unos contornos sinuosos en forma de palabras, y eso nos acercaría. ¿Cuántas palabras se pueden escribir con 1.254 metros de tinta? Depende. Del tamaño de la letra y de lo redondeado de la caligrafía. Carlota sería capaz de escribir la historia interminable. Lo importante no era hacer suceder unas palabras a continuación de otras, sino combinarlas de tal manera que pudieran generar el sentido y la hondura de nosotros. Tocar las teclas adecuadas para construir la melodía. En un piano es más fácil, porque no hay tantas teclas, pero elegir de entre todas las palabras del diccionario ya es más jodido. 800 palabras entran en un folio. Quizá en cinco de ellos fuera capaz de hacerlo. Lo que no quería era que la historia quedara a medias, que me quedara sin tinta. Quería completarla para que fuera redonda. Tenía claro que debía ser escrita con aquel bolígrafo, o mejor dicho, con aquella mina de bolígrafo, que era una mina de punta fina. 



El último día que vi a Carlota fue el día del fallecimiento de su tía. Me llamaron para firmar el certificado de defunción. Era una muerte esperada. La vi en foto, como las otras veces, y yo sabía que no habría más, así que me gravé a fuego en la mente su cara, sus pómulos, su ligero estrabismo, sus cejas finas, la raya perfecta de los ojos, sus dientes imperfectos. Su rostro luchaba contra los retoques en aquella foto individual de la orla. La foto era muy representativa; no porque saliera bien sino porque a diferencia de otros casos sus facciones se rebelaban, tratando de abrirse paso e imponerse a la lógica del marketing. Quise firmar el certificado con un boli de punta fina, con un trazo ligero, en homenaje, y también porque los de la funeraria te echan la peta cuando te sales del cuadrito jj. 

Desarmé el boli y guardé la mina en el bolsillo para poder contar nuestra historia con ella. De esa manera se podría trazar una línea recta desde su tía hacia atrás, hacia los tiempos de la universidad. Arranqué un trozo de hoja de un parte de atención continuada, lo ensalivé adecuadamente haciendo una bolita y lo ensarté en el boli sin mina dentro. Disparé hacia la foto consiguiendo hacer un blanco perfecto. Fue mi manera de despedirme.

….


La semana anterior había estado en casa de la tía, como tantas veces que me ponían un domicilio. Ya estaba muy mal. Tan mal que llevaba algunas esperanzas de ver a Carlota en la casa. Pero no. Pregunté y me dijeron que había venido hacía dos días y que se había llevado lo que yo había dejado para ella con el nombre de Carlos, su compa de clase. Pregunté si dijo algo o si dijo que me conocía o se acordaba de mí. Dieron una respuesta vaga que no me aclaró, pero chequeé la foto y efectivamente lo había recogido.   


Hacía un mes que la tía había comenzado con unos episodios muy chungos de desconexión con el medio; los ojos en blanco, volteados, y la respiración apnéustica. El primer día que le dio aquello fue el que le dejé los bolis gravados y la chuleta. Le metí la chuleta entre la foto de la orla y el cartón, y sobresaliendo quedó allí prendida. Y los bolis Bic gravados a los pies de la foto. Como un pie de foto.

….

La primera vez que entré en la casa ya la vi. Tengo la costumbre de mirar las fotos en los domicilios de los pacientes si la atención clínica me lo permite, con disimulo, sin ser visto. Me encanta hacerlo. A veces estoy interrogando al paciente o a la familia y mirando como al horizonte, con pose de interesado por el relato, pero realmente estoy mirando las fotos. Es como cuando te agrega alguien al Facebook que le tienes mucha curiosidad y en cuanto puedes le miras las fotos; esa sensación tan chula. La gente tiene casualidades por la calle, reencontrándose con personas que hace tiempo que no ve. Yo las tengo en las casas de los pacientes, reencontrándome y estableciendo relaciones familiares o personales mediante las fotos. En este tiempo he reconocido hijas políticas (políticas no de parentela, sino que se dedican a la política jj) o compañeros de trabajo en los álbumes de fotos accesibles para el público de dentro de las casas. Los domicilios de los pacientes son el Facebook de la vida real.

Allí estaba, inconfundible, en la foto de la orla, ella sola. Hacía muchos años que no la veía ni sabía nada de ella pero no me costó nada reconocerla. Le pregunté a la paciente si era la madre de Carlota. Me dijo que la tía. 

….


Fuimos compañeros en la facultad. Carlota era la primera de la lista en el orden alfabético de la clase. Yo el último. Teníamos todos los estigmas que los apellidos nos habían dado. Eso sí que era una herencia y un determinante social jj. Carlota era graciosa, espontánea, participativa, siempre la sacaban a ella por ser la primera de la lista, con las empollonas, desde la egebé. Yo era el último, huidizo, me gustaba pasar desapercibido, en los últimos pupitres, con los repetidores. Vivíamos en la misma aula pero cada uno teníamos perspectivas distintas y casi antagónicas de las clases y la Medicina, y por tanto de la realidad. Con el paso de los años se comenzaron a poner de moda las luchas contra las inequidades y los profesores empezaron a sortear una letra para iniciar desde ahí los llamamientos o los grupos. En estos casos Carlota y yo compartíamos grupos o asientos contiguos. Decíamos por eso que la suerte y el azar del sorteo nos había unido. 

Carlota era muy inteligente. También le gustaba mucho la fiesta y el bebercio. No estudiaba mucho y obtenía grandes resultados. Pero lo que más le gustaba era transgredir. Las normas, las convenciones, lo que nos enseñaban como cierto, todo. 

Le pedía los apuntes y me daba cuenta de que ponía muchas faltas de ortografía. Un día se lo hice notar y me dijo que eran adrede, porque decía que escribía como le daba la gana. Por ejemplo siempre escribía con la k en vez de la q, como un homenaje a Jose Ángel Mañas. A mí que hiciera eso, que me entusiasmaba el escritor por aquel entonces, me fascinaba. O recuerdo algunas palabras de la época, por ejemplo prurito, lo pronunciaba como una especie de pdudito, se inventaba la fonética; me la decía y se descojonaba ella sola. O “grabar o grabados”, siempre lo escribía con v y yo no sabía por qué. Con el tiempo he pensado que de aquellas chorradas me vino la afición por los juegos de palabras

Cuando nos sentábamos juntos me pasaba notitas diciéndome tonterías o haciendo dibujitos chorras. A mí que siguiera haciendo eso en los tiempos de la facultad me enternecía. Depurando esa técnica comenzó a escribir letras minúsculas en papeles minúsculos, y cuando llegó a la perfección las comenzó a sacar como chuletas en los exámenes. Realmente no le hacían falta, porque ella se lo sabía todo, pero las hacía y las utilizaba porque le gustaba el riesgo, y quería demostrarse a sí misma que era capaz de usarlas sin que la pillaran. 

Me decía que lo más importante en la vida era el pulso. Y que por eso ella quería ser cirujana cardíaca. Yo me preguntaba si la importancia a la que se refería era la del pulso cardíaco (del paciente) o el del cirujano.

En cuarto curso se me atravesó la cardiología. No podía con ella. La presión venosa, el ciclo cardíaco, las valvulopatías y sus soplos pff… no me enteraba de nada. Así que confié el aprobado a que Carlota me pudiera soplar en el examen. Le pedí una chuleta de soplos que niqueló. La saqué en el examen y me trincaron. Me dio un vuelco el corazón cuando sentí una mano en mi hombro mientras miraba la chuleta en el regazo. Nunca me había temblado el pulso como en aquel momento. Me mandaron a septiembre y tuve que soportar la vergüenza del señalamiento. Me obsesioné en el verano con aquella asignatura y convertí el aprobarla en una redención interior y exterior de mis penas. Estudié tanto que me terminaron poniendo una Matrícula de Honor, la única que saqué en toda la carrera. 

Cuando pasó todo aquello comenzamos con los bolis Bic. Carlota decía que si quería ser una buena cirujana debía comenzar a manejar con destreza el bisturí, y que como en prácticas no nos dejaban hacer casi nada, comenzó a hacer chuletas en los bolis con la punta del compás, como una manera de excelencia manual. Cuando me pasaba bolis decía que era porque éramos compas. Cuando comenzamos con las patologías y las especialidades propiamente dichas, a partir de tercero, se hacía un boli para cada enfermedad. Tenía diseñado un sistema implacable de intercambio de bolis y de sustitución inmediata cuando percibía peligro. 

En ocasiones los hacía especiales para mí y en otras me los pasaba en el momento, tirándolos al suelo como que se le había caído, y yo lo recogía. Me ayudaba mucho en los casos clínicos porque me tiraba el boli de la enfermedad de la que trataba el caso y que había que diagnosticar, y eso era justamente lo jodido de hacer. Me tiró la ELA en Neuro y aprobé, que no lograba descifrar yo solo del enunciado. Me salvó la vida. Los bolis Bic salvaban vidas, decíamos entonces, de coña y en serio, porque una vez utilizó uno para hacerle una traqueotomía a una persona mayor que se desplomó en un restaurante por atragantarse con un trozo de chuleta. Siempre presumía de que ella llevaba bolis Bic porque no le gustaba llevarlos de publicidad de fármacos pero yo sabía que no era sólo por eso jj. 

Se ponía uno para hacerse un moño y me explicaba cosas. Por ejemplo que el pequeño agujero que tiene “el cuerpo” del boli a la mitad del cristal es para que se equiparen las presiones interior y exterior y evitar así los derramamientos de tinta. Decía que ese juego de presiones le recordaba al que soportaba el foramen oval a su través. O también que los bolis no los llenaban hasta arriba de tinta porque el calor las manos, a la temperatura de 37ºC del cuerpo humano, haría expandir un componente de la tinta, con lo que ésta se derramaría. Me decía que cuando no tuviéramos termómetros colocaríamos un boli Bic entre las manos del paciente y con la variación del nivel de tinta podríamos obtener una medida cualitativa de la temperatura corporal, con lo que dejaríamos flipado al personal. 

Otras veces, cuando nos dejaba el profe solos en el aula haciendo alguna práctica, jugábamos a dispararnos con el boli que usábamos de cerbatana. Diseñaba punzones con una aguja y el boli, quemando para sellar la punta, y les proponía utilidades quirúrgicas que yo veía un poco imaginativas e improbables. 

Me dijo que quemáramos la punta del compás o la aguja del punzón y que nos tatuáramos la C de Carlos y Carlota. Yo no accedí porque ella quería tatuarse la C de Carlota y que yo hiciera lo mismo con la C de Carlos, cuando yo lo que quería era tatuarme la C de Carlota y que ella se tatuara la C de Carlos. Creo que ella terminó haciéndolo y que se la lió parda en el tobillo. 

Quinto terminaba y en sexto muchos compañeros comenzaban ya a preparar el MIR. Carlota lo tenía claro. Yo había decidido que también. Quería ser cardiólogo. Lo de la chuleta me había convertido en un chuleta que estaba dispuesto a desafiar las leyes de la naturaleza. Por otro lado quería convertirme en un trasunto o en un contrapeso de Carlota, quien sabe qué cosa de las dos, porque a nadie le queda claro aún si un cardiólogo es el agonista o el antagonista del cirujano cardiovascular. 

En octubre debíamos comenzar de nuevo el curso pero Carlota se esfumó. No volví a saber nada de ella, ni nadie de sus amigos o amigas de la clase tampoco. Con el paso de los meses me resigné a ese hecho y fui olvidando. 

Durante ese año y la preparación para el examen MIR dejé de pensar en Carlota e hice nuevas amistades que me asomaron a nuevas realidades. Abandoné las inquietudes cardiovasculares y me comencé a interesar por la figura del médico de familia. 

Algunos años después de haber terminado la residencia en Medicina Familiar y Comunitaria, aquellos episodios de la facultad volvieron a mi cabeza para entremezclarse con mi momento vital de entonces. Hice la tesis doctoral sobre Favaloro, un médico de familia que terminó siendo cirujano cardiovascular y que se peleó con los cardiólogos. También diseñaba instrumental quirúrgico y aquel loco de la pradera de alguna manera me recordaba a Carlota.

Cuando comencé a ejercer como médico de familia sentía en mis carnes la inexperiencia, con lo que diseñé un sistema en el que concurría a atención del paciente con un ejército de bolígrafos Bic gravados en cada uno de los bolsillos de la ropa que llevara. Establecía un diagnóstico de presunción y sacaba el bolígrafo de esa enfermedad con el que comenzaba a redactar el informe. Mientras escribía lo iba girando poco a poco para ir leyendo en el vidrio los síntomas que debía buscar, las maniobras exploratorias que no podía olvidar y los tratamientos que debía proponer. 


Hasta muchos años después no la volví a ver, en la fotografía de la orla en casa de su tía, que vivía en una ciudad cercana a donde estudiamos y donde ahora trabajo; yo conocía que su familia era de allí. Le dije a la tía que su sobrina era compañera mía de la facultad y le pregunté que dónde estaba y que qué había sido de su vida. Me dijo que trabajaba en un taller de gravados de la ciudad. – Hace muy buenas inscripciones, las mejores, a mí me hizo este anillo – me explicó su tía, y me lo extendió para que lo viera -. Bamboleaba la mano y me decía: - Carlota tiene muy buen pulso, no como yo - ella tenía Parkinson -. Incliné el anillo y observé que en su interior se podía leer gravado en la plata su nombre y su fecha de nacimiento. Le pregunté que si no trabajaba de médica y miró hacia la ventana con la mirada perdida guardando silencio.  

Le escribí a Carlota esta historia, la historia desde que nos conocimos en bolis Bic, gravada a punta de compás. Me ocupó 200 bolis, como 200 caras de folio se pueden escribir con un boli Bic, 16.000 palabras, 1.254 metros en línea recta. Se la dejé al lado de la foto y entre la foto y el cartonaje del marco le metí la chuleta que me hizo y con la que me pillaron copiando en Cardio, que aún conservaba. 

Me extrañó y me intrigó que ella hubiera terminado finalmente la carrera. Fui a la tienda de fotografía donde hacían las orlas de Medicina y pedí comprobar las de los años posteriores, sin encontrar a Carlota entre las egresadas. 

Un día le volví a preguntar por Carlota a la tía y me confirmó que ella había hecho toda la carrera donde estudiamos juntos. Lo puse en duda y me dijo que estaba en la orla, que tenía la foto con todos los demás alumnos en el salón. Me dejaron pasar y efectivamente la vi. La cotejé con la mía y ella no aparecía en la que yo tenía. Se había colocado en la orla impostadamente. Superponiendo su foto a la mía.

miércoles, 10 de octubre de 2018

EL TIROIDES II


Un día viendo el telediario le detecté un bocio a Ana Blanco. Así, a distancia: grado 3. Podía reconstruir a través de la piel la silueta del tiroides como las alas de una mariposa.

Pensé si le escribía un correo electrónico para decírselo o qué hacía. Tú imagínate, que un loco de la pradera te manda un correo que dice que tienes el tiroides grande y que te lo mires a ver. A mí me daba miedo que no fuera nada y tener que soportar esa carga después. Por el contrario, un telediagnóstico de esa envergadura podría cubrirme de gloria. Y tener, nunca mejor dicho, mis cinco minutos de gloria en el telediario. La figura de presentadora del telediario no es cualquier cosa, es una posición de reconocimiento social importante y más en este país desde lo de la reina. ManzANA reineta.

Además, la figura de Ana Blanco siempre me ha parecido intrigante e imPONENTE. Esa mujer que no se inmuta ni por fuera (no envejece) ni por dentro (ha tenido que soportar las más terribles presiones políticas) mientras te da cuenta de las más terribles catástrofes mundiales.

A veces me recordaba a un médico de familia, que desde su silla y esta vez de manera especular, recibe los teleDIARIOS = la consulta. Le cuentan las más variadas penas y sigue ahí impertérrito. Llegan las 11 y se come un plátano entre los pacientes, detrás del biombo, indefenso ante tantos problemas.


Elaboré un plan para contrastar la hipótesis del bocio. A la mañana siguiente comenzaría a evaluar el tiroides de los pacientes que recibía, a ver si podía identificar más tiroides pasados de tamaño o por el contrario era un hallazgo normal y habitual en personas delgadas.

A veces me contaban y contaban y yo me quedaba embelesado, eclipsado por el cuello, con esa nuez subiendo y bajando. Lo mismo me pasaba con las noticias, llegaba tan reventado de la consulta que fijaba mi mirada en la pantalla, me centraba en el punto y me daba lo mismo si subía la prima de riesgo o se estrellaba un avión.

Otras veces el paciente tenía la habilidad de atraparme con su relato y se me escapaba sin haberle cribado. Me pasaba con los cabeceros de las camas de los pacientes, que siempre digo que cuando vaya a un domicilio me fijo, porque quiero establecer unas tipologías, y luego se me pasa el aviso y nunca lo hago.


Un día entró por la puerta una paciente que me pareció que sí que tenía un bocio. Dio la casualidad que de la consulta que me hizo se derivó la petición de una analítica, así que yo le señalé unas hormonas tiroideas.

Cuando vino a por los resultados le dije que de lo que me había consultado andaba bien, pero que tenía un problema en el tiroides que sospeché porque me pareció al verla que tenía un bocio visible. Puso los ojos como platos pero yo dudé si era del exoftalmos. Me recordó este caso a esa historia de un médico que ve a uno en el Corte Inglés que agacha la cabeza para ver algo y se le ve un bulto y va y se acerca y le dice: perdona, soy médico, creo que tienes un cáncer, te lo tienes que mirar; y el tipo va al médico y resulta que es un cáncer y le salva la vida el médico en el Corte Inglés, que es una historia muy clásica que nunca se sabe si es una leyenda urbana, aunque probablemente.

La paciente terminó teniendo un Graves y proponiéndosele terapia con yodo radiactivo. Me vino angustiada porque le habían explicado un montón de precauciones con las que debía contar cuando se lo administraran. Tenía que quedar recluida en la casa, como una especie de arresto domiciliario. Lo que más le preocupaba era que, aunque no estaba científicamente muy claro, le recomendaron que se alejara de las mascotas para no radiarlas. Ella tenía un perro y no tenía a nadie con quién dejarlo. Las residencias para caniches debían costar una pasta. Yo era consciente de que las personas quieren mucho a sus perros, pero nunca había visto llorar a nadie con tanta fuerza. Me dio tanta pena que me ofrecí a quedarme con él en lo que duraba el aislamiento. Pensé en disuadirla de los peligros y ver si creábamos el perro de tres cabezas, como Demikhov, pero iba  a ser demasiado.

A cambio de la custodia iba a pedirle un favor. Yo sabía que quedaría cautiva y tendría mucho tiempo libre, no podía negarse. Es como cuando tienes la concesión de la cafetería del hospital, que tienes a una clientela cautiva; muy mal lo tienes que hacer para perderla. Ella siempre venía con libros que leía en la sala de espera. Cuando le fui a dar la baja le interrogué por su trabajo y me dijo que era periodista. Evidentemente, lo primero que le pregunté fue que si presentaba telediarios. Hubiera podido sustituirla en mi cabeza por Ana Blanco y mi zozobra por fin hubiera desaparecido. Pero no era el caso, trabajaba en la redacción de un periódico digital.

Le pedí si podía echar una ojeada a una cosa que iba a escribir, para darme su opinión. Albergaba la secreta esperanza de que intercediera para que fuera publicado. Realmente iba a ser el relato de un médico que le detecta un bocio a la presentadora del telediario, y que se lo dice. Era el relato que un médico tiene que escribir porque no tiene valor de mandar ese correo electrónico y que se tiene que inventar qué es lo que hubiera pasado si realmente lo hubiera hecho. Pero sucedió que cuando me puse escribirlo no se me ocurría nada verosímil ni significativo, así que me lo replanteé.

Había escrito con Bernardino “El tiroides” y nos había quedado muy bien. En verdad mi interés literario por la glándula nació de mis observaciones televisivas. Decidí que como no era capaz de escribir aquel relato y tanto me frustraba, iba a mandarle aquellos versos. Entre tanto, en esos días, me encariñé del perrito. A mí nunca me habían gustado demasiado los animales, pero nos llevamos bien. A Blanca le hizo mucha gracia la poesía. Hablábamos por teléfono casi todos los días, porque quería comprobar que Taru estaba bien. Era flipante, le ponía el teléfono en la oreja y cuando él percibía la voz ladraba.

El tratamiento fue según lo previsto y Taru tuvo que volver con la dueña. Lo cierto era que le echaba mucho de menos y pedí a Blanca si podía ir al parque algún día para verle. Una tarde se me ocurrió decirle que me había estado repasando la literatura científica. Me inventé que había estudios que decían que los animales eran muy radiosensibles y recomendaban alejarse meses de ellos tras un tratamiento del tipo yodo 131. Ella lo puso en duda. Pero se me ocurrió algo. Cuando veía al perro mear en el parque hacía un comentario para que Blanca recordara el sitio donde había orinado. Volvía después solo al lugar y rociaba bien de sal la zona. Al día siguiente la hierba quedaba chamuscada. Aparecía un cerco coincidente con la meada. Relacioné ese fenómeno con la radiactividad en su presencia y la convencí para que Taru volviera conmigo un tiempo más.

Era impresionante. Estábamos en casa tranquilos, llegaban las tres de la tarde, comenzaba a oír la voz de Ana Blanco dando las noticias y se ponía a ladrar como un poseso.